Para toda la vida: la fidelidad en la naturaleza
- paginasatenea
- hace 1 día
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La fidelidad suele considerarse una virtud exclusivamente humana, asociada a la voluntad, la ética o la emoción consciente; sin embargo, en el reino animal, existen numerosos ejemplos de vínculos de pareja estables, profundos y duraderos, desde una perspectiva biológica, en donde estos lazos responden a necesidades de supervivencia, cooperación y éxito reproductivo, esenciales para la conservación de las especies, sostenida por complejos mecanismos evolutivos, neurológicos y conductuales.
En el mundo animal, la reproducción suele estar guiada por la búsqueda de maximizar la descendencia, lo que lleva a muchas especies a tener múltiples parejas a lo largo de su vida o, incluso, en una misma temporada reproductiva. Luego, al nacer la cría, queda al cuidado de su madre por un cierto tiempo, hasta que ésta aprende a ser independiente. Sin embargo, esta no es la única estrategia que existe en la naturaleza. Algunas especies han desarrollado vínculos estables y duraderos, formando parejas monógamas que permanecen juntas por largos períodos –a veces, de por vida– y cooperan en la crianza, la protección y la supervivencia de sus crías, demostrando que la diversidad de comportamientos también se expresa en la forma de amar.
Aves
En aves, por ejemplo, la monogamia social –donde ambos padres comparten tareas como incubación y alimentación del polluelo– es mucho más común que la monogamia sexual estricta, puesto que pueden aparearse con la misma pareja cada temporada, aunque ocasionalmente puedan producirse relaciones extrapares.

Una de las especies más emblemáticas en este sentido son los cisnes. Estas aves suelen formar parejas monógamas que se mantienen juntas durante gran parte de su vida, ya que ambos miembros cooperan en la construcción del nido, la incubación de los huevos y el cuidado de las crías. Cuando uno de los integrantes muere, no es raro observar períodos prolongados de aislamiento por parte del otro miembro o la ausencia de una nueva pareja, lo que ha convertido al cisne en un símbolo universal del vínculo duradero.

Otro ejemplo notable es el de los pingüinos, especialmente el pingüino macaroni y el pingüino emperador. Estas aves forman parejas durante la temporada reproductiva y desarrollan complejos rituales de reconocimiento vocal y corporal para reencontrarse entre miles de otros pingüinos. El cuidado compartido de los huevos y las crías exige una sincronización extrema, lo que refuerza el vínculo entre la pareja.

Las águilas, como las águilas calvas, son el ejemplo de muchas otras aves rapaces monógamas, que, año tras año, la misma pareja regresa al mismo territorio y reutiliza o reconstruye el nido, fortaleciendo un vínculo basado en la confianza, la coordinación y la experiencia compartida.
Las grullas canadienses (Antigone canadensis) son consideradas aves altamente monógamas, y es común que permanezcan con la misma pareja durante años o, incluso, por el resto de sus vidas; de hecho, se caracterizan por realizar rituales de cortejo y despliegues de "baile" elaborados y sincronizados con sus parejas.
Y el referente que no podía faltar son las tórtolas, que han sido, desde hace siglos, un símbolo universal de la monogamia y el amor fiel; de ahí que a las personas que están muy enamoradas se les refiera como tórtolas o tortolitos. Y es que, como ya mencionamos, a diferencia de muchas especies animales que cambian de pareja con cada temporada reproductiva, las tórtolas suelen formar vínculos estables y duraderos, permaneciendo con la misma pareja durante largos períodos e, incluso, toda la vida. Esta unión no responde sólo a un comportamiento romántico, sino a una estrategia de supervivencia y crianza.
El “amor” de las tórtolas se manifiesta en gestos claros y continuos. Las parejas pasan gran parte del tiempo juntas, se acicalan mutuamente y emiten suaves vocalizaciones para mantenerse en contacto. Ambos progenitores participan activamente en la incubación de los huevos y en el cuidado de las crías, turnándose para alimentarlas, con la llamada “leche de buche”. Esta dedicación compartida fortalece el vínculo de pareja y explica por qué las tórtolas se han convertido en un emblema de fidelidad, inspiración de poemas, tradiciones y símbolos que asocian su comportamiento natural con el amor duradero.
Mamíferos

En el ámbito de los mamíferos pequeños, los topillos de las praderas (Microtus ochrogaster) representan uno de los ejemplos más estudiados de vinculación estable, ya que también forman parejas duraderas y, tras la pérdida del compañero, rara vez establecen un nuevo lazo equivalente. Este es un comportamiento respaldado por procesos neurobiológicos en los que intervienen hormonas como la oxitocina y la vasopresina, responsables del apego y la vinculación social. A diferencia de otras especies similares, estos animales forman vínculos de pareja duraderos, comparten el cuidado de las crías y muestran signos de estrés cuando son separados.

De acuerdo con la Enciclopedia Británica, para los castores y los lobos grises, la pareja constituye el núcleo de organizaciones familiares complejas, ya sea en la construcción de refugios, la obtención de alimento o la caza coordinada; esto hace que incrementen, de manera decisiva, las probabilidades de supervivencia del grupo. De forma similar, las maras patagónicas, roedores sudamericanos, mantienen relaciones monógamas a largo plazo y comparten activamente la crianza dentro de estructuras sociales organizadas.

Los lobos también se destacan por la solidez de sus lazos. En una manada, la pareja reproductora –conocida como pareja alfa– mantiene un vínculo estable basado en cooperación, protección mutua y coordinación constante. La fidelidad en este caso fortalece la relación entre la manada y garantiza la cohesión del grupo y el éxito en la caza y la crianza de los cachorros.
En algunas especies de nutrias, las parejas suelen compartir territorio, descansar juntas y mantener contacto constante mediante vocalizaciones y gestos físicos, lo que refuerza su relación. Aunque no todas las nutrias son estrictamente monógamas, cuando forman pareja, muestran conductas de cuidado mutuo y coordinación para proteger el entorno y a las crías, dando lugar a una relación basada en la colaboración y la permanencia, más que en la simple reproducción. Es común verlas descansar tomadas de las patas para no separarse mientras flotan, un gesto que se ha convertido en símbolo de cercanía y apego.
Peces y anfibios

En los arrecifes, los peces ángel franceses suelen formar parejas estables que nadan juntas durante largos períodos, cooperando tanto en la defensa de su territorio como en la limpieza mutua, una interacción que refuerza el vínculo. De manera similar, los escincos rugosos (también llamados shingleback skinks), lagartos nativos de Australia, se menciona que se reencuentran con la misma pareja año tras año y logran reconocerse mediante señales químicas, lo que les permite restablecer su unión, incluso, después de largos períodos de separación.
Desde una perspectiva científica, el análisis de estos comportamientos ha permitido comprender que los vínculos duraderos de pareja en los animales son estrategias evolutivas profundamente arraigadas. La sociobiología y la etología —campos en los que Edward O. Wilson fue una figura clave— han demostrado que los lazos sociales estables emergen cuando la cooperación, el apego y la coordinación incrementan de manera significativa las probabilidades de supervivencia y de éxito reproductivo a lo largo de millones de años de selección natural, que sigue siendo un campo de investigación.




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