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La leyenda del quinto Sol y la Luna


Continuando con la celebración por el décimo aniversario de esta publicación, justo como lo hicimos con la serie de mitología griega, durante los siguientes 12 meses, dedicaremos unas páginas para relatarle algunas leyendas prehispánicas y coloniales que nos dan identidad como mexicanos. Algunas de ellas ilustran la visión que nuestros antepasados tenían del mundo, y otras son historias de sucesos que ocurrieron durante el período virreinal en la Nueva España (s. XVI-XIX), las cuales están cargadas de romanticismo y terror. Así, iniciamos con una narración que explica el surgimiento de la vida en la Tierra y el nacimiento del Sol y la Luna, desde la cosmogonía mexica.

1. El quinto Sol y la Luna

Al inicio de los tiempos, sólo existía el dios Ometéolt, señor de la dualidad, que personificaba a su lado masculino bajo el nombre de Ometecutli, mientras que el femenino, con el de Omecíhuatl. La unión de estas dos partes dio origen a Téotl, considerado el generador de los dioses, ya que dio vida a los cuatro Tezcatlipocas (deidades hacedoras del universo): 1. Xipe-Tótec, “nuestro señor desollado”, que era rojo y sin piel, y representaba al este; 2. Tezcatlipoca, “espejo negro que humea”, que era de tez oscura, con garras y colmillos de jaguar, y simbolizaba al norte; 3. Quetzalcóatl, “serpiente emplumada”, blanco, rubio y con ojos azules, patrón del oeste; y 4. Huitzilopochtli, “colibrí zurdo”, azul, con la mitad de su cuerpo descarnada, amo del sur. Ellos, a su vez, se encargaron de poblar la Tierra.

Los nahuas creían que cada era se originaba a partir del nacimiento de un Sol, y que cuando éste se extinguía, también lo hacía la humanidad de esa época. Según la Historia de los mexicanos por sus pinturas (1882), de Joaquín García, y la Leyenda de los Soles, primeramente existieron cuatros soles: 1. Nahui Océlotl (tierra), que duró 676 años y su era terminó con la destrucción de los hombres, devorados por tigres; 2. Nahui Ehécatl (viento), existió durante 364 años y culminó debido a ráfagas de viento que obligaron a los hombres a subirse a los árboles y convertirse en monos; 3. Nahui Quiahuitl (fuego),que comprendió 312 años y terminó a causa de una lluvia de fuego; y 4. Nahui Atl (agua), de 676 años, extinguiéndose por un una inundación donde los hombres se volvieron peces.[1]

A raíz de lo anterior, reinaba la oscuridad en la Tierra, por lo que los Tezcatlipocas convocaron al resto de los dioses en Teotihuacán, para decidir quién de ellos sería el nuevo Sol. El sacrificio consistía en que el elegido tendría que lanzarse a una fogata, para renacer como el astro. De todos los presentes, sólo dos, de personalidades opuestas, se ofrecieron para hacer los honores: Tecuciztécatl, quien era hermoso, soberbio, fuerte y rico, y vestía con ropas finas, ornamentadas con piedras preciosas; y Nanahuatzin, feo, humilde, débil y pequeño, con la piel cubierta de llagas, oculta bajo ropas andrajosas.

Después de pasar un tiempo en penitencia, finalmente llegó el momento de lanzarse a la hoguera, pero Tecuciztécatl, impactado ante el poder del fuego, no pudo completar la tarea, a pesar de intentarlo cuatro veces. Por el contrario, Nanahuatzin se arrojó sin miedo a las llamas, se consumió y reapareció por el este, convertido en Sol. Ante el hecho, su compañero se sintió avergonzado por no haber podido completar la hazaña y entonces se aventó al fuego, renaciendo a su lado.

Ahora había demasiada luz, por lo que los dioses acordaron que uno de los dos soles debía aligerar su brillo. Patécatl, dios del pulque, las medicinas y descubridor del peyote, tomó un conejo y lo lanzó hacia Tecuciztécatl, para que la sombra del animal atenuara su intensidad como símbolo de su cobardía; de esta manera, se convirtió en la Luna.


Alrededor del mundo, existen numerosos mitos sobre el conejo que habita en la Luna; en esta historia, la acción de Patécatl ofrece una explicación, sin embargo, dentro de la mitología prehispánica, hay otra historia que también da sentido a la imagen del roedor en la Luna:
Cierto día, Quetzalcóatl estaba aburrido y decidió bajar a la Tierra, con el fin de tener un poco de distracción, para lo cual adoptó la forma de un hombre común. Después de unas horas de andar por el bosque, ya caída la noche, hambriento y sediento, se sentó a descansar un rato. En ese momento, se apareció frente a él un conejito y empezó a comer del pasto. El animal le ofreció un poco de su comida, pero el dios la rechazó, argumentando que él no podía comer hierba, y que, si su destino era morir de hambre, entonces que así fuera. Al no encontrar otra cosa qué convidarle, el conejo le dijo que sacrificaría su vida, para servirle de alimento y así evitar su fatal destino.
El dios se sintió conmovido por la bondad del animal, por lo que, antes de devorarlo, lo tomó con sus manos y lo elevó, para que su imagen, al ser iluminada por la luz de la Luna, quedara grabada en el astro, donde podría “vivir” y ser recordado por siempre.

Durante cuatro días, el Sol y la Luna permanecieron estáticos, brillando en el firmamento, pero ante la necesidad de que existiera un día y una noche, los dioses realizaron un sacrificio que hizo soplar el viento tan fuerte que puso en movimiento a los dos astros, dando lugar a Nanahuatzin durante el día y Tecuciztécatl durante la noche.

Como estaba destinado, el Sol comisionó a los 400 guerreros Mimixcoas que cazaran animales para alimentarle; no obstante, éstos ignoraron su responsabilidad, quedándose con la comida y llevando una vida promiscua. Como castigo, el Sol le encargó a otros cinco Mimixcoas, nacidos después de la generación antecesora, que destruyeran a sus pares, y éstos así lo hicieron.


Dado que el Sol sale por el este, la epifanía del nacimiento del Sol y la Luna, así como la matanza de los 400 Mimixcoas eran escenificadas por los nahuas en la fiesta dedicada a Xipe-Tótec, la deidad patrona de ese punto cardinal. La celebración se denominaba Tlacaxipehualiztli y tenía lugar durante la primavera del calendario azteca.

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