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La maldición del anillo de oro



Antes de contar el último relato de esta serie de mitología nórdica, que termina con la llegada del Ragnarök, la batalla del fin del mundo, le narraremos la historia que inspiró la trama de una de las sagas literarias de fantasía más exitosas de mediados del siglo XX: El señor de los anillos, de J. R. R. Tolkien.


Andvari era un enano solitario, que vivía bajo una cascada, en Nidavellir –un lugar habitado por esos pequeños seres–, y que tenía la habilidad de convertirse en un pez. En una ocasión, con esa apariencia, se sumergió en las profundidades del río y llegó a la tierra de las ninfas de agua, quienes custodiaban grandes montañas de oro. Andvari se acercó a ellas, atraído por el brillo del metal; sólo quería admirarlo de cerca, como si se tratara de un visitante asombrado en un museo. Pero las ninfas lo trataron mal y se burlaron de él. Esto ocasionó que el enano se enfureciera y les robara todo el oro que protegían, sin dejar ni una sola moneda.


De vuelta a su guarida, con una pequeña parte de él, fabricó un anillo especial, que tenía un magnífico poder: mientras Andvari lo portara, su riqueza no pararía de multiplicarse.


Tiempo después, cierto día, Odín, el padre de todos, se encontraba en medio de un viaje de exploración por los nueve reinos, acompañado de Hoenir, un dios asociado a la creación y a la profecía, y de Loki, divinidad del engaño.


Tras varios de días de recorrido, llegaron al pie de una cascada, en Nidavellir. Ahí, se detuvieron, para tomar un poco de agua y recobrar fuerzas. Pero, antes de continuar su camino, Odín y Hoenir quisieron pasar a visitar al rey de la tierra de los enanos, Hreidmarr. Por su parte, Loki estaba hambriento, así que se enfocó en buscar algo de alimento, a la vez que se quitaba el aburrimiento que le causaba el viaje.


Sobre una piedra, el dios embustero vio a una nutria solitaria e indefensa; entonces, le lanzó una pesada roca, en la cabeza, para matarla y comer de su carne. Cuando terminó su festín, le quitó toda la piel, se cubrió con ella, como si fuera un abrigo, y se unió a sus compañeros, quienes ya estaban en presencia del rey de los enanos.


Pero justo cuando Loki apareció, Hreidmarr encolerizó, pues se dio cuenta de que la piel animal que portaba el dios era la de uno de sus hijos, quien podía cambiar de forma y solía convertirse, precisamente, en una nutria. Así que, inmediatamente, mandó a llamar a sus otros dos hijos, Fafnir y Regin, para que ataran a los dioses y se encargaran de que éstos no escaparan.


Una vez sometidos e inmovilizados, el rey les dijo a Odín, a Hoenir y a Loki que los dejaría en libertad sólo si le daban a cambio una gran cantidad de oro, capaz de cubrir toda la piel de la nutria, sin dejar ninguna parte al descubierto. Los dioses aceptaron, pensando que sería sencillo conseguir el tesoro, pero los sirvientes de Hreidmarr estiraron lo más que pudieron la piel, consiguiendo una extensa área, que sería difícil de llenar.


Era del conocimiento de Loki aquella experiencia de Andvari, en la que se había hecho de todo el oro de las ninfas de agua; así que pensó que, con él, estaría la solución al problema que los tres dioses tenían con el rey de los enanos.


Sin perder tiempo, Loki acudió a la guarida de Andvari y le dijo a éste que, si no lo dejaba llevarse una parte de su vasto tesoro, lo mataría. El enano apreciaba su vida, de modo que condujo al dios charlatán al sitio donde ocultaba su oro, para que tomara todo el que necesitaba; poco le importaba perder una buena cantidad, pues sabía que, con su anillo, pronto, la recuperaría y duplicaría.


Mientras Loki se llenaba los bolsillos con el oro, una maniobra de Andvari llamó su atención. Se percató de que, en un dedo de una de sus manos, un anillo brillaba fuertemente, y al notar la actitud serena y despreocupada del enano ante la pérdida de sus tesoros, Loki dedujo que tal anillo debía ser la fuente de sus riquezas. Entonces, luego de un forcejeo, el dios consiguió arrebatárselo, pero, antes de que éste se marchara, Andvari alcanzó a maldecir la sortija, declarando que, a partir de ese momento, sería motivo de la perdición de cualquiera que lo poseyera.


Loki regresó al palacio del rey Hreidmarr, con el oro de Andvari y con el anillo, el cual no llevaba en sus dedos, sino que lo tenía oculto en sus bolsillos. Los tres dioses se apresuraron a cubrir toda la piel de la nutria, cuidando que no quedara ningún espacio vacío. Cuando terminaron, el monarca inspeccionó detenidamente cada zona de ella y, al parecer, todo estaba tapado; sin embargo, en la parte de lo que era la cara del animal, notó que se asomaba un bigote, lo que indicaba que la condición no se había cumplido.


Loki le ofreció al rey la sortija de oro, como recompensa para enmendar su error, y le explicó que era mágica. Hreidmarr la aceptó, pero, justo en el momento en que ésta cayó sobre su dedo anular, la avaricia y los celos invadieron a sus hijos, Regin y Fafnir. Este último le exigió a su padre que compartiera con ellos su tesoro, pero él se negó.


Instigado por la cólera y la codicia, Fafnir mató a Hreidmar, le quitó el anillo, se llevó la piel de nutria cubierta con el oro y huyó del palacio, antes de que Regin pudiera reaccionar. Se refugió en una cueva, en medio de un solitario bosque, en donde se acurrucó entre sus brillantes posesiones. Pero, de repente, el anillo comenzó a transformar, poco a poco, su apariencia y su espíritu hasta convertirlo, después de un tiempo, en un gigantesco y espantoso dragón.


Por su parte, Regin había descubierto el paradero y la nueva identidad de su hermano, así que decidió tomar venganza contra él, por haber matado a su padre y haberse llevado el tesoro. Para eso, fue en busca de su hijo adoptivo, Sigurd, a quien le pidió que matara al dragón.


Y así lo hizo; el muchacho llegó a la cueva de la bestia y, en un hábil movimiento, tomó su vida. Cuando volvió al palacio, Regin le ordenó que cocinara el corazón del dragón y que se lo sirviera para la cena. Sigurd obedeció, pero, en esas actividades, le dio curiosidad probar el sabor de la sangre del monstruo. Apenas cayó una gota de ésta sobre su lengua, el joven comenzó a escuchar voces en su mente, que le decían que Regin terminaría matándolo.


Con el fin de evitar que esas revelaciones se cumplieran, Sigurd salió, asesinó a su padre adoptivo y se apoderó de sus riquezas, incluido el anillo.


Pero ese no fue el fin de la historia; por el contrario, fue el inicio, pues el hombre tuvo el mismo destino que los propietarios anteriores de la sortija. Alguien lo mató a él y se hizo de sus tesoros, pero, luego, esa persona, también, sería asesinada y robada; y así sucesivamente, formándose una cadena de matanzas entre los poseedores de la joya. La maldición destruyó familias, separó a enamorados y reclamó muchas vidas. El anillo estará en alguna parte, en manos de un avaricioso, que se convertirá en una víctima más.


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