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La increíble historia del Yu-Mex, los mariachis que conquistaron Yugoslavia


Si alguien le dijera que, en la antigua Yugoslavia (1918-1992, hoy, Eslovenia, Croacia, Bosnia y Herzegovina, Macedonia del Norte, Montenegro, Serbia y Kosovo), a miles de kilómetros de México, hubo una época en la que la gente se vestía de charro, cantaba Las mañanitas en idioma serbocroata y llenaba estadios, para escuchar rancheras, probablemente, pensaría que es una broma, pero no lo es.


Se llamó Yu-Mex y es uno de esos capítulos de la historia cultural que parecen inventados… hasta que se empieza a conocerlos.


Un giro inesperado en la historia

Todo comenzó después de la Segunda Guerra Mundial. Yugoslavia, bajo el liderazgo de Josip Broz “Tito”, había sido aliada de la Unión Soviética hasta que, en 1948, decidió romper con Stalin. Esa ruptura tuvo consecuencias políticas, económicas y culturales.


De pronto, las películas soviéticas fueron prohibidas, junto con los filmes de Hollywood, claro, que también estaban vetados, por su ideología capitalista. El resultado fue que los cines yugoslavos se quedaron casi vacíos.


Fue entonces cuando, en una jugada maestra de diplomacia y creatividad, el gobierno yugoslavo decidió importar películas mexicanas. México no estaba alineado ni con Moscú (Unión Soviética) ni con Washington (Estados Unidos), y su cine reflejaba ideas revolucionarias, con tintes heroicos, que resonaban con la narrativa partisana yugoslava, al remarcar la lucha campesina.


Así fue como las historias de charros valientes, amores imposibles y paisajes exóticos llegaron a las pantallas de Belgrado, Zagreb, Sarajevo y más allá. Una de las películas que marcó un antes y un después fue Un día de vida (de Emilio “el Indio” Fernández, 1950). Aunque su recepción en México fue bastante pobre, cuando fue estrenada en Yugoslavia, bajo el nombre de Jedan dan života (en serbocroata: Један дан живота), no sólo fue un éxito, fue un fenómeno nacional. La gente la veía una, dos, tres veces… Había funciones dobles y hasta triples en un mismo día. Para 1953, se estimaba que la mitad de los pobladores de Belgrado ya la había visto.

En una de sus escenas, sonaba la canción Las mañanitas, pero adaptada al idioma local, con el título Mama Juanita. El público lloraba, aplaudía, cantaba. En poco tiempo, esa melodía empezó a sonar en cumpleaños, bodas y fiestas de pueblo, como si siempre hubiera formado parte de la tradición balcánica.


Nace el sonido Yu-Mex


Lo que comenzó en el cine saltó a la música. Jóvenes músicos yugoslavos, inspirados por las películas mexicanas, empezaron a formar bandas al estilo mariachi. Compraban sombreros y trajes de charro (o los mandaban a hacer con sastres locales), aprendían canciones mexicanas y las interpretaban con una precisión que, hoy, sigue sorprendiendo.

El resultado fue el Yu-Mex, una fusión de Yugoslavia y México. Rancheras, corridos y boleros cantados en serbocroata, con trompetas, violines y guitarras, pero, también, con un toque balcánico en los arreglos y la emoción.


Durante las décadas de los 50 y 60, el Yu-Mex fue imparable. Sonaba en las radios locales, llenaba salas de conciertos y vendía discos por millones. Algunas de sus principales estrellas fueron:


·       Slavko Perović, un auténtico ídolo, que vendió más de un millón de copias en un país de apenas 16 millones de habitantes.

·       Trío Paloma, especialista en rancheras, que parecían grabadas en Guadalajara.

·       Duo Jovanović y Ansambl Magnifico, que mezclaban repertorio mexicano con canciones propias.

·       Ljubomir Milić, que interpretaba boleros, con una melancolía capaz de romper corazones.


Lo más curioso fue que muchas personas creían que estaban escuchando a mariachis mexicanos y se sorprendían al descubrir que eran compatriotas suyos.


Pero ¿por qué esta música caló tan hondo? Por un lado, las letras hablaban de amor, honor, despedidas y valor, temas universales que no conocen fronteras. Por otro, había un parentesco musical inesperado: las trompetas y violines de los mariachis encontraban eco en la música folclórica dálmata y otras tradiciones balcánicas. El resultado sonaba tan familiar como exótico.


"Los mexicanos son muy parecidos a los serbios. Como nosotros, son temperamentales. Cuando se ríen, ríen de verdad, y cuando lloran, lloran de verdad", afirmó Slavko Perović en una entrevista para la BBC.


El principio del final


A finales de los 60, llegaron los Beatles, el rock, la música disco, y los jóvenes empezaron a mirar hacia otras modas. El Yu-Mex fue quedando como algo “de otra época”, asociado a la generación de sus padres. En los 70 y 80, sobrevivía en pequeñas kafanas (tabernas) y fiestas de pueblo, pero ya sin el brillo de antes. Con la disolución de Yugoslavia, en los 90, la música Yu-Mex quedó como un recuerdo de un país que ya no existía.


Hoy, el Yu-Mex vive en colecciones de vinilos, en YouTube y en los corazones de quienes lo vivieron. Algunos músicos jóvenes han recuperado este repertorio y lo interpretan con respeto y frescura. En Zagreb, Croacia, por ejemplo, el grupo Mariachi Los Caballeros lleva años reviviendo estos clásicos en escenarios de Europa y América Latina. Fernando Colunga Ultimate Experience es una banda de death metal, de origen serbio, que está inspirada en el actor mexicano.


El surgimiento de esta banda se debe a la popularidad de las telenovelas mexicanas (y latinoamericanas) que llegaron a Serbia en los 90. Una de las primeras en conquistar corazones fue Los ricos también lloran. En Serbia, Verónica Castro no era sólo una actriz, era “nuestra Verónica”.


Las heroínas sufridas, los galanes honorables y las villanas que fruncían el ceño con maestría se volvieron parte del imaginario popular. Esmeralda, por ejemplo, provocó algo insólito: cientos de televidentes escribieron cartas al presidente, pidiéndole justicia para la protagonista, como si fuera una persona real.


Años después, La usurpadora y María, la del barrio mantuvieron la tradición. Los serbios comentaban las tramas en el mercado, en la escuela, en la oficina. Las novelas unían generaciones: abuelas, madres e hijos sabían quién era Soraya Montenegro y por qué gritaba “¡maldita lisiada!”.


Luego, en los 2000, llegó el fenómeno de Rebelde. La novela y el grupo RBD llenaron estadios en Belgrado, y su música hizo que miles de adolescentes comenzaran a estudiar español. Palabras como “te quiero”, “perdóname” y “mi amor” se incorporaron al vocabulario cotidiano, sin importar que muchos no lo hablaran.


El legado sigue vivo


El Yu-Mex es mucho más que un género musical: es una prueba viviente de que la cultura viaja de maneras imprevisibles. Fue fruto de un momento político tenso, pero se transformó en un puente emocional entre dos pueblos que, sin conocerse, compartieron melodías, sentimientos y sueños.


Tal vez, por eso, escuchar sus canciones, hoy, provoca una mezcla de sonrisas y nostalgia. Nos recuerda que, a veces, las fronteras son sólo son líneas en un mapa y que un charro y un partisano pueden cantar la misma canción, con el mismo corazón.

 

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