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La liebre blanca de Inaba



Este mito es una de las leyendas más emblemáticas de la tradición japonesa, que narra el encuentro entre una astuta liebre y el dios Ōkuninushi, que involucra enseñanzas sobre el ingenio abusivo, el castigo, el karma y la redención…


En los días en los que los dioses aún caminaban entre los hombres y las islas de Japón eran jóvenes, existía una costa solitaria en la región de Inaba. Allí, donde el mar golpeaba con paciencia eterna las rocas, vivía una pequeña liebre de pelaje tan blanco que parecía hecha de espuma. Pero aquella liebre no era como las demás; era inquieta, astuta y, a veces, demasiado orgullosa de su ingenio.


Un día, mirando hacia el horizonte, la liebre contempló la lejana isla de Oki. Su deseo de llegar hasta ella comenzó como un susurro, pero, pronto, se convirtió en una obsesión. El mar, sin embargo, era ancho y profundo, imposible de cruzar para una criatura tan ligera.

La liebre pensó, pensó… y entonces sonrió.


—Si no puedo vencer al mar —murmuró—, lo engañaré.

Se acercó a la orilla y llamó a los wanizame, criaturas del océano con apariencia mitad tiburón, mitad dragón (algunas fuentes los describen como una especie de cocodrilo), temidas por todos.


—¡Oh, grandes señores del mar! —gritó con voz dulce—, he oído que su linaje es el más numeroso de todos. Pero ¿será cierto?


Al escuchar tales palabras, el más grande de los wanizame emergió del agua, curioso.

—¿Insinúas que no lo es? —le respondió a la liebre.


—No, no —contestó la liebre con fingida humildad—; sólo me preguntaba si podría contarlos. Si se alinearan desde aquí hasta aquella isla de Oki, podría caminar sobre sus lomos y, así, saber cuántos de ustedes son.


Halagados por la propuesta, los wanizame aceptaron. Uno a uno, formaron una larga hilera sobre el mar, creando un puente vivo que se extendía hasta la isla de Oki.

La liebre comenzó a saltar sobre sus espaldas, ligera como el viento.

—Uno, dos, tres… —iba diciendo.


Pero, al acercarse al final, estando a un brinco de tocar la tierra firme, la liebre no pudo contener su orgullo y comenzó a burlarse de los wanizame.


—¡Qué fáciles son de engañar! —rió—. No quería contarlos; ¡sólo cruzar!

El último wanizame, al escuchar aquello, rugió con furia; y, al instante, todos comprendieron la burla.


—¡Castigarla! —comenzaron a gritar.


Entonces, las aguas se agitaron, los wanizame se movilizaron rápidamente y atraparon a la liebre antes de que ésta pudiera brincar a tierra y escapar. Y, con sus dientes afilados como cuchillas, las bestias le arrancaron el pelaje, dejándola desnuda, herida y temblorosa en la orilla. Su dolor era insoportable, pues el viento lastimaba su piel expuesta, y cada grano de arena le raspaba como fuego. La liebre comenzó a llorar y, por primera vez, comprendió el peso de su arrogancia.

Días después, por aquel mismo camino pasaron unos dioses. Eran hermanos del gran Ōkuninushi, y viajaban con orgullo, vestidos con ropas finas, con el objetivo de encontrarse con la princesa Yakami y competir por su amor.


La liebre, desesperada, les suplicó ayuda.


—Por favor, les pido que me digan cómo sanar.


Pero los dioses, crueles y vanidosos, se burlaron de ella y le tendieron una trampa.


—Es sencillo —le dijeron—; báñate en el mar y luego deja que el viento te seque.


La liebre, confiando en ellos, obedeció. Pero la sal del mar penetró sus heridas, lastimando aún más su piel, como si tuviera mil agujas, y haciendo que el dolor se multiplicara. Ante esto, la liebre se empezó a retorcer en la arena. A lo lejos, pudo ver a otro viajero caminando en su dirección, con pasos tranquilos y mirada serena. Era Ōkuninushi, conocido como el “Gran Maestro de la Tierra”, es una divinidad central de la mitología japonesa, venerado como deidad de la agricultura y la medicina, entre otras credenciales.


Al ver a la liebre, no la despreció y, por el contrario, se arrodilló frente a ella.

—¿Qué te ocurrió? —le preguntó.


Entre lágrimas, la liebre contó su historia, aceptando sus errores y su comportamiento abusivo con los wanizame, el castigo que éstos le dieron y la mentira de los otros dioses.

Ōkuninushi escuchó en silencio.


—No necesitas más engaños —dijo finalmente—. Necesitas cuidado.


Le indicó que se lavara en el agua dulce de un río cercano, para limpiar la sal, y que, luego, se cubriera con el polen suave de las plantas de totora.


La liebre confió en él y obedeció. En efecto, el agua fresca alivió su dolor y el polen protegió su piel. Poco a poco, su cuerpo comenzó a sanar, y su pelaje blanco volvió a crecer, más brillante que antes.

Agradecida, la liebre inclinó la cabeza ante Ōkuninushi.

—Has sido bondadoso cuando no lo merecía. Permíteme devolverte el favor.

Ōkuninushi sonrió, pero no pidió nada.


Sin embargo, la liebre insistió.


—Tú, y no tus arrogantes hermanos, serás quien conquiste el corazón de la princesa Yakami.


Y así fue, porque en el mundo de los dioses y los hombres, la astucia puede abrir caminos, pero es la bondad la que los mantiene abiertos.


Este relato deja una moraleja sobre el arrepentimiento, la aceptación genuina de los propios errores y las acciones que tomamos nosotros mismos en busca de la superación personal. A través de la astucia mal empleada de la liebre, se muestra cómo la arrogancia puede conducir al sufrimiento; pero, también, mediante la bondad de Ōkuninushi, se resalta que la empatía y la ayuda sincera tienen el poder de sanar, redimir y transformar, incluso, a quien ha cometido errores. Por su parte, la liebre no sólo reconoció su mala conducta, sino que buscó la forma de sanarse a sí misma: al contar la verdad, al solicitar ayuda y al ejecutar las indicaciones que se le habían dado.

 

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