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La ley de Murphy y las otras “leyes de la vida”

hace 16 horas
5 min de lectura


Las curiosas reglas que parecen gobernar nuestra existencia


Primera parte

 



Hay ocasiones en las que la vida parece seguir reglas que nadie escribió. Tener prisa y encontrar todos los semáforos en rojo; elegir una fila y descubrir que las demás avanzan más rápido; pensar que algo no puede salir mal y que, precisamente entonces, aparezca el inconveniente que nadie había previsto. De esas coincidencias cotidianas, surgieron numerosas “leyes” que, pese a que no pertenecen al conjunto de leyes científicas formales, han servido durante décadas para describir con ironía algunas tendencias de la vida, el trabajo, las organizaciones y el comportamiento humano.


Se conocen popularmente como “leyes de la vida” o leyes epónimas, aunque no todas tienen el mismo origen ni el mismo valor. Algunas proceden de ingenieros, economistas, psicólogos o académicos; y otras son aforismos humorísticos, que se han difundido en la cultura popular.


La más famosa es, probablemente, la ley de Murphy, pero no es la única. A su alrededor, hay toda una familia de principios, como la ley de Parkinson, la de Peter, la de Pareto, la de Goodhart, la de Hofstadter, la ley de Stigler e, incluso, el llamado efecto Dunning-Kruger, por mencionar algunas. Lo interesante es que muchas de ellas lograron sobrevivir porque ponen en palabras situaciones que las personas reconocen inmediatamente en su propia experiencia.


La ley de Murphy


Normalmente resumida como “Si algo puede salir mal, saldrá mal”.


Su origen está relacionado con la seguridad en sistemas de ingeniería y la prevención del error humano. La anécdota son los experimentos de la Fuerza Aérea estadounidense realizados en Muroc Army Air Field, California, en 1949, donde el coronel John Paul Stapp dirigía pruebas con un cohete sobre rieles, para estudiar la tolerancia humana a una desaceleración extrema.


El ingeniero Edward A. Murphy Jr. participaba en aquellos experimentos y trabajaba con dispositivos destinados a medir las fuerzas soportadas durante las pruebas. En uno de los ensayos, unos sensores fueron conectados incorrectamente y proporcionaron una lectura errónea. La experiencia se convirtió en una advertencia sobre lo que ocurre cuando un sistema depende de que todos sus componentes y procedimientos funcionen perfectamente. A partir de aquel incidente, comenzó a asociarse el nombre de Murphy con la idea de que, cuando existe una manera de cometer un error, alguien terminará cometiéndolo. La anécdota terminó adquiriendo vida propia y pasó del mundo de la ingeniería al lenguaje cotidiano.

 

En términos de ingeniería, la enseñanza de la ley de Murphy es que un sistema seguro debe diseñarse considerando que habrá errores. De ahí, proceden conceptos como redundancia, comprobaciones, tolerancia a fallos y diseño a prueba de errores. Aplicado a la vida cotidiana, no significa que el universo esté en nuestra contra, sino que si un fallo o inconveniente es posible, probable y sus consecuencias son importantes, más vale anticiparlo.


La ley de Parkinson


Si Murphy habla de las cosas que pueden salir mal, Parkinson habla de algo mucho más cotidiano: el tiempo que tardamos en hacerlas. Su formulación más conocida es: “El trabajo se expande hasta llenar el tiempo disponible para su realización”.


La ley de Parkinson fue formulada por el historiador y escritor británico C. Northcote Parkinson y apareció originalmente en un ensayo publicado en The Economist, en noviembre de 1955. Parkinson había observado el funcionamiento de la burocracia británica y argumentaba, con una mezcla de análisis y sátira, que las estructuras administrativas podían crecer incluso cuando la cantidad de trabajo que justificaba su existencia no aumentaba en la misma proporción.


La observación es fácil de reconocer: si una persona dispone de ocho horas para terminar una tarea, puede ocupar prácticamente todas en ella. Si tiene tres días, puede terminar tardándose los tres días. El trabajo no necesariamente aumenta porque sea más complejo: puede aumentar porque el tiempo disponible permite que se extienda.


En la vida cotidiana, la ley de Parkinson no significa que todas las tareas siempre consuman exactamente el tiempo disponible, sino que se trata de un problema de organización y compromiso: sin límites claros, prioridades y plazos, el trabajo puede expandirse innecesariamente.


El principio de Pareto o regla del 80/20


Tiene sus raíces en la economía. Su autor fue el economista italiano Vilfredo Pareto, quien estudió la distribución de la riqueza y observó que una parte relativamente pequeña de la población concentraba una proporción considerable de los recursos.


De esta observación, surgió posteriormente la conocida regla del 80/20, que sostiene que, aproximadamente, una proporción muy grande de resultados (80 %) es generada por una proporción pequeña de causas (20 %). Sin embargo, la relación 80/20 no es una regla que deba cumplirse exactamente; las proporciones pueden ser diferentes, como 70/30, 90/10 o cualquier otra distribución. El valor del principio está en llamar la atención sobre la posibilidad de que los resultados estén distribuidos de manera muy desigual.

Su utilidad en las situaciones de la vida, por tanto, radica en plantearnos preguntas como: ¿estamos dedicando nuestros esfuerzos a las causas que realmente producen la mayor parte de los resultados que deseamos? o ¿cuáles son las pocas cosas que están generando la mayor parte de nuestros resultados, ya sea buenos o malos?, entonces ¿qué hay que modificar?

 

La navaja de Hanlon


Su idea central es: "No atribuyas a la malicia aquello que puede explicarse adecuadamente mediante el error, la ignorancia o la incompetencia o la confusión".


La formulación se hizo conocida a través de Arthur Bloch y sus libros dedicados a las leyes de Murphy, en la década de los 80, en donde incluyó dicha frase, atribuida a Robert J. Hanlon.  La importancia de este principio está en evitar la tendencia a interpretar las acciones ajenas en términos de intenciones. Cuando alguien comete un error, solemos dejarnos llevar por pensamientos intrusivos, juiciosos o reactivos y pensar que quiso perjudicarnos o que lo hizo a propósito, en lugar de aceptar una explicación mucho más sencilla y, en muchos casos, correcta, como que simplemente se equivocó.


Entonces, su utilidad está en recordarnos algo elemental pero frecuentemente olvidado: no todo error tiene detrás una intención. Si alguien no responde un mensaje una vez, no necesariamente está intentando ignorarnos. Si un compañero comete un error, no necesariamente intenta perjudicarnos. Si una institución funciona mal, no necesariamente existe una conspiración detrás.


Eso no significa que la malicia nunca exista. La navaja simplemente propone una regla de prudencia: antes de concluir que existe una intención hostil, conviene considerar explicaciones más sencillas.


Para cerrar esta primera parte, cabe remarcar que estas leyes no gobiernan el universo, sino que nos ayudan, más bien, a reconocer ciertas trampas de nuestra propia manera de organizar el mundo. No se pierda la siguiente edición, en la que presentaremos otras “leyes de la vida” de las que podemos aprender para mejorar nuestro día a día...

 

 

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