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Los colores de México: la paleta que el país regaló al mundo


 

México es un país que se reconoce a simple vista por sus colores. Están en los mercados, en las artesanías, en los textiles indígenas, en las fachadas de los pueblos, en las fiestas populares y en las antiguas pinturas de los códices prehispánicos. Detrás de cada tono existe una historia ligada a la naturaleza, a la espiritualidad y a los conocimientos que las culturas originarias desarrollaron durante siglos para extraer pigmentos de plantas, insectos, minerales y elementos marinos.

 

Muchos de esos colores no sólo nacieron en territorio mexicano, sino que terminaron conquistando al mundo y transformando el arte, la moda y el diseño internacional. Son una herencia cromática de México para la humanidad.

 

Uno de los más emblemáticos es el rosa mexicano, un color intenso, alegre y vibrante que se convirtió en símbolo de identidad nacional durante el siglo XX. Aunque este tono existía desde mucho antes en los textiles indígenas y en los bordados tradicionales, fue el diseñador y promotor cultural Ramón Valdiosera quien lo bautizó como “rosa mexicano” en 1949 al presentar una colección de moda en Nueva York. Desde entonces, es un color que está reconocido dentro del catálogo de color Pantone con el código #E4007C.

 

Otro regalo de México al mundo es el extraordinario azul maya, considerado uno de los pigmentos más resistentes jamás creados por el ser humano. Las antiguas civilizaciones mayas lograron obtener este azul brillante mezclando el colorante de la planta de añil (Indigofera suffruticsa, ch’oh en maya) con una arcilla conocida como paligorskita o atapulgita (sak lu’um en maya) y sometiendo la mezcla a calor. El resultado fue un pigmento capaz de conservar su intensidad durante siglos incluso bajo condiciones extremas de humedad y temperatura. El azul maya simbolizaba el agua, el cielo, la fertilidad y la conexión con las divinidades, razón por la que era utilizado en murales, códices, cerámicas y ceremonias religiosas.

 

Si existe un color mexicano que revolucionó el arte europeo fue el rojo cochinilla. Este pigmento procede de un pequeño insecto, la cochinilla (Dactylopius coccus) que vive sobre las pencas del nopal. Los pueblos mesoamericanos descubrieron que, al secar y triturar estos insectos, obtenían un rojo intenso y luminoso conocido como carmín. Tras la llegada de los españoles, la cochinilla se convirtió en uno de los productos más valiosos de la Nueva España, sólo superado por la plata. Pintores como Velázquez, Rubens y Rembrandt utilizaron este pigmento en sus obras. Para las culturas originarias, el rojo representaba la vida, la sangre, la fuerza y el renacimiento.

 

Muy cercano a él se encuentra el rojo achiote, también conocido como onoto. Este color se obtiene de las semillas del árbol de achiote (Bixa orellana) y ha sido utilizado desde tiempos prehispánicos como colorante alimentario; para pintar el cuerpo, los textiles, plumas, manuscritos y murales; y para ritos tradicionales como el nacimiento o la muerte de una persona. Su tonalidad rojiza y anaranjada se relaciona con el sol, la vitalidad y la protección espiritual.

 

Entre los tonos más luminosos se encuentra el amarillo cempasúchil, el color que proviene de los pétalos de la flor que cada otoño guía a los difuntos durante la celebración del Día de Muertos. Su nombre proviene del náhuatl cempohualxóchitl, que significa “flor de veinte pétalos”. Para los pueblos originarios, el amarillo y el naranja de esta flor representaban la energía del sol y la continuidad entre la vida y la muerte. Los caminos de pétalos colocados en altares y cementerios simbolizan la ruta que siguen las almas para regresar temporalmente al mundo de los vivos.

 

México también aportó una amplia gama de tonos terrosos y ocres obtenidos a partir de minerales naturales, arcillas y óxidos de hierro. Estos colores fueron utilizados en pinturas rupestres, cerámica y murales desde hace miles de años. Los ocres evocan la conexión con la tierra, el origen de la vida y la relación del ser humano con la naturaleza.

 

Más antiguo y misterioso es el morado púrpura del caracol marino, un pigmento obtenido por comunidades indígenas de la costa del Pacífico, especialmente en Oaxaca. Los artesanos extraen cuidadosamente la secreción del caracol púrpura sin dañarlo y posteriormente lo devuelven al mar para preservar la especie. El color resultante era símbolo de prestigio, espiritualidad y poder, reservado durante siglos para personajes de alto rango.

 

Finalmente, aparece el tinte textil negro intenso. Durante siglos, los tintes negros se desvanecían, pero tras el descubrimiento de América, los españoles llevaron a Europa el árbol Palo de Campeche. Este material permitió por primera vez, fijar en color negro profundo y brillante en la ropa, volviéndose el color de la realeza en la corte de Felipe II. El color negro simbolizaba la noche, el misterio, la protección y el mundo espiritual. También estaba relacionado con Tezcatlipoca, una de las deidades más importantes del panteón mexica, cuyo nombre significa precisamente “espejo humeante”.

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