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Anthony Hopkins, un personaje de la vida real



Es reconocido por su calidad histriónica, un manual de la interpretación, serio, elegante y refinado, que se ha metido en la mente y en la piel de personajes interesantes, aterradores e intrigantes, tanto ficticios como biográficos, que han cautivado al espectador, como Adolfo Hitler, en El búnker (1981); Hannibal Lecter, en El silencio de los inocentes (1991), Hannibal (2002) y Dragón rojo (2002); el profesor Van Helsing, en Drácula, de Bram Stoker (1993); el trigésimo séptimo presidente de Estados Unidos, en Nixon (1995); el cineasta del suspenso y el thriller psicológico, en Hitchcock (2012); y el Papa Benedicto XVI, en Los dos Papas (2019).


Además, el británico, nacionalizado estadunidense, es el claro ejemplo de que calidad es mejor que cantidad, pues, aunque sólo cuenta con cinco premios BAFTA, un Globo de Oro y dos Óscar (el segundo, obtenido recientemente por su trabajo en El padre), es considerado una figura de Hollywood, cuya presencia, incluso en un papel secundario, basta para levantar el nombre de una película promedio, como La máscara del Zorro (1998), donde interpretó al primer Zorro, y la saga de Thor, en la piel del dios Odín.


Sin duda, ha hecho un trabajo excelente tanto en teatro, cine y televisión, no obstante, su papel más importante, pero también el más difícil, cargado de experiencias tristes, alegres y caóticas, es el que le tocado interpretar, durante 83 años, en el drama de su vida. Matrimonios fallidos, una única hija, con la que no tiene trato alguno, y adicciones son los episodios que le ha tocado encarar.


Escapando de Port Talbot

Anthony Hopkins nació el 31 de diciembre de 1937, en la ciudad de Port Talbot, en Gales, Reino Unido. No tuvo una infancia feliz; él mismo ha declarado a diversas publicaciones, como The New York Times, Playboy y The Guardian, que nunca fue bueno para el estudio; se le dificultaba concentrarse y poner atención, por lo cual, sus padres, profesores y compañeros de escuela le decían que era un tonto. No tenía amigos, prefería pasar el tiempo en soledad, dibujando o tocando el piano. Ya en edad adulta, comprendió el porqué de aquellos males, pues fue diagnosticado con Asperger.


En Port Talbot no ocurría nada interesante, además, los malos recuerdos de su niñez obligaban a Hopkins a buscar nuevos aires, para dejar de ser un don nadie y convertirse en alguien. Sabía que debía dejar Gales, pero no tenía claro a dónde iría y con qué propósito. En sus propias palabras, la respuesta le llegó cuando tenía 15 años, a través del actor Richard Burton, quien también era originario de Port Talbot. Un día se apareció en la ciudad, en un auto Jaguar, empoderado y disfrutando del éxito que le proveía su carrera. Se puso a charlar con él y le confesó que se había dedicado a la actuación porque no servía para ningún otro trabajo. A partir de ese momento, el joven Hopkins intentó seguir sus pasos, soñando en que algún día viviría en Estados Unidos, a pesar de que siempre había querido ser músico.


Inició su carrera en el teatro, llegando a protagonizar, en poco tiempo, obras del National Theatre, el mayor logro al que aspira todo intérprete británico. En 1967, cuando sumaba 30 años de edad, hizo su debut en la pantalla grande, con la película corta The white bus, y, un año después, aparecería, por primera vez, en un largometraje: El león en invierno, en el que encarnó a Ricardo Corazón de León, rey de Inglaterra entre 1189 y 1199. Continuó haciendo otros filmes, conjugándolos con su carrera teatral. En 1973, abandonó, a mitad de temporada, las funciones de Macbeth, para irse a Hollywood; sin embargo, regresó a los escenarios ingleses en 1986, en el papel principal de la obra El rey Lear, pero los volvió a dejar, pues confesó que el teatro británico es demasiado estricto, y él, por el contrario, era muy inquieto y rebelde.


Aun así, el histrión no podía negar su talento; y es que, en 1987, recibió la condecoración de Comendador de la Orden del Imperio Británico (CBE), otorgada por la reina Isabel II, como parte de la lista de honores que celebra en cada cumpleaños, en reconocimiento a la carrera profesional de ciertas personas.


Alcanzando la fama

Después de abandonar Macbeth, ya en Hollywood, participó en varias producciones, como International velvet (1978), El hombre elefante (1980) y El motín del Bounty (1984), regalando buenas actuaciones, no obstante, ninguna le había alcanzado para sobresalir entre el resto del reparto. Decepcionado, decidió regresar a Inglaterra, para retomar, cual premio de consolación, su trabajo en el teatro.


En 1988, se estrenó Mississippi en llamas, una película que se volvió un éxito comercial y puso bajo los reflectores los nombres de sus protagonistas: Willem Dafoe, Frances McDormand, Gene Hackman, entre otros. Hopkins, ahora como espectador, quedó maravillado con el material, mas se lamentó de que su carrera no fuera tan prolífica como la de sus colegas. Casualmente, a los pocos días, recibió una llamada de su agente, quien le dijo que Hackman había rechazado el protagónico de un filme, y que él era la segunda opción.


Hopkins no estaba convencido, pero aceptó el papel porque, de acuerdo a lo que confesaría más tarde, él era un actor y eso es lo que debía hacer. La cinta en cuestión se titulaba El silencio de los inocentes (1991), en la que debía personificar al doctor psicópata Hannibal Lecter. El resultado fue una magnífica e impecable interpretación, con la que hizo despegar su carrera, poniendo su nombre en boca de todos. Además, le otorgó su primer Óscar, en la categoría que galardona la mejor actuación masculina, y en 1993, le valió otro de los títulos que concede la reina Isabel II, el de Sir, que distingue la carrera de los hombres que trabajan en el medio del espectáculo.





Luchando con sus demonios


La historia de su vida personal y sentimental bien podría superar a cualquier ficción. Conoció a su primera esposa, Petronella Barker, en una obra de teatro, y se casaron en 1966. Dos años después, nació su única hija, Abigail Hopkins, quien cambió su apellido a Harrison, a la que abandonó cuando era una bebé y con la que no tiene relación alguna. Se dice que, cierto día, la niña estaba llorando incontroladamente, y él, al no soportar el escándalo, salió de la casa y nunca más regresó. Muchos años más tarde, declararía que no sabía como ser un hombre de familia, que lo habían educado para pensar que los hombres no sienten, no aman, no son amados y no lloran.


A los siete años, se reencontró con ella, pero nuevamente se distanciaron. Él le daba prioridad a su agenda laboral, por lo que sólo veía a Abigail una vez al año y no se preocupaba por recuperar el tiempo perdido. Durante la década de los 90, padre e hija intentaron un nuevo acercamiento. Él le pago cursos de teatro en Estados Unidos, le consiguió papeles en producciones, incluso, la llevó a vivir a su casa, pero nada de eso sirvió; la relación, bastante facturada, terminó por romperse, y cada uno siguió su camino. Hace más de 20 años que no la ve, no sabe nada de ella, dónde vive, ni siquiera siente curiosidad por saber si ya es abuelo; “somos dos completos extraños”, refiere.


Su segunda esposa fue Jennifer Lynton, a quien conoció de la manera menos romántica. Ella era secretaria de los estudios Pinewood, de cine y televisión británica, y cierto día de 1970, sus jefes le pidieron que fuera a recoger a Hopkins al aeropuerto de Heathrow. De personalidades opuestas, él, malhumorado, y ella, sumisa y cariñosa, se casaron tres años después de aquel encuentro. El matrimonio duró 29 años, a lo largo de los cuales el actor tuvo varios deslices y relaciones paralelas. Jennifer nunca hizo un escándalo público, reclamando o exhibiendo las infidelidades de su esposo, todo lo se lo reservó. Ayudaba a curar las heridas, quizá, el hecho de que no estuvieran juntos todo el tiempo, pues el actor pasaba largas temporadas en Los Ángeles, mientras que ella permanecía en Londres. Se divorciaron en 2002, a causa de una traición que Jenni no pudo pasar por alto: Anthony se había nacionalizado estadounidense.


Desde su primer matrimonio, Hopkins empezó a caer en un problema de alcoholismo, que sacaba a relucir la peor parte de su personalidad; se portaba egoísta, agresivo e indiferente. Era complicado trabajar con él, pues las filmaciones se detenían constantemente debido a sus ataques de ira; se peleaba con los directores y abandonaba los sets de un momento a otro. Más que su verdadero carácter, dicho comportamiento era producto de un síndrome de abstinencia, ya que intentaba ser profesional y no beber durante su jornada laboral.


En diciembre de 2020, subió un video a su cuenta de Twitter, en el que compartió su felicidad por cumplir 45 de sobriedad. Una hazaña que no hubiera sido posible sin un hecho que lo hizo tocar fondo en 1975. Amaneció en un hotel de Phoenix, sin tener idea de cómo había llegado hasta allí. Tomó conciencia de que había corrido un riesgo y, entonces, decidió no volver a tomar una gota de alcohol. A su proceso de recuperación también ayudó su tercera esposa, Stella Arroyave, una colombiana, con quien se casó 10 meses después de haberse divorciado de Jennifer, y quien le ha contagiado su alegría y espíritu latino, pues le ha enseñado a no ser tan duro consigo mismo, a perdonarse, a vivir la vida, a reconciliarse con su pasado y a retomar su pasión por la pintura y la música.


Aprendiendo a ser feliz

A finales de 2006, cuando estaba próximo a cumplir 70 años, le surgió una nostalgia por su natal Gales. Con un nuevo estilo de vida, más maduro, decidió visitarlo más seguido, ya que, ahora, como nunca antes, deseaba estar en Port Talbot. Empezaba a disfrutar verdaderamente su vida. Continuaba en la cima del éxito, pero ha reconocido que no “hay nada extraordinario allá arriba”. Por esa época, protagonizó y dirigió Slipstream (2007) y actuó en Beowulf (2007). Luego llegarían proyectos, como El hombre lobo (2010), El rito (2011), Noé (2014), The dresser (2015) y, justo cuando estaba considerando dejar la actuación, Los dos Papas.


El último material que ha realizado, hasta la fecha, es El padre, por el cual recibió su segundo Óscar como mejor actor, el pasado 25 de abril, 28 años después de haber ganado el primero y con sólo cuatro nominaciones más en ese período. Con esto, con la misma edad que el protagonista de la película en cuestión, 83 años, Hopkins se convirtió en el actor más viejo de Hollywood en obtener la estatuilla. No asistió a la ceremonia ni de forma presencial ni virtual, pues, aunque se ofreció a hacerlo vía Zoom, los organizadores de la gala habían dejado claro que no se podría participar a través de dicho software. Hopkins se encontraba en Gales, descansando; eran las cuatro de la mañana allá cuando anunciaron que había obtenido el galardón. Al día siguiente, al enterarse de la noticia, sólo dijo estar feliz y agradecido. Esas cosas ya no le preocupan, ahora es feliz, compartiendo videos en Twitter y TikTok, presentándole al mundo al verdadero Hopkins, sin demonios, sin caretas, interpretando al mejor y más pleno personaje de su vida.

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