Las auroras boreales, un espectáculo único y mágico
- paginasatenea
- 5 ene
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En las noches más profundas del norte, cuando el silencio parece eterno, el cielo despierta. Cortinas de luz verde, violeta y azul se deslizan lentamente sobre la oscuridad, como si el universo respirara y dejara ver su pulso secreto. Aquel fenómeno no sólo ilumina el firmamento, sino que narra historias antiguas de energía y misterio, de soles lejanos y campos invisibles, recordándonos que, incluso, en el frío más absoluto, la naturaleza es capaz de crear belleza en movimiento.
Las auroras boreales –conocidas también como luces del norte, auroras polares, o bien, auroras australes, en el hemisferio sur—, son uno de los espectáculos naturales más impresionantes que puede ofrecer la Tierra, observadas por la humanidad desde tiempos remotos y asociadas, por ende, a explicaciones tanto mitológicas como, por supuesto, científicas.
¿Qué son y cómo se forman?

Su aparición es el resultado de un proceso que comienza mucho más allá de la atmósfera terrestre. Cuando el Sol libera partículas cargadas que viajan por el espacio como parte del viento solar –que es un flujo constante, guiado por el campo magnético de la Tierra–, éstas son conducidas hacia las regiones cercanas a los polos, donde ingresan a la atmósfera terrestre superior y chocan con moléculas de oxígeno, nitrógeno y otros gases. En cada colisión, las partículas solares cargadas excitan a los átomos de dichas moléculas de oxígeno y nitrógeno; es decir, les transmiten energía. Al volver a su estado normal, o sea, al regresar a su nivel de energía, liberan la energía sobrante en forma de luz. Así se forman los característicos mantos luminosos que se mueven sobre el cielo nocturno, como una estela colorida, que puede variar en sus formas, desde arcos suaves, hasta cortinas ondulantes y coronas, a los que llamamos auroras boreales.
Los colores de las auroras dependen tanto del tipo de gas atmosférico involucrado como de la altura a la que ocurre el impacto, que dan como resultado fotones (luz) con distintas longitudes de onda, lo que se traduce en los diferentes colores:
· Rojo: Se produce por acción del oxígeno, a más de 200 kilómetros de altura. No es un color muy visto en las auroras boreales, ya que no hay mucho oxígeno a esas altitudes.
· Verde: Es el tono más común; se genera a alturas entre los 100 y 200 kilómetros de altura, donde el oxígeno es más abundante.
· Azules y violetas: Derivan de las interacciones con el nitrógeno, a alturas cercanas a los 100 kilómetros.
· Amarillo: Se logra apreciar cuando los diferentes colores generados se entremezclan.
Así, la mezcla de estas emisiones solares y moléculas de la atmósfera terrestre da como resultado un espectáculo irrepetible en cada aparición, como si fuera una danza única de luces. Comprender las auroras boreales implica apreciar tanto los procesos físicos que las generan como los significados que distintas culturas les han atribuido a lo largo de la historia.
Más allá de su belleza, las auroras son la manifestación visible de un fenómeno mucho más amplio. “Son una expresión visible de la región invisible y esquiva, llamada entorno meteorológico espacial, que no sólo rodea la Tierra, sino que también inunda todo el sistema solar”, explica el astrónomo Tom Kerss, jefe de cazadores de auroras de la línea de cruceros noruega Hurtigruten, en la nota «¿Persigues la aurora boreal? Los trucos de los meteorólogos para poder encontrarla», de National Geographic. Por esta razón, el fenómeno no es exclusivo de nuestro planeta, también se han detectado auroras en otros mundos del sistema solar.
Los mejores momentos para ver a las auroras boreales en todo su esplendor son durante marzo y abril, y en septiembre y octubre, períodos que coinciden con los equinoccios de primavera y otoño.
Aristóteles hizo la primera descripción científica de las auroras en el siglo IV a.C., comparándolas con llamas de gas ardiendo. En el siglo XIII de nuestra era, el primer intento detallado de explicar las auroras aparece en Konungs skuggsjá o El espejo del rey, un texto educativo noruego. La teoría era que las luces eran reflejos de los océanos de la Tierra.
Fue hasta el siglo XVIII cuando Sir Edmund Halley publicó la primera descripción detallada de las auroras boreales, sugiriendo correctamente que éstas tenían una causa magnética: "Los rayos aurorales se deben a partículas que se ven afectadas por el campo magnético, los rayos paralelos al campo magnético de la Tierra".
¿Dónde se forman?
Las auroras son más frecuentes dentro de anillos conocidos como óvalos aurorales, situados alrededor de los polos magnéticos de la Tierra. En el norte, se observan con gran intensidad en latitudes altas, como Noruega, Finlandia, el norte de Canadá o Alaska, donde el cielo polar puede iluminarse durante noches largas. En el sur, las auroras australes aparecen sobre la Antártida y, en ocasiones excepcionales, se extienden hacia Tasmania, Nueva Zelanda y la Patagonia.
Las mejores regiones para observarlas se encuentran en el norte de Noruega, Islandia, Suecia, Finlandia, Canadá, Alaska y Groenlandia, lugares donde el cielo suele mantenerse lo suficientemente oscuro durante el invierno, para revelar el fenómeno. En períodos de alta actividad solar, estas luces pueden extenderse hacia latitudes más bajas, sorprendiendo, incluso, a quienes se encuentran lejos del Ártico.
Su significado en la mitología nórdica
Las auroras han sido, durante siglos, un símbolo cargado de significados para numerosas culturas. Para los pueblos del norte europeo, donde las auroras eran parte del paisaje nocturno en los largos inviernos, estas luces inspiraron relatos profundamente simbólicos. En la mitología nórdica, se les entendía como el reflejo de las armaduras de las valquirias (las guerreras que, según las sagas, guiaban a los guerreros caídos hacia el Valhalla, un salón majestuoso en Asgard, el reino celestial de los dioses).
También, se creía que las luces podían ser destellos provenientes del Bifröst, un puente de arcoíris que conectaba el mundo de los dioses (Asgard) con el mundo de los humanos (Midgard). Las auroras podían entenderse como el resplandor de ese puente sagrado, visible sólo en momentos de especial actividad cósmica.
El pueblo sami del norte, originario de Noruega, Suecia, Finlandia y Rusia, pensaba que las auroras boreales eran fuegos creados por las almas de sus muertos, y que tenían efectos mágicos, pero había que mostrarles respeto o podrían traer mala suerte.
En finlandés, la palabra para referirse a este fenómeno luminoso es rovontulet, que significa “zorro de fuego” y que tiene que ver con un mito finlandés en el que se dice que un zorro ártico se mueve por las colinas, corriendo tan rápido que su cola roza sobre la nieve, causando chispas que se elevan al cielo, y creando, así, las auroras boreales.
Su significado en la mitología norteamericana
Para los pueblos indígenas de Norteamérica, las auroras adquirieron significados más íntimos y espirituales. Entre las muchas culturas nativas que habitan o han habitado en las zonas cercanas al Ártico y subártico norte, las auroras no se reducían a una luz en el cielo, sino que, que para ellos, eran mensajes de los espíritus, una conexión con los antepasados y elementos centrales en la cosmología comunitaria.
Un ejemplo son los Inuit, pueblos indígenas del Ártico, que abarca Groenlandia, Alaska y Canadá, quienes solían describirlas como espíritus de los antepasados, que jugaban o danzaban sobre la bóveda celeste. Sin embargo, hay relatos que advierten contra ciertos comportamientos frente a la aurora —como silbar—, porque creían que eso podía atraer la atención de estos espíritus, de manera peligrosa, o provocarlos a descender.
Para el pueblo Cree de Canadá, representaban reuniones de almas de los seres queridos fallecidos, que encendían fuegos celestes para mostrar que estaban bien y que cuidaban a los que viven en la Tierra. El fenómeno se integraba con rituales y tabúes que enseñaban respeto y prudencia.
Para los Anishinaabe, eran fogatas encendidas por los antepasados para iluminar el camino de los vivos. Para los grupos Algonquin y Dene, de Canadá, algunas de estas tradiciones vinculaban las luces con fuegos encendidos por figuras culturales como Nanabozho, un héroe mítico creador, como recordatorio espiritual de su presencia protectora en el norte. Todas estas interpretaciones revelan que las auroras no sólo eran observadas, sino también integradas en la vida cotidiana y en las creencias que daban sentido a la existencia.
Así, las auroras boreales se convierten en un punto de encuentro entre ciencia y tradición. Por un lado, son la manifestación visible de la interacción constante entre el Sol y la Tierra; por otro, son relatos vivos que han acompañado a diferentes pueblos, otorgando identidad, consuelo y asombro.




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