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¡Larga vida a Isabel II!



Mujer, monarca, matriarca, política y diplomática, que dejó una huella imborrable en la historia





El pasado 8 de septiembre, las miradas del mundo se dirigieron hacia el Reino Unido, luego de que se anunciara que la reina Isabel II, la soberana más longeva y con el reinado más largo de aquel Estado, muriera a los 96 años de edad, en su Castillo de Balmoral, en Escocia.


Después de asumir el trono, en 1952, cuando sólo tenía 25 años, Isabel II se dedicó, en cuerpo y alma, al servicio real y a sus funciones como monarca, lidiando, al mismo tiempo, con su rol de hija, esposa, madre y hermana, ante la mirada expectante de la población británica e internacional, que no estaba segura de si una mujer podría liderar una nación.


Y vaya que pudo, pues, durante sus siete décadas al mando de la Corona, creó y mantuvo una base de estabilidad y resiliencia para su reino, en medio de épocas de enorme agitación y transformación mundial, teniendo que equilibrar entre la tradición y la modernidad. Fue testigo de diversos sucesos históricos, como guerras, la carrera por llegar a la Luna y cuando se logró tal hazaña, la caída del muro de Berlín y el surgimiento de nuevos países, la aparición de diferentes estilos musicales, la transición de la radio a la televisión a blanco y negro, y después, a color, la creación del internet, el paso de 15 primeros ministros por el Parlamento inglés, seis papados y los gobiernos de 14 presidentes estadounidenses, sólo por mencionar algunos. Asimismo, le tocó enfrentarse a la independencia de varias de sus colonias, manteniendo firme, altiva, pero, también, humana la figura de la monarquía.


A continuación, un recuento de cómo la reina Isabel II se convirtió en un ejemplo de fuerza, de liderazgo, de elegancia y en un ícono de la cultura pop, que unificó el pasado con el presente y el futuro.


Érase una vez una joven princesa…

Elizabeth Alexandra Mary Windsor, mejor conocida como Isabel II, nació en Londres, el 21 de abril de 1926. Era la hija mayor del príncipe Alberto, duque de York, y su esposa, Elizabeth Bowes-Lyon. Su primer nombre le fue otorgado en honor de su madre, mientras que el segundo y el tercero, por su bisabuela y abuela paternas, respectivamente.


En aquel entonces, reinaba Jorge V –su abuelo–, y el sucesor directo a la Corona era su primer descendiente, Eduardo VIII. De manera que, como primogénita del hijo menor del rey Jorge V, Elizabeth tenía pocas posibilidades de ser reina. Sin embargo, todo cambió el 11 de diciembre de 1936, cuando su tío Eduardo, quien había asumido el trono el 20 de enero de ese año, a la muerte del monarca, y con tan sólo 325 días en el poder, abdicó en pos de un amor que, en esa época, no estaba permitido. Entonces, su hermano Alberto, padre de Isabel, tomó el cargo –adoptando el nombre de Jorge VI–, y ella se convirtió en la futura heredera.

Cuando esto sucedió, la princesa tenía 10 años, por lo que su educación tuvo que modificarse, con el fin de prepararla para cuando se volviera soberana del Reino Unido. Conforme iba creciendo, se le fue involucrando en la agenda y en las labores diplomáticas; a los 14 años, dio su primer mensaje por radio, dirigido a todos los niños afectados por la Segunda Guerra Mundial; y a los 18, con la intención de servir a su país en el conflicto bélico, se enlistó en el Servicio Territorial Auxiliar de Mujeres, donde se formó como conductora y mecánica de camiones.


Pese a todas las responsabilidades y protocolos que tuvo que seguir desde muy pequeña, Lilibeth –como le decían de cariño–, junto con su hermana Margarita (nacida en 1930), creció en una familia unida y afectuosa.


Su primer y único amor

El 20 de noviembre de 1947, la princesa Elizabeth contrajo nupcias con el teniente Felipe Mountbatten de la Marina Real(anteriormente, príncipe Felipe de Grecia y Dinamarca), en una ceremonia oficiada en la Abadía de Westminster. La boda fue el primer reflejo de la convicción y el carácter férreo que siempre distinguieron a Isabel II.


Era su primo tercero, por parte de la reina Victoria, y fue el único hombre de su vida. Se conocieron en 1934; y en 1939, coincidieron nuevamente, en una visita que la familia real hizo al Britannia Royal Naval College, en Dartmouth, donde Felipe estudiaba. Él tenía 18 años de edad, y ella, 13; no obstante, desde ese momento, quedó cautivada por el porte del entonces cadete, que era alto, rubio, atlético y bien parecido.


Aquel encuentro bastó para que Elizabeth supiera que Felipe sería su marido, sin embargo, no se volvieron a ver, sino hasta 1943, cuando ella ya era una jovencita de 17 años y él fue invitado a pasar la Navidad en el Castillo de Windsor. A partir de ahí, comenzaron a enviarse correspondencia y, al cabo de un tiempo, él le propuso matrimonio. El rey y la reina consorte, y algunos miembros de la realeza y del Parlamento, no estaban muy convencidos de que Felipe fuera un buen prospecto, pero la princesa se mantuvo firme en su decisión, aunque tuvo que ceder a la petición de su padre, de que esperaran a que ella cumpliera 21 años, para poder casarse.


En la víspera de la boda, el rey Jorge VI le confirió al novio los títulos de duque de Edimburgo, conde de Merioneth y barón de Greenwich. La pareja tomó residencia en Clarence House, en Londres, y su primer hijo, el príncipe Carlos (Charles Philip Arthur George), nació el 14 de noviembre de 1948, en el Palacio de Buckingham. Posteriormente, tuvieron a la princesa Ana (1950) y a los príncipes Andrés (1960) y Eduardo (1964).


Su matrimonio duró 73 años, el cual, aunque así pareciera, no fue del todo un cuento de hadas, pues atravesó por muchos altibajos, que fueron muy bien manejados por Isabel II, que trató de mantenerlos en privado. Y es que a Felipe le costó mucho adaptarse a su papel de marido de la princesa heredera y, luego, de la reina, quien era su esposa, sí, pero también su autoridad, a quien debía reverenciar. De igual forma, tuvo que renunciar a su apellido (Mountbatten) y a su religión (la ortodoxa), para adoptar los de ella (Windsor y la anglicana); y casi no tenía poder de decisión en la crianza de sus hijos, especialmente, de su primogénito. A esto, se sumaron los escándalos por las incontables infidelidades por parte del duque. No obstante, lograron superar las crisis y se mantuvieron juntos hasta el final.


La princesa se vuelve reina

Era febrero de 1952. La princesa Isabel, junto con su marido, se encontraba en una gira por las naciones de la Commonwealth; estaba en Kenia cuando recibió la noticia de que el rey Jorge VI había fallecido, a causa del cáncer de pulmón que lo aquejaba desde hace tiempo. Inmediatamente, con un cuarto de siglo de vida, tuvo que tomar el cargo de soberana.


Su coronación ocurrió hasta el 2 de junio de 1953, en la Abadía de Westminster, y fue un suceso revolucionario para la monarquía, que representó una ruptura con las costumbres clásicas y un acercamiento a la población inglesa, pues fue el primer gran evento íntimo real que se televisó en directo en Europa; y aunque se transmitió en únicamente cinco países, marcó un hito, ya que muchos británicos compraron su primer televisor sólo para ver la ceremonia.


Isabel asumió la Corona en un momento en el que la sociedad estaba notablemente incómoda con la idea de que las mujeres estuvieran en el poder. Así que la joven reina tuvo que equilibrar sus responsabilidades como miembro de la realeza, con las expectativas que enfrentaban las esposas y madres de su generación.


Entre la tradición y la modernidad

Durante su reinado, Isabel II combinó lo antiguo y lo viejo con lo nuevo y lo actual, moldeando una monarquía capaz de ser receptiva a un mundo de constantes cambios. Se acercó a la gente y dejó que la gente se acercara a ella. Además de ceder a que su coronación fuera televisada; en 1969, abrió las puertas de su propia casa a las cámaras, permitiendo que las personas vislumbraran a la familia real de una manera informal y en su vida ordinaria.


Siendo más atrevida, en 2012, demostró su lado divertido, al filmar un corto para la inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres, en el que se encuentra con James Bond (interpretado por Daniel Craig) en el Palacio de Buckingham; luego, ambos se suben a un helicóptero y, posteriormente, se lanzan en paracaídas (con ayuda de una doble de ella), para llegar al estadio y dar inicio a la ceremonia de apertura.


Enfrentando los escándalos reales

Si bien, Isabel II tuvo una presencia constante en la vida de los británicos, durante su mandato, también, luchó para mantener los asuntos personales de su familia fuera del ojo público, con el fin de evitar controversias.

Además de sus crisis con el duque, controló el libertinaje de su hermana Margarita; frenó los escándalos de infidelidad en el matrimonio de su hija Ana; esquivó las fuertes críticas de los ingleses contra el actual rey Carlos III, derivadas de los problemas que surgieron durante su matrimonio con la princesa Diana; y logró superar el hecho de que algunos la señalaran a ella misma como responsable de la muerte de Lady Di. También, tuvo que enfrentar las polémicas alrededor del príncipe Andrés, en especial, en 2011, luego de revelarse la amistad de éste con Jeffrey Epstein y Ghislaine Maxwell, quienes fueron condenados por explotación sexual.


Por si fuera poco, tuvo que mitigar los desafortunados comentarios de su esposo Felipe, quien, con frecuencia, ofendía a muchas personas, tanto en su país como en el extranjero; y le tocó lidiar con la transgresora decisión de su nieto Harry –segundo hijo de Carlos y Diana– y su esposa, Meghan, sobre dejar sus trabajos como miembros de la realeza e independizarse.


Durante los últimos años de su reinado, los índices de aprobación personal de Isabel II se mantuvieron sólidamente en torno al 70 %, mucho más altos que los de cualquier político electo en el mundo occidental.



Sus últimos días

Felipe, su gran amor, su compañero de vida, murió el 9 de abril de 2021, a los 99 años de edad. A partir de esa fecha hasta el día del fallecimiento de Isabel II, pasaron, exactamente, 517 días; período en el que el ánimo y la salud de la monarca inglesa se vinieron abajo de manera notable. Hacía menos apariciones públicas, cancelaba eventos, se le veía cada vez más delgada y encorvada, y prefería pasar la mayor parte de su tiempo en el Castillo de Balmoral. En enero de este año, a pesar de tener dos vacunas, se enfermó de COVID-19; y en la última fotografía de ella –compartida en las redes sociales de la Casa Real, dos días antes de su deceso–, en donde se le ve saludando a la nueva primera ministra, Liz Truss, puede apreciarse una coloración oscura en sus manos, que indicaba padecimientos circulatorios.


Estos problemas suenan lógicos; la reina tenía 96 años y había trabajado sin descanso la mayor parte de su vida –siete décadas; más que su tatarabuela, la reina Victoria, que gobernó por poco más de 63 años–. Claro que estaba cansada y que la vejez comenzó a pesarle; sin embargo, le pesó mucho más su corazón roto. Sus restos descansan en la Capilla de San Jorge, en el Castillo de Windsor, junto con los de su amado Felipe y los de sus padres, el rey Jorge VI y Elizabeth, la reina madre.


Un legado de estabilidad, servicio y rectitud

Es innegable que, sin importar los buenos o malos momentos, Isabel II manifestó un liderazgo constante día tras día y se entregó incansablemente a sus deberes. Fue la monarca que más viajó en la historia, nunca se quejó públicamente, rara vez tuvo un día de enfermedad y siempre estuvo al servicio de su pueblo. Estrechó la mano de millones de personas, demostrando que la realeza también es humana y alcanzable.


Su presencia fue símbolo de estabilidad para su familia y para la política europea, además de darle cohesión a los países que fueron parte del Imperio británico y que, ahora, están unidos en una Mancomunidad de Naciones.


A lo largo de su existencia y reinado, demostró amor, guía, dignidad, comprensión y respeto. Cualidades de empoderamiento femenino que, definitivamente, no se admiraban en un soberano antes del comienzo de su gobierno.


Tuvo seis Jubileos: de Plata (1977), de Rubí (1992), de Oro (2002), de Diamante (2012) y de Zafiro (2017), por 25, 40, 50, 60 y 65 años de reinado, respectivamente. El pasado 6 de junio, en un magno evento, celebró el último, el de Platino, en virtud de sus 70 años como monarca, pero, lamentablemente, ya no pudo más.


¿Cómo será recordada Isabel II? Quizá, por haber roto el récord de permanecer al frente de la Corona por más tiempo, por su temperamento o por su importante papel político y diplomático. Sea cual sea la forma, lo cierto es que, aunque su muerte marca el final de una era, ella deja un legado duradero, que le ha asegurado un lugar destacado en la historia de la humanidad. Cerramos esta nota de la misma manera en la que el osito Paddington, popular personaje de la literatura infantil británica, finaliza el video que protagonizó junto a la reina, como parte de los festejos de su último Jubileo: ¡Felicidades y gracias por todo!

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