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Vacuna contra el COVID-19, en proceso Podría estar lista en tiempo récord



Casi a la par de que se identificó la existencia de este nuevo coronavirus y se comenzó a comprender su comportamiento epidemiológico, dio inicio la carrera mundial para crear un tratamiento eficaz contra la enfermedad de COVID-19, pero, sobre todo, para desarrollar una vacuna capaz de prevenirla. Así, de acuerdo con la OMS, el esfuerzo de todos los países que se encuentran trabajando al respecto suma más de un centenar de investigaciones y propuestas, de las cuales, hasta el momento, alrededor de ocho ya se posicionan como las más prometedoras. Sin embargo, llegar a la meta supone grandes retos a vencer, entre ellos, encontrar el enfoque más efectivo y, principalmente, el factor tiempo, que implica agilizar los procesos de pruebas y verificar resultados, así como la pronta autorización y su distribución masiva, para poner fin cuanto antes a la pandemia.


La ciencia de las vacunas
El objetivo de una vacuna es, básicamente, reforzar y preparar al sistema inmunológico para actuar y defendernos de los agentes patológicos que entran a nuestro organismo. Naturalmente, cuando un microbio invade nuestro cuerpo, el sistema inmune lo identifica de inmediato y reacciona para destruirlo. Síntomas como la tos, los estornudos, la fiebre y las inflamaciones, indican que ya se ha producido una respuesta de defensa para detener y eliminar al patógeno.
Después de esto, se genera la llamada inmunidad adaptativa, en la que las células B y T, que ya vencieron a los microbios previamente, registran información de éstos y la almacenan, creando una especie de memoria que permita a nuestro sistema inmune desarrollar respuestas más fuertes en caso de que los patógenos quieran atacar otra vez. No obstante, el cuerpo tarda cierto tiempo en reconocer y entender el comportamiento de los virus y cómo reaccionar ante ellos, por lo que es aquí donde entran las vacunas, las cuales introducen al organismo, de manera segura, las características de los microbios, para que éste las identifique y anticipe las defensas necesarias para cuando tenga que enfrentarse a la verdadera amenaza.

Por todo el trabajo y precisión que conlleva, a partir de su planeación hasta su autorización, el desarrollo de una vacuna puede tardar años e, incluso, décadas. No obstante, para el caso de la vacuna contra el COVID-19, desde que se iniciaron las investigaciones, los científicos afirmaron que podría estar lista en tan sólo 12 o 18 meses, pues el virus no ha presentado mutaciones significativas y se puede aprovechar el conocimiento que ya se tiene sobre otros coronavirus. Además, a la fecha, varios prototipos ya han superado la fase preclínica y se encuentran en ensayos de fase 1 y 2.


El Proyecto para el Conocimiento de Vacunas de la Universidad de Oxford, en Inglaterra, y los Centros de Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (EDC) afirman que antes de que una vacuna pueda distribuirse masivamente, primero debe superar al menos cuatro fases:
· Fase 0: También referida como preclínica. Consiste en la aplicación de pruebas in vitro y en animales, como ratones y primates.
· Fase 1: Es la primera parte de la etapa clínica, e involucra el ensayo en humanos, no obstante, son grupos pequeños, de entre 20 y cien personas sanas. Intenta asegurarse de que la vacuna no represente una amenaza para la salud del individuo, observar los efectos secundarios y determinar una dosis preliminar.
· Fase 2: El tamaño de la muestra se amplía y se evalúa la magnitud de los efectos adversos más comunes que se presentan a corto plazo, así como la reacción del sistema inmune a la vacuna.
· Fase 3: Los voluntarios ascienden a varios miles. Se compara la evolución y respuesta de las personas vacunadas respecto a las que no. También se recolectan datos estadísticos sobre la seguridad y efectividad de la vacuna. Busca que los resultados positivos en fases anteriores se repitan.
Posible fase 4: No entra propiamente dentro de las cuatro pruebas necesarias. Se considera una fase de seguridad, en la que se intentan comprobar todos los datos recolectados en ensayos anteriores para verificar que no exista ningún sesgo.

Como mencionamos al principio, hay más de cien proyectos en desarrollo y en distintas etapas del proceso, sin embargo, hasta el cierre de esta nota, los más novedosos o los que se encuentran al frente de la contienda corresponden a los siguientes países:

China

Posiblemente, una de las propuestas más esperanzadoras hasta el momento. Y es que, a finales de mayo, el país asiático reportó que su prototipo de vacuna, desarrollado por el Instituto de Biotecnología de Beijing y la compañía CanSino Biologics, había superado la primera fase de pruebas clínicas.

Según el informe, publicado en la revista científica The lancet, en este primer ensayo participaron 108 voluntarios de entre 18 y 60 años de edad, y todos fueron capaces de tolerar la dosis y de generar respuesta inmunológica a partir de la creación de anticuerpos contra el virus, los cuales comenzaron a observarse después de 14 días de haberse aplicado la inyección, alcanzando su punto máximo el día 28. Asimismo, el reporte señala que se presentaron reacciones adversas, como dolor en la zona del piquete, fiebre, fatiga, dolor muscular y de cabeza, aunque en intensidad leve o moderada.

Poco antes de que los resultados se hicieran públicos, en abril, la vacuna se sometió a las pruebas de fase 2, en donde la muestra aumentó a 500 pacientes, incluidas personas de más de 60 años de edad. El objetivo en esta etapa es determinar y corroborar las dosis adecuadas y las reacciones en adultos mayores. Además, se intentará verificar si los resultados de la fase 1 se repiten, y que no se presenten efectos adversos dentro de los seis meses posteriores a la vacunación.

Inglaterra

Se trata de un trabajo colaborativo entre la Universidad de Oxford y la farmacéutica AstraZeneca, quienes afirman que su vacuna podría estar lista para septiembre, siendo los británicos los primeros en tener acceso a ella. No obstante, aspiran a entablar acuerdos con otras empresas para aumentar la producción y garantizar su distribución a nivel mundial. La vacuna en cuestión ya se encuentra en las pruebas de fase 2 y 3, que implican un agrandamiento de la muestra tanto en cantidad como en edad, es decir, un total de 10 mil 260 voluntarios, desde niños hasta gente mayor a 60 años; un aumento considerable respecto a las condiciones utilizadas en la fase 1 de prueba, donde se aplicó la vacuna únicamente a 160 personas.

Rusia

Suma alrededor de 47 estudios a cargo de al menos 15 instituciones especializadas, aunque solamente cuatro de ellas están avaladas por la OMS: 1) el Instituto de Vacunas y Sueros de San Petersburgo, filial de la Agencia Federal Médico-Biológica; 2) el Centro Federal de Virología y Biotecnología, VECTOR, de Novosibirsk; 3) la Universidad Estatal de Moscú; y 4) Biocad, una compañía privada de biotecnología.

Aunque algunas propuestas han quedado descartadas, muchas otras se comenzaron a probar en humanos el mes pasado, por lo que sólo queda esperar a que los resultados sigan siendo tan positivos como hasta ahora. Frente a esto, el gobierno ruso se muestra optimista de que la vacuna quede lista a finales de este año.

Tailandia

El Centro Nacional de Investigación de Primates y la Universidad de Chulalongkorn, en Bangkok, en conjunto con la Universidad de Pennsylvania, en Estados Unidos, se han enfocado en desarrollar una vacuna basada en la tecnología de ARN mensajero. Sus estudios apenas se probaron en 13 macacos, y, de ser positivos, en octubre podrían empezar a aplicarse en humanos, para evaluar las reacciones, con el fin de tener disponible la vacuna en aproximadamente año y medio.

Taiwán

Pese a que es uno de los países que no ha sido tan afectado por la pandemia (hasta el momento registra únicamente 441 casos y sólo siete defunciones, con varios días consecutivos sin la presencia de nuevos contagios), también ha desarrollado un prototipo de vacuna, que ya superó las pruebas en animales y se prevé que, para otoño, comiencen los ensayos en seres humanos.

Cabe mencionar que todos estos prototipos están experimentando con los diferentes enfoques con los que se puede constituir una vacuna, los cuales se clasifican en:

· Vacunas de virus enteros: Están hechas del patógeno en sí mismo. En este grupo entran las vacunas vivas atenuadas, en donde el virus está debilitado y, por ende, es incapaz de desarrollar la enfermedad en el organismo, y las vacunas inactivas, que utilizan una versión muerta del virus.


· Vacunas de subunidades: Comprenden las vacunas recombinantes, fraccionadas y sintéticas, las cuales utilizan fragmentos específicos del virus, tales como proteínas, azúcares y su cápsula. Se construyen a partir de un antígeno, que es la parte del patógeno que desencadena la respuesta inmune.


· Vacunas toxoides: Utilizan toxinas producidas a partir del virus que causa la enfermedad. La respuesta inmunológica que producen se enfoca en la toxina en sí, en lugar del virus completo.


· Vacunas de vector viral: Se apoyan en otros virus para dejar genes del patógeno en las células del organismo. Aquí se incluyen las vacunas hechas a base de adenovirus.


· Vacunas genéticas: Usan parte del código genético del virus. Éstas pueden centrarse en el ADN, o bien, en el ARN del patógeno. A pesar de los avances en la investigación de este enfoque, aún no se ha producido una vacuna, contra alguna enfermedad, que se haya aprobado para uso clínico.

Estamos conscientes de que aún queda un largo camino por recorrer, pero confiamos en que la vacuna que detenga la propagación del COVID-19 llegue en los próximos meses, sobre todo gracias a este tipo de noticias que nos motivan a mantener la esperanza, sin dejar de mencionar el magnífico trabajo de los científicos, que no han quitado el dedo del renglón para hacerla posible.

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