México tuvo a su Pelé… y fue una mujer
- paginasatenea
- 8 jun
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Antes de que la FIFA organizara su primer Mundial de Futbol Femenil, las mujeres ya habían organizado sus propios torneos

En pleno mes mundialista, cuando las miradas del planeta se centran, una vez más, en el futbol varonil, vale la pena recordar una historia que casi nadie cuenta: la de los primeros Mundiales femeniles, disputados mucho antes del reconocimiento oficial de la FIFA.
Aunque, hoy, dicha federación –máximo organismo rector del futbol mundial en todas sus categorías, modalidades y niveles– reconoce al evento de 1991 como la primera Copa Mundial Femenina oficial, la realidad es que, dos décadas antes, se organizaron torneos que reunieron a selecciones femeninas de distintos países, que, pese a no contar con el aval de la FIFA, marcaron un momento histórico para el desarrollo del futbol femenil y demostraron que, desde entonces y desde antes, las mujeres ya luchaban por un lugar en las grandes canchas, desafiando prejuicios profundamente arraigados. Entre ellas, destacó una adolescente guanajuatense, llamada Alicia Vargas, conocida por la prensa internacional como “La Pelé mexicana”.
El Mundial de 1970
Como contexto rápido, a principios del siglo XX, el futbol varonil ya era popular en Europa, tanto en los colegios como en los sitios de trabajo, principalmente en Inglaterra. La Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) se fundó en 1904. Sin embargo, durante la Primera Guerra Mundial, dado que los hombres se ausentaron por ir a luchar, el futbol femenino comenzó a ganar gran popularidad como deporte y como espectáculo. Pero, en la década de 1920, cuando el conflicto ya había terminado y con el fin de rescatar el futbol varonil, la federación inglesa, imitada por otros países europeos, impuso un veto al futbol femenil, que duró 50 años. No obstante, las mujeres continuaron practicando el deporte y organizándose, aunque de manera clandestina.
De esta forma, en 1970, se celebró, en Italia, un campeonato internacional femenil, organizado por la Federación Internacional Europea de Futbol Femenino (FIEFF, creada ese mismo año, en Italia, y sin reconocimiento tampoco de la FIFA). Dicho torneo reunió a selecciones nacionales de Europa y sólo a una de América, y atrajo una atención inesperada para una época en la que el futbol practicado por mujeres era visto con desconfianza e, incluso, rechazo institucional.
Participaron Inglaterra, Alemania, Dinamarca, Italia, Austria, Suiza y México. Nuestro país acudió con un equipo integrado, en gran parte, por adolescentes provenientes de ligas amateurs de la capital del país. Contra muchos pronósticos, las mexicanas sorprendieron por su velocidad, técnica y capacidad ofensiva.
Fue en aquel torneo donde Alicia Vargas comenzó a convertirse en figura internacional. Durante una goleada mexicana, periodistas italianos quedaron impresionados por su habilidad para conducir el balón y definir frente al arco. En un futbol todavía dominado simbólicamente por hombres, encontraron una referencia inmediata para definir su nivel de juego: Pelé. Así nació el apodo que la acompañaría toda su vida: “La Pelé mexicana”. Vargas terminó como una de las máximas goleadoras del campeonato y México obtuvo el tercer lugar, una hazaña prácticamente borrada de la narrativa oficial del deporte. Pero lo ocurrido en 1971 fue todavía más extraordinario…
La hazaña de 1971
Apenas un año después de aquel primer Mundial femenil, la FIEFF celebró un segundo campeonato, que, según Fox Sports, se disputó del 15 de agosto al 5 de septiembre de 1971, en México, y fue denominado como el Campeonato de Futbol Femenil, también conocido como Copa ‘71. El escenario principal fue el Estadio Azteca, un recinto asociado entonces con la grandeza masculina del futbol internacional. Y es que nuestro país había sido sede de la Copa Mundial varonil de la FIFA en 1970, y nadie imaginaba que, meses después, ese mismo estadio volvería a llenarse, ahora, para ver jugar a mujeres.
La selección mexicana de 1971 fue protagonista de una de las mayores proezas deportivas del país en cualquier categoría. Alcanzar una final mundial –aunque no reconocida– implicó disciplina, talento y una enorme resistencia física. La selección mexicana avanzó partido tras partido hasta instalarse en la final. El entusiasmo popular creció de manera inesperada y las futbolistas comenzaron a aparecer en periódicos, anuncios y programas de televisión. En las calles, se hablaba de ellas. Las niñas empezaron a tener referentes deportivos femeninos en un país donde casi no existían. El fenómeno fue tan grande que algunas fuentes mencionan cifras entre 100 mil y 110 mil espectadores en el Azteca, en aquella final entre México y Dinamarca, una cifra histórica para el futbol femenil mundial, récord que, décadas más tarde, seguiría siendo una referencia obligada para entender la dimensión del torneo.
En el centro de aquella euforia estaba, nuevamente, Alicia Vargas. Con apenas 17 años, escuchaba cómo el estadio coreaba “¡Pelé, Pelé!” cada vez que ella tocaba el balón. No era únicamente admiración deportiva; representaba una ruptura cultural. Por primera vez, miles de mexicanos celebraban a mujeres futbolistas como protagonistas nacionales.
Sin embargo, detrás del entusiasmo existían profundas desigualdades, las jugadoras no tuvieron el apoyo de la Federación Mexicana de Futbol y no recibían salarios dignos ni condiciones profesionales. Muchas enfrentaban críticas familiares, limitaciones económicas y comentarios machistas constantes. Otras viajaban sin apoyo médico ni contratos formales. Las futbolistas reclamaron una compensación mínima ante un torneo que generaba ingresos por boletaje y publicidad, pero sus exigencias fueron ignoradas.
México perdió aquella final, 3-0, frente a Dinamarca, pero el resultado deportivo terminó siendo secundario frente al impacto histórico del evento. Lo verdaderamente importante fue que aquellas mujeres demostraron que el futbol femenil tenía tanta relevancia en el mundo del deporte, pero, con el paso de los años, la historia fue quedando en el olvido. La FIFA nunca reconoció oficialmente esos torneos como Copas del Mundo, y gran parte de las protagonistas regresaron al anonimato. Mientras el futbol masculino consolidaba negocios multimillonarios, muchas de aquellas pioneras y grandes talentos continuaron trabajando lejos de los reflectores. Alicia Vargas, por ejemplo, dedicó décadas a la enseñanza deportiva y a la formación física en instalaciones públicas de la Ciudad de México. En la ceremonia de investidura, generación 2019 del Salón de la Fama, Alicia Vargas destacó:
“En medio de las carencias y las burlas, logramos un subcampeonato del mundo. Algunos nos llaman la selección olvidada. A mí me gusta decir que somos la semilla del futbol femenil en México”.
Hoy, medio siglo después, el legado de aquellas futbolistas comienza lentamente a recuperarse. Documentales como el de Copa 71, en 2023, respaldado por productoras internacionales y figuras del deporte mundial, ayudó a revelar la dimensión real de aquel campeonato y la injusticia histórica de haber sido prácticamente borrado de los registros oficiales. Asimismo, investigaciones históricas y homenajes recientes han permitido reconstruir una memoria que, durante décadas, permaneció marginada. Ya no se trata solamente de reconocer resultados deportivos, sino de entender que esas mujeres abrieron caminos en un entorno que les negaba legitimidad.
Hoy, los mundiales femeniles de 1970 y 1971 son reconocidos por especialistas e historiadores deportivos como eventos fundamentales para comprender la evolución del futbol practicado por mujeres y, en parte, como un antecedente del primer torneo mundial femenil organizado por la FIFA. Y, en medio de esa historia, permanece la figura de Alicia Vargas, “La Pelé mexicana”, como símbolo de una época adelantada a su tiempo, que apenas comienza a recibir el reconocimiento que merece.



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