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Colibríes, mensajeros de los dioses




Si pensamos en un animal, específicamente en un ave, al cual encomendarle la misión de llevar un recado a un ser querido, éste sería, quizá, la paloma, pues en la antigüedad era la encargada de la comunicación a distancia, tanto de la ordinaria como de la secreta y la romántica; por ello, su imagen hoy es símbolo mundial de la mensajería. No obstante, en México y en muchos países del centro y el sur de América, gracias a las creencias de la cultura maya, asociamos a otro pajarillo con esta misma misión de difundir mensajes positivos...


Como en todas las cosmogonías de las civilizaciones del mundo, nuestros ancestros pensaban que la Tierra y todo lo que había en ella era obra de los dioses, quienes le otorgaron a cada elemento, animal, planta y criatura una función específica dentro de la naturaleza y de la vida. Sin embargo, cuando terminaron su obra, notaron que no existía ningún ser que llevara los mensajes, pensamientos y buenos deseos de los dioses hacia la humanidad y, a su vez, entre los hombres. Era preciso, entonces, crear algo que se encargara de tan importantes tareas, pero ya no tenían barro ni maíz para moldear otro animal, por lo que tomaron una hermosa piedra de jade y la tallaron muy delicadamente hasta formar una flecha pequeña. Luego, con ayuda de un fuerte soplido, la elevaron por los aires y le dieron vida, transformándola en una avecilla de pico largo, delgado y puntiagudo, a la que nombraron x ts’unu’um o colibrí.


No era un ave como las demás, era frágil y ligera, capaz de acercarse a las flores más delicadas sin dañarlas; poseía un plumaje color tornasol, que brillaba cuando se postraba bajo los rayos solares, reflejando toda una gama cromática, cuales gotas de lluvia. Simplemente era tan bella que los humanos intentaron cazarla para ornamentarse con sus plumas o para emplearla como decoración en sus hogares. Ante esto, los dioses advirtieron que todo aquel que atentara contra los x ts’unu’um sería castigado con la muerte, pues fueron hechos para ser siempre libres y cumplir con su noble tarea.


Por lo anterior, si un colibrí es visto pasar muy rápido, significa que lleva una misiva; si merodea cerca de nosotros, es porque tiene algo importante qué decirnos; y si vuela sobre nuestra cabeza, está capturando nuestros pensamientos y deseos, para llevarlos a su destinatario. Los colibríes no son aves que se ven a diario, incluso pueden pasar años sin que se aparezcan, por lo que estar frente a uno es un regalo y supone un momento de paz, felicidad y tranquilidad.


Asimismo, la creencia azteca señala que la labor de los colibríes también incluye llevar mensajes de amor entre los vivos y los muertos; de modo que son los únicos seres que tienen el privilegio de poder dirigirse a los cuatro rumbos o paraísos del universo mexica: el Mictlán, hogar de los muertos; el Chichihuacuauhco, destino de los bebés fallecidos; el Tlalocan, morada de los que mueren ahogados; y el Tonatiuhichan, “casa del Sol” y lugar para los que morían en batalla, quienes eran escoltados por un colibrí, ya que éste, a pesar de su delicadeza, era considerado por los mexicas como un ave guerrera y valiente. De hecho, Huitzilopochtli, dios de la guerra, habita en este sitio y su nombre significa “colibrí zurdo”, donde huitzilin o huitzitzilin es el vocablo náhuatl para referirse al ave, mientras que opochtli significa “lado izquierdo”. Por lo tanto, los colibríes son sagrados y se les relaciona con los sentimientos, como una metáfora de las funciones y la ubicación del corazón dentro de cuerpo.


La belleza del colibrí

Parte de la belleza de los colibríes se debe a su naturaleza extraordinaria, que los distingue del resto de las aves. Primero, son los ejemplares de menor tamaño dentro de la ornitología, siendo el zunzuncito, endémico de Cuba, la especie más pequeña de colibrí, y de todas las aves en general, con sólo cinco centímetros de altura. Son los únicos pájaros que aletean en forma circular, a razón de 90 veces por segundo, con un pulso cardíaco de aproximadamente 800 a mil 200 latidos en el mismo período; además, sólo ellos tienen la habilidad de permanecer suspendidos en el aire y de volar hacia atrás. Pueden descender en picada a una velocidad de entre 50 y 95 km/h; su temperatura corporal es la más alta de todo el reino animal de sangre caliente, manteniéndose en 40 °C; y es el ave con el cerebro de mayor tamaño respecto a las dimensiones de su cuerpo, ya que éste es dos a tres veces más grande que el promedio.


Son nativos de América y pertenecen a la familia de aves apodiformes (de patas cortas) Trochilidae, por lo que también son referidos como troquilinos. Se reconocen entre 330 y 340 especies, de las cuales, 58 se pasean por aires mexicanos, y de éstas, 13 son endémicas de nuestro país. Habitan en todo tipo de ecosistemas y, según la región, son conocidos de distintas formas, como: picaflores, chuparrosas, quindes, tucusitos, chupamirtos, huitzitzilines o mainumbys (guaraní).


Aparte de mensajeros, desempeñan un papel importante en el equilibrio de la naturaleza, actuando de celestinos entre las flores, pues, gracias a que son nectarívoros, cumplen una función polinizadora constante. Dado que en cada vuelo consumen la energía equivalente a la mitad de su peso, necesitan alimentarse cada diez minutos, lo que significa el nacimiento de decenas de flores entre cada comida. Por este motivo, también son símbolo del amor y la fecundidad, no obstante, tal connotación ha generado que los santeros comercialicen con ellos, para hacer amarres de amor, poniéndolos en peligro de extinción; sin dejar de mencionar que la vulnerabilidad aumenta debido a la urbanización y a la destrucción de su hábitat.


De acuerdo con la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN), de las 13 especies mexicanas, seis están en riesgo, y son: la Coqueta de Atoyac (Guerrero), catalogada como en peligro crítico; el colibrí miahualteco (Oaxaca), en peligro; el tijereta mexicano o de Elisa (Yucatán y Veracruz), en amenaza; el guerrerense o de cola blanca, y el ninfa mexicana (Nayarit, Jalisco y Veracruz), vulnerables; y el frente verde mexicana, en amenaza menor.


Para evitar la extinción y ayudar a la conservación de estas aves sagradas, desde hace unos años, la UNAM puso en marcha un proyecto para la creación de jardines urbanos para colibríes, donde puedan encontrar alimento y resguardo. Instalar uno en casa es muy sencillo y no requiere de gran presupuesto; se puede iniciar con una maceta con flores (de preferencia lavanda, salvia roja, aretillo fucsia, crasulácea, mirto, muicle y toronjil silvestre) y un recipiente con agua, para que puedan bañarse. Es recomendable utilizar un bebedero de vidrio, ya que los de plástico, al exponerse al sol, liberan sustancias tóxicas. Lo mismo sucede con el néctar, pues las soluciones que venden en el supermercado, además de costosas, son nocivas debido al colorante rojo. Lo mejor es prepararlo en casa, a base de una porción de azúcar morena por cuatro de agua.


La próxima vez que vea a un colibrí, siéntase afortunado de que alguien está pensando en usted y se lo ha mandado. Reciba el mensaje, admire su belleza y déjelo seguir su curso.

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