El Pozo de Darvaza
- paginasatenea
- 6 ago
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Un incendio bajo tierra

En medio de la inmensidad del desierto de Karakum, en Turkmenistán –país de Asia Central, que limita con Kazajistán, Uzbekistán, Irán, Afganistán y el mar Caspio–, existe un lugar que parece sacado de una novela de ciencia ficción. Un enorme cráter que arde en su interior y del que emerge un intenso calor, que, cuando cae la noche, regala un espectáculo visual protagonizado por cientos de llamas brillantes que contrastan con la oscuridad, tiñendo de naranja el horizonte y creando una imagen tan inquietante como fascinante.
Se trata del Pozo de Darvaza, conocido mundialmente como la "Puerta al Infierno", uno de los accidentes geológicos e industriales más famosos del planeta. Se localiza a unos 260 kilómetros al norte de Asjabad, la capital del país. Debido a su aislamiento, llegar requiere recorrer varias horas por caminos desérticos, lo que ha contribuido a aumentar su aura de misterio.
Es un cráter de gas natural en combustión, que tiene, aproximadamente, entre 60 y 70 metros de diámetro, cerca de 20 a 30 metros de profundidad y cientos de pequeñas fumarolas distribuidas en todo su interior. De ellas, escapa continuamente el metano, principal componente del gas natural. Al entrar en contacto con las llamas existentes, el gas produce un espectáculo permanente de fuego, que puede observarse, incluso, desde varios kilómetros de distancia durante la noche.
El nombre “Darvaza” proviene de una pequeña comunidad cercana y significa "puerta", en lengua turcomana.
Un accidente rodeado de misterio

La historia más difundida afirma que el origen del cráter se remonta a principios de la década de 1970, cuando geólogos soviéticos realizaban exploraciones en busca de yacimientos de gas natural. Mientras perforaban el terreno, el suelo colapsó inesperadamente debido a la existencia de una enorme cavidad subterránea llena de gas. La maquinaria cayó al interior del hundimiento y comenzó a escapar una gran cantidad de metano. Ante el riesgo de que ese gas resultara peligroso para las personas y los animales cercanos, los ingenieros decidieron prenderle fuego, convencidos de que el combustible se consumiría en cuestión de días. Sin embargo, el cálculo fue completamente erróneo, pues el depósito subterráneo de metano era muchísimo mayor de lo que imaginaron, y las llamas han continuado ardiendo durante décadas.
Aunque esta historia aparece en numerosos reportajes y publicaciones científicas de divulgación, no hay documentos oficiales soviéticos que confirmen exactamente lo sucedido. Investigadores y geólogos que han estudiado el sitio coinciden en que el origen fue casi, con toda seguridad, un accidente relacionado con la exploración de hidrocarburos, pero existen discrepancias sobre varios aspectos: algunos sitúan el colapso en los años 60 e, incluso, hay testimonios de geólogos turcomanos que afirman que el cráter permaneció sin fuego durante algunos años antes de ser incendiado deliberadamente.
La falta de registros históricos hace imposible conocer la cronología exacta, por lo que muchos especialistas consideran que la historia tradicional debe entenderse como la explicación más probable, aunque no totalmente demostrada.
El enorme mar de gas bajo el desierto
La razón por la que el fuego ha permanecido activo durante tanto tiempo está bajo tierra. Turkmenistán posee una de las mayores reservas de gas natural del planeta. El desierto de Karakum forma parte de la cuenca del Amu Daria, una región extremadamente rica en hidrocarburos. En esta zona, existen inmensos depósitos de metano atrapados entre capas de roca sedimentaria. Cuando una fractura permite que ese gas ascienda hacia la superficie, puede escapar de manera continua durante largos períodos.
Si, además, encuentra una fuente de ignición, las llamas pueden mantenerse mientras siga existiendo un suministro de combustible y suficiente oxígeno. Es el mismo principio que explica las llamadas "llamas eternas" que existen en algunos lugares del mundo, aunque el caso de Darvaza destaca por su enorme tamaño y por haber sido provocado por la actividad humana.
En 2013, el explorador canadiense George Kourounis, con apoyo de National Geographic, se convirtió en la primera persona en descender al fondo del cráter. Vestido con un traje resistente al calor y utilizando equipo especializado de escalada, permaneció varios minutos en el interior para recoger muestras del suelo. Los análisis posteriores revelaron la presencia de microorganismos extremófilos, seres vivos capaces de sobrevivir en condiciones de calor extremo y presencia constante de gases. Estos microorganismos son especialmente valiosos para la ciencia porque ayudan a comprender cómo puede existir vida en ambientes que antes se consideraban incompatibles con cualquier organismo, e, incluso, sirven como modelo para estudiar la posible existencia de vida en otros planetas.
Un atractivo turístico... y un problema ambiental
Con el paso del tiempo, el cráter dejó de ser únicamente una curiosidad geológica para convertirse en uno de los principales destinos turísticos de Turkmenistán. Cada año, recibe visitantes de todo el mundo, que acampan en el desierto para contemplar el impresionante espectáculo nocturno.
Sin embargo, el sitio también representa un desafío ambiental. Aunque, al quemarse el metano, se transforma principalmente en dióxido de carbono y vapor de agua —gases menos potentes como efecto invernadero que el propio metano—, el cráter simboliza el enorme problema de las fugas de gas existentes en Turkmenistán, uno de los países con mayores emisiones de metano procedentes de la industria energética. Para muchos especialistas, el cráter tiene un impacto climático menor que otras fugas industriales no incendiadas, pero sigue siendo un recordatorio visible del desperdicio de un recurso energético valioso.
Durante años se creyó que el fuego sería prácticamente eterno. Sin embargo, investigaciones recientes indican que la intensidad de las llamas ha disminuido considerablemente respecto a décadas anteriores.
Los expertos consideran que esto podría deberse al agotamiento gradual del depósito de gas que alimenta el cráter o a cambios en el flujo del metano hacia la superficie. Además, el gobierno de Turkmenistán ha manifestado en distintas ocasiones su interés por encontrar una forma de extinguir el incendio, tanto por razones económicas como ambientales, aunque hacerlo representa un enorme reto técnico.
El Pozo de Darvaza es un recordatorio de la enorme riqueza energética que permanece oculta bajo nuestros pies, de los riesgos asociados con la explotación de los recursos naturales y de cómo un accidente aparentemente menor puede transformarse en uno de los fenómenos más extraordinarios del planeta.




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