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Los piratas no eran como los “pinta” Hollywood


Entre parches, loros, piernas de palo y tesoros, ¿eran realmente como los vemos en el cine?


Durante décadas, la figura del “pirata” ha convocado una imagen casi universal, conformada por un hombre de barba desordenada, parche en el ojo, botella de ron en la mano, loros en el hombro y una risa cavernosa perdida entre barcos de velas negras con una calavera al centro, cofres rebosantes de oro, fiesta y miles de aveturas en altamar y en las diferentes tierras que visitaban. Sin embargo, la realidad fue muy distinta. Detrás de la imagen romántica popularizada por Hollywood, existieron hombres y mujeres que vivieron una existencia marcada por la violencia, las enfermedades, la pobreza, las tormentas y una esperanza de vida sorprendentemente corta. Lejos de ser simples bandidos del mar, los piratas fueron producto de un contexto político, económico y social muy específico que transformó el comercio marítimo entre los siglos XVII y XVIII.


Aunque la piratería existe prácticamente desde que comenzaron las rutas comerciales marítimas –ya, en la Antigüedad, los griegos y romanos combatían a grupos dedicados al saqueo de embarcaciones–, el período más conocido es la llamada “Edad de Oro de la Piratería”, comprendida aproximadamente entre 1650 y 1725. Durante estas décadas, miles de barcos mercantes cruzaban el Atlántico, transportando oro, plata, azúcar, tabaco, especias y otros productos extremadamente valiosos entre Europa, África y América. Esa riqueza convirtió al mar Caribe, la costa atlántica de Norteamérica y algunas rutas del océano Índico en escenarios ideales para el ataque de embarcaciones comerciales.


¿Hollywood dice la verdad?


La respuesta es sí y no. Los piratas históricos utilizaban pistolas, mosquetes, sables, cuchillos y cañones. También, empleaban banderas para identificarse o intimidar a otras tripulaciones. Sin embargo, no existió una única bandera pirata utilizada por todos; distintos capitanes adoptaron diseños propios, algunos con calaveras, esqueletos, armas o relojes de arena.


La intimidación tenía una utilidad práctica. Si la tripulación de un barco mercante se rendía sin combatir, los piratas podían apoderarse del cargamento sin dañar su propia embarcación ni perder hombres. La apariencia aterradora de algunos capitanes formaba parte de esa estrategia.


Muchos elementos que hoy consideramos típicamente piratas fueron popularizados por la ficción. Uno de ellos es el castigo de caminar por la tabla. No existen pruebas de que haya sido una práctica normal entre los piratas de los siglos XVII y XVIII. Cuando querían castigar o matar a alguien, recurrían a métodos más directos, como los azotes, el abandono en una isla o simplemente arrojar a la víctima al mar. La tabla se convirtió en un símbolo popular gracias a libros e ilustraciones del siglo XIX.


Los mapas del tesoro con una “X” también pertenecen sobre todo a la literatura de aventuras. El botín podía incluir dinero, pero también telas, alimentos, armas, medicinas, herramientas y mercancías comerciales. Normalmente, se repartía o se vendía; enterrarlo suponía correr el riesgo de perderlo o de no regresar nunca a recuperarlo.

El loro sobre el hombro es posible, pues los marineros transportaban animales exóticos desde regiones tropicales. Sin embargo, no hay evidencia de que cada capitán pirata tuviera un loro como compañero inseparable. La presencia constante de esta ave en la imaginación popular se debe principalmente a las representaciones literarias y cinematográficas.


¿Cómo se volvían piratas?


Pocas personas comenzaban su vida con la intención de convertirse en piratas. Muchos habían sido antes marineros mercantes, integrantes de fuerzas navales, pescadores o corsarios.  Estos últimos navegaban en barcos privados, pero recibían autorización de un gobierno para atacar embarcaciones de potencias enemigas. En el Caribe, gobernadores ingleses apoyaron, durante ciertos períodos, a bucaneros que atacaban barcos y poblaciones españolas. Sin embargo, cuando las guerras terminaban o cambiaban las alianzas, algunos de esos hombres continuaban atacando barcos sin autorización y pasaban a ser considerados piratas.


La vida de los marineros comunes podía ser muy dura; soportaban jornadas agotadoras, castigos físicos, salarios bajos o retrasados, mala alimentación y enfermedades. Frente a ello, unirse a un barco pirata podía parecer una oportunidad para obtener una parte mayor de las ganancias y participar en algunas decisiones de la tripulación. Eso no significa que la piratería fuera una forma noble de rebelión. Su economía dependía del robo, la coerción y, en muchas ocasiones, del asesinato. Incluso, las tripulaciones que establecían reglas internas relativamente participativas causaban graves daños a otros marineros, comerciantes y poblaciones costeras.


La vida cotidiana en un barco pirata estaba lejos de ser una aventura permanente. Gran parte del tiempo transcurría navegando, reparando velas, limpiando la cubierta, extrayendo agua de la sentina y buscando embarcaciones que pudieran ser atacadas. El espacio era reducido, la higiene era deficiente y el agua potable podía contaminarse. Los alimentos frescos duraban poco, por lo que las tripulaciones dependían de productos salados, secos o endurecidos. La falta prolongada de frutas y verduras podía provocar escorbuto, mientras que las heridas sufridas durante un combate podían infectarse con facilidad.


Las tormentas, los incendios y los naufragios eran riesgos permanentes. A ellos, se sumaban las enfermedades contraídas en puertos tropicales y la amenaza de ser capturados. En numerosos territorios, una condena por piratería terminaba en la horca.


Los piratas no siempre actuaban como grupos completamente desorganizados. Algunas tripulaciones establecieron acuerdos escritos, conocidos como artículos, que regulaban aspectos de la convivencia a bordo. En ellos, podían fijarse las partes del botín correspondientes al capitán, los oficiales y los demás marineros; las compensaciones para quienes perdieran una extremidad o sufrieran una lesión grave; además de castigos por robar a los compañeros, abandonar el puesto durante un combate o provocar conflictos dentro del barco. Estos acuerdos no formaban un código universal. Cada tripulación podía imponer sus propias reglas.


Los piratas que realmente existieron


Barbanegra: Llamado Edward Teach o Thatch, inglés, es probablemente el pirata más famoso de la historia. Estuvo activo principalmente entre 1716 y 1718. Operó en las Antillas y frente a la costa oriental de Norteamérica. A finales de 1717, capturó el navío francés La Concorde –utilizado anteriormente para el tráfico de personas esclavizadas–, lo convirtió en su barco principal, lo rebautizó como Queen Anne’s Revenge y lo armó con decenas de cañones.


Barbanegra cultivó deliberadamente una apariencia aterradora. Las descripciones tempranas señalan que llevaba una larga barba negra y varias pistolas, y que, durante los enfrentamientos, colocaba mechas humeantes cerca del rostro. La intención era provocar miedo y conseguir que sus enemigos se rindieran antes de luchar. Murió el 22 de noviembre de 1718, en Ocracoke, Carolina del Norte, durante un combate contra una fuerza dirigida por el teniente Robert Maynard.


Bartholomew Roberts: Conocido como “Black Bart”, galés, fue uno de los piratas más exitosos de la Edad de Oro. En una carrera de aproximadamente tres años, se le atribuye la captura de más de 400 embarcaciones a ambos lados del Atlántico. Era conocido por su vestimenta llamativa y por mantener una estricta disciplina. Su barco principal, llamado Royal Fortune, llegó a contar con unos 40 cañones. A diferencia del estereotipo del pirata constantemente ebrio, en su tripulación, se regulaba el consumo de alcohol, las apuestas y el comportamiento durante los combates. Murió en febrero de 1722, durante un enfrentamiento contra el buque británico HMS Swallow, frente a la costa occidental de África. Después de su derrota, numerosos integrantes de su tripulación fueron juzgados; decenas de ellos terminaron ejecutados.

 

Henry Morgan: Fue un bucanero galés que actuó principalmente contra los intereses españoles en el Caribe. Dirigió expediciones contra poblaciones y fortificaciones españolas, incluidas Portobelo y Panamá. Sus operaciones contaron, durante ciertos períodos, con apoyo inglés, aunque algunas provocaron conflictos diplomáticos. A diferencia de numerosos piratas, Morgan no terminó en la horca; fue nombrado caballero y ocupó cargos políticos en Jamaica, entre ellos, el de vicegobernador.


William Kidd: Comenzó como marinero y corsario respetado, de nacionalidad escocesa. En 1695, recibió apoyo para dirigir una expedición destinada a perseguir piratas e interceptar barcos enemigos de Inglaterra. Sin embargo, durante el viaje, atacó al Quedagh Merchant, una embarcación armenia que transportaba un cargamento de gran valor y navegaba con documentación francesa. La captura produjo un grave problema político; Kidd intentó defenderse, alegando que había actuado bajo la autoridad de su comisión, pero sus patrocinadores se distanciaron de él. Fue arrestado, enviado a Inglaterra, juzgado por piratería y asesinato, y ahorcado en Londres, el 23 de mayo de 1701.


Su historia contribuyó al mito del tesoro enterrado, pues Kidd ocultó parte de sus bienes antes de ser capturado, pero la idea de una fortuna gigantesca escondida en algún lugar se amplificó con el paso del tiempo y alimentó incontables búsquedas y relatos ficticios.


Anne Bonny y Mary Read: Fueron dos mujeres piratas que navegaron en la tripulación de John “Calico Jack” Rackham. Su carrera documentada fue breve, pero ambas se convirtieron en dos de las mujeres más famosas de la historia marítima. Mary Read, de Inglaterra, había vivido y trabajado vestida como hombre en distintos momentos de su vida. Tras llegar al Caribe, terminó incorporándose a la tripulación de Rackham. Anne Bonny, de origen irlandés, abandonó a su esposo y se unió también al grupo.


En 1720, su barco fue capturado cerca de Jamaica. Rackham y varios integrantes de la tripulación fueron condenados y ejecutados. Bonny y Read también recibieron sentencia de muerte, pero la ejecución fue suspendida después de que ambas declararan estar embarazadas. Mary Read murió en prisión, en abril de 1721. El destino posterior de Anne Bonny es mucho menos certero. Algunas versiones sostienen que fue liberada gracias a la intervención de su familia, pero los registros disponibles no permiten reconstruir con absoluta certeza el resto de su vida.


Zheng Yi Sao: Frecuentemente llamada Ching Shih, en Occidente, dirigió una enorme confederación pirata en el mar de China Meridional, a comienzos del siglo XIX. Aunque no perteneció a la Edad de Oro del Caribe, fue una de las dirigentes piratas más poderosas de la historia. Después de la muerte de su esposo, Zheng Yi, en 1807, asumió el control de la confederación y mantuvo una alianza con el comandante Zhang Bao. Su organización estaba dividida en flotas y aplicaba normas estrictas sobre el reparto del botín, la desobediencia y el trato a los cautivos.


Entre 1807 y 1810, sus fuerzas combatieron contra flotas imperiales chinas y resistieron también los esfuerzos de portugueses y británicos por eliminarlas. Finalmente negoció una rendición y aceptó un indulto en 1810. La mayor parte de sus seguidores pudo abandonar la piratería sin sufrir ejecuciones masivas, y Zheng Yi Sao conservó una parte importante de su riqueza. Murió en 1844.

 

El fin de la Edad de Oro

Hacia la década de 1720, las potencias coloniales intensificaron sus operaciones contra la piratería. Se enviaron más buques de guerra, se ofrecieron indultos a quienes se rindieran y se persiguió tanto a los piratas como a los comerciantes que compraban mercancías robadas.


La muerte de figuras como Barbanegra y Bartholomew Roberts, junto con los grandes procesos judiciales contra sus tripulaciones, mostró que los gobiernos estaban recuperando el control de las rutas marítimas. Al desaparecer los puertos seguros para ellos y aumentar el riesgo de captura, la piratería atlántica dejó de ser una opción viable para grandes grupos organizados.


Esto no significó el final de toda piratería. Continuaron existiendo ataques marítimos en distintas regiones del mundo, y la piratería sigue siendo un problema contemporáneo. Lo que terminó fue una etapa histórica particular, vinculada con las guerras coloniales, la expansión comercial europea y la debilidad temporal de la vigilancia naval.


Sin embargo, la imagen del pirata continúa siendo fascinante porque reúne ideas de aventura, riqueza, libertad y desafío a la autoridad. Hollywood y la literatura transformaron a muchos de ellos en antihéroes carismáticos. La investigación histórica presenta una realidad menos cómoda: fueron hombres y mujeres formados por las guerras,  la violencia, la explotación, las enfermedades, la lucha entre imperios, el comercio colonial, la pobreza, la esclavitud y las oportunidades de enriquecerse mediante la fuerza. Precisamente esa mezcla de hechos y leyendas explica por qué, varios siglos después de la Edad de Oro, los piratas siguen ocupando un lugar tan importante en el imaginario colectivo.

 

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