El cuento de la princesa Kaguya

Hace mucho tiempo, cuando los bosques de bambú se mecían al ritmo del viento y los dioses aún susurraban entre las montañas de Japón, vivía un anciano cortador de bambú junto a su esposa. Eran personas humildes, de manos curtidas por el trabajo y corazón generoso. Sin embargo, ambos compartían la gran tristeza de que jamás habían podido tener hijos.
Cada amanecer, el anciano se internaba en el bosque con su hacha al hombro. Conocía cada sendero, cada arroyo y cada tallo de bambú que crecía bajo la sombra de los árboles. Pero una mañana, ocurrió algo extraordinario. Mientras buscaba los mejores tallos para cortarlos, un resplandor dorado llamó su atención. Entre el verde del bosque, un bambú irradiaba una luz tan intensa como la de una estrella caída sobre la Tierra. Intrigado, se acercó lentamente. Cuando abrió el tallo, descubrió en su interior a una diminuta niña, apenas del tamaño de su pulgar. La pequeña estaba envuelta en un halo de luz y sonreía con una serenidad que parecía imposible para un ser tan pequeño. El anciano cayó de rodillas.
—Los cielos han escuchado nuestras plegarias...
Con inmenso cuidado, tomó a la niña entre sus manos y la llevó a casa. Su esposa, al verla, sintió que el corazón se le llenaba de una felicidad que jamás había conocido. Decidieron llamarla Kaguya, y, desde aquel día, la criaron como si hubiera nacido de ellos mismos.
Pero Kaguya no era una niña común. Cada día, crecía más rápido de lo que cualquier ser humano podía hacerlo. En apenas unos meses, la pequeña se convirtió en una joven de extraordinaria belleza. Su piel parecía iluminarse bajo la luz del sol y su largo cabello negro caía como una cascada de seda sobre sus hombros.
Con el paso del tiempo, el anciano descubrió otra cosa. Cada vez que cortaba un bambú, hallaba en su interior pequeñas pepitas de oro puro. Gracias a ese misterioso regalo, él y su esposa dejaron atrás la pobreza y pudieron ofrecerle a la muchacha una vida digna.
La fama de la belleza de Kaguya comenzó a extenderse por todo Japón. Hombres de las familias más poderosas, príncipes, nobles y guerreros emprendían largos viajes sólo para contemplarla y entregarle regalos de incalculable valor. Cinco de ellos insistieron tanto en pedir su mano que Kaguya decidió poner a prueba la sinceridad de sus sentimientos. A cada uno, le encomendó una misión imposible.
A uno, le pidió traer el cuenco de piedra utilizado por el propio Buda; a otro, la rama enjoyada del árbol que crecía en la isla de los inmortales; a un tercero, la piel del legendario ratón de fuego, capaz de resistir las llamas; a otro más, la joya que brillaba en el cuello de un dragón; y al último, un raro caparazón depositado por las golondrinas.
Los pretendientes partieron convencidos de que regresarían victoriosos. Sin embargo, uno intentó engañarla con una falsificación cuidadosamente elaborada; otro abandonó la búsqueda al descubrir que la reliquia jamás había existido; uno más perdió su fortuna intentando fabricar el objeto que ella había pedido; y los demás fracasaron en peligrosas expediciones que casi les costaron la vida.
Kaguya rechazó a todos; no porque despreciara el amor, sino porque ninguno había demostrado honestidad, humildad o verdadero sacrificio.
Con el tiempo, incluso el emperador escuchó hablar de aquella joven incomparable. Cuando finalmente la conoció, quedó profundamente enamorado. Intentó convencerla de permanecer a su lado, le ofreció riquezas, honores y un lugar junto al trono, pero Kaguya siempre respondía con una tristeza imposible de ocultar.
—Mi destino no pertenece a este mundo.
Nadie comprendía aquellas palabras, sólo ella sabía la verdad. Cada noche, contemplaba la luna, con los ojos llenos de nostalgia. Mientras todos admiraban su belleza, ella sentía un vacío que crecía con cada luna llena.
Finalmente, llegó la noche en la que el cielo parecía más brillante que nunca. Kaguya rompió en llanto. Sus padres adoptivos, alarmados, le preguntaron qué sucedía, y, con enorme pesar, ella confesó el secreto que había guardado durante toda su vida.
—Yo no nací en la Tierra.
El anciano y su esposa permanecieron en silencio.
—Provengo del Reino de la Luna. Fui enviada aquí hace muchos años, y, ahora, ha llegado el momento de regresar.
Las palabras cayeron sobre la casa como una tormenta. El emperador, al enterarse, ordenó que soldados custodiaran la residencia, para impedir que cualquier ser sobrenatural se llevara a la joven. Pero, cuando apareció la siguiente luna llena, el cielo descendió sobre la Tierra. Una procesión de seres celestiales, vestidos con túnicas resplandecientes, bajó envuelta entre nubes luminosas. Ningún guardia pudo detenerlos. Las armas parecían perder todo su peso y los soldados quedaron inmóviles ante aquella presencia divina.
Kaguya abrazó a quienes la habían criado.
—Gracias por haberme dado el amor que nunca conocí en mi verdadero hogar.
El anciano lloraba desconsoladamente.
—Siempre serás nuestra hija.

Los mensajeros celestiales le entregaron a Kaguya una túnica hecha con plumas sagradas. Le advirtieron que, al vestirla, desaparecerían todos los recuerdos del sufrimiento humano. Durante unos instantes, Kaguya dudó. Miró, por última vez, el bosque de bambú, la casa donde había crecido y a las dos personas que le habían enseñado el significado del cariño. Antes de partir, escribió una carta para el emperador y le dejó un frasco con el elixir de la inmortalidad; luego, vistió la túnica, su tristeza desapareció y su rostro volvió a ser tan sereno como la noche en la que había llegado a la Tierra. Los seres celestiales la condujeron lentamente hacia la luna, mientras una luz plateada envolvía el bosque.
El emperador recibió la carta y el elixir, pero comprendió que vivir eternamente carecía de sentido si nunca volvería a verla. Ordenó entonces que ambos objetos fueran llevados a la cima de la montaña más alta de Japón y quemados allí, para que el humo ascendiera hasta la luna como un último mensaje de despedida.
Desde entonces, cuenta la tradición que el humo que alguna vez se elevó desde aquella montaña continuó buscando el cielo durante generaciones. Por ello, muchos identificaron ese lugar con el monte Fuji, cuyas emanaciones volcánicas fueron interpretadas como el eterno recuerdo del amor imposible entre el emperador y la doncella lunar.
La historia de Kaguya-hime, la Doncella de la Luna, es una reflexión sobre la fugacidad de la vida y la felicidad, el amor que trasciende la distancia, el dolor de la separación, la imposibilidad de detener el paso del destino y el valor de los lazos afectivos creados durante nuestra existencia.



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