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A 83 años del puente Golden Gate, construcción icónica de San Francisco

Actualizado: 20 may 2020



Es considerado como la mayor obra de ingeniería de su tiempo en Estados Unidos. Fue construido durante la época de la Gran Depresión, por lo que significó un triunfo y motivo de júbilo para el país. Su magnificencia radica en la complejidad de su estructura, pero, al mismo tiempo, en la sencillez de su diseño, en su color rojizo que se integra con el entorno y, por supuesto, en su funcionalidad. Por sus carriles, cada año circulan alrededor de 40 millones de vehículos, y es el destino favorito de miles de turistas; aunque, detrás de todos sus atractivos, esconde una trágica realidad contra la que las autoridades han tratado de luchar a lo largo de ocho décadas.

Este gigante de acero se ubica en el estado de California y conecta a la ciudad insular de San Francisco con el condado de Marín, sobre el Océano Pacífico. Tiene una longitud total de 2 mil 737 metros, de los cuales mil 280 pertenecen a la parte colgante, misma que descansa sobre dos torres de estilo art déco, de 227 metros de altura. Cuenta con seis carriles vehiculares, tres para cada sentido, y dos aceras para el tránsito de peatones y bicicletas.

Debido a las condiciones meteorológicas a las que se tendría que enfrentar día a día, como neblina, ráfagas de aire y la salinidad de la marea, y a su ubicación en una zona sísmica, a 11 kilómetros de la falla de San de Andrés, el ingeniero en jefe, Joseph Strauss, junto con su equipo de geólogos, arquitectos y demás trabajadores, diseñó el puente con reforzamientos de cables de acero, cinco veces más resistentes de lo necesario. Se dice que, si se unen todos los alambres que forman el cableado, se alcanza una longitud capaz de rodear a la Tierra tres veces. Tal fortaleza ha quedado demostrada en que, durante sus 83 años de vida, el Golden Gate ha soportado cuatro terremotos y ha sido cerrado sólo en tres ocasiones por el mal clima.


Anaranjado es el nuevo dorado


Irónicamente, a pesar de llamarse Golden Gate o Puerta Dorada, en realidad tiene un tono terracota, anaranjado internacional, para ser exactos. Sin embargo, el motivo de haber sido bautizado con el término áureo es porque cruza el estrecho homónimo (Chrysophylae), que da entrada a la bahía de San Francisco. A su vez, el canal fue nombrado así por el capitán, ingeniero y topógrafo estadounidense John Fremont, quien, alrededor de 1846, en una de sus exploraciones, le encontró una similitud muy grande con un puerto en Estambul, llamado Chrysoceras o Cuerno de Oro.

Por su parte, el color naranja no fue una decisión al azar. Se eligió, en primera instancia, como medida de seguridad, para hacerlo visible a los ferris que cruzaran debajo del puente. Asimismo, es la tonalidad clásica del impermeabilizante, necesario para evitar el óxido y la corrosión de la estructura. Pero, dejando de lado los temas de ingeniería, también tiene una finalidad artística, ya que, entre toda la gama cromática, resultó ser el color perfecto para contrastar y al mismo tiempo integrarse con los tonos del paisaje.

La puerta a la modernidad

“Un arpa de acero de 35 millones de dólares” fue el titular de la nota que La Crónica de San Francisco le dedicó al puente el día de su inauguración, el 27 de mayo de 1937, cuando se abrieron todos sus carriles al tránsito peatonal, a las seis de la mañana en punto, luego de poco más de cuatro años de construcción. El costo del peaje fue de 25 centavos y cerca de 200 mil personas se dieron cita para ser las primeras en caminar a través del que, hasta 1964, sería el puente colgante más largo del mundo. Incluso, muchos intentaron establecer diferentes y extraños récords, como ser el primero en cruzarlo completo, en bailar tap, en empujar una carriola o montar un monociclo. Según datos oficiales, se estima que ese día se vendieron alrededor de 50 mil hot dogs.

Al día siguiente, tocó el turno a los vehículos motorizados para desfilar por la ancha avenida del Golden Gate. Las celebraciones por la apertura se extendieron a lo largo de toda una semana, y es que esta maravillosa puerta daba entrada a la modernidad y la urbanización.

Antes de la existencia del puente, la única manera de cruzar el estrecho era a través de ferris, que tardaban algo de tiempo en completar el viaje y tenían salidas programadas; además, se volvieron incapaces de cubrir la demanda de tráfico que empezaba a tener la ciudad, de manera que el Golden Gate supuso una solución al problema. No obstante, para que se hiciera realidad, tuvieron que pasar diez años.

A finales de la segunda década del siglo XX, el gobierno de la ciudad de San Francisco comenzó a buscar ingenieros que se encargaran de llevar a cabo el proyecto, pero, debido a los retos que suponía, existía dentro del gremio un gran escepticismo en cuanto a su construcción, pues la vislumbraban imposible y decían que, de ser viable, costaría más de cien millones de dólares.

No obstante, iniciados los años 20, Joseph Strauss presentó una propuesta que no sólo demostraba que el proyecto sí era posible, sino que estimó un presupuesto entre 25 y 30 millones de dólares, argumentando que la inversión podría recuperarse a la larga mediante la implementación de un sistema de peajes. Aunque se quedó corto por cinco millones, su cálculo no estuvo tan alejado de la realidad. Y es que, si se quisiera construir un puente semejante en este tiempo, el costo aproximado sería de 1.64 billones de dólares.

Luego de años de planeación, que incluyó varios rediseños, la búsqueda de fondos y apoyo de inversores y del gobierno, la construcción del Golden Gate inició el 5 de enero de 1933, dos meses antes de que Franklin D. Roosevelt asumiera la presidencia de Estados Unidos.

Después de 27 años de ser considerado el puente colgante más largo del mundo (mil 280 m), perdió el título en 1964, cuando se inauguró el Verrazano Narrows, en Nueva York, con mil 298 metros de longitud. Actualmente, el Golden Gate ocupa la posición número 15 entre los más largos del mundo. El primer lugar le pertenece al puente Akashi Kaikyo (mil 991 m), en Japón, abierto en 1998.

El Golden Gate no se conforma con ser uno de los sitios más visitados y fotografiados del mundo, también ha tenido presencia en importantes escenas de un sinfín de películas, entre las que destacan: Superman (1978); Panorama para matar (1985), donde forma parte de las aventuras del agente 007; Entrevista con el vampiro (1994), X-men (2006), donde uno de los mutantes lo mueve con sus poderes de telequinesis; Star trek (2009); Monstruos vs. Aliens (2009); El planeta de los simios: (R)Evolución (2011); y quizá la cinta más significativa, Vértigo (1958), del director Alfred Hitchcock, donde el detective protagonista impide que una mujer se lance del icónico puente para suicidarse…

Negro detrás del naranja

Lamentablemente, la escena antes mencionada no es propia de las historias de Hollywood, pues, en la vida real, el Golden Gate es el lugar preferido de los suicidas en Estados Unidos, y el segundo a nivel mundial, debajo del puente de Nankín, en China.

Según datos de la fundación Bridge Rail, se han registrado más de mil 700 suicidios desde que la Puerta Dorada se inauguró. La plancha del puente se encuentra a 67 metros por encima del estrecho, por lo que saltar desde esa altura, a una velocidad aproximada de 120 km/h, es como estrellarse contra el concreto.

Ante esta situación, las autoridades de San Francisco han instalado una red gruesa de acero debajo del puente, que se extiende unos seis metros sobre cada lado, para disuadir a las personas que piensen en saltar; si pese a eso lo hacen, indudablemente resultarán heridas, pero no morirán. Además, se han formado muchas organizaciones y grupos de ayuda que trabajan en la prevención del suicidio e intentan salvar a quienes estén a un salto de acabar con su vida. Existe un documental titulado The bridge (2006), que recoge las historias de aquellos que se suicidaron y los testimonios de las personas que fueron salvadas y de quienes colaboraron para evitar las tragedias.

Con todos estos esfuerzos, se busca que el puente Golden Gate vuelva a ser motivo de júbilo y alegría para la gente, una obra de ingeniería que sea símbolo de la ciudad sólo por sus cosas positivas y por su belleza, justo como lo fue hace 83 años.



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