Las bebidas energéticas y el riesgo para la salud en adolescentes y niños
- paginasatenea
- 5 ene
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En la última década, las bebidas energéticas han pasado de ser un producto asociado principalmente al deporte, para convertirse en un artículo de consumo cotidiano. Estas bebidas se han vuelto parte de la rutina de muchos adolescentes e, incluso, de algunos niños, quienes las consumen para “rendir más” en sus diferentes actividades o simplemente por su sabor, tomándolas como si fuera refresco; sin embargo, se trata de un producto que representa riesgos significativos para el desarrollo físico y emocional, que deben ser conocidos para evitar problemas de salud a causa de su consumo indebido.
Según un análisis publicado por Medscape en español, estas bebidas pueden tener efectos especialmente dañinos en poblaciones jóvenes, cuyo sistema nervioso y cardiovascular aún están en desarrollo, ya que contienen la combinación de altas cantidades de cafeína, azúcar y estimulantes añadidos, como taurina, guaraná o extractos herbales.
Uno de los datos que más alarma genera es la asociación entre el consumo de bebidas energéticas y los problemas neurológicos en niños y adolescentes. El artículo señala que algunos casos de convulsiones atendidas en urgencias han estado vinculados a un consumo excesivo de estos productos, sobre todo en edades tempranas, enfatizando que la sobredosis de cafeína puede alterar la actividad eléctrica del cerebro y desencadenar episodios convulsivos, algo que muchos padres desconocen porque estos productos suelen percibirse como “bebidas normales”. Además, el impacto psicológico tampoco es menor. Medscape destaca un metaanálisis de más de 1.5 millones de participantes, el cual encontró una asociación entre el consumo habitual y un aumento en la ideación suicida en adolescentes, incluso, cuando se ingería una bebida energética al mes. Esto se debe a que su consumo produce la alteración del sueño, ansiedad, irritabilidad y cambios bruscos en los niveles de energía, por efecto de sus componentes estimulantes.
El artículo menciona que, en el ámbito cardiovascular, los jóvenes también son especialmente vulnerables, porque el consumo de bebidas energéticas puede provocar taquicardia, elevación brusca de la presión arterial e, incluso, eventos cardíacos serios en personas sin antecedentes. Cuando estas bebidas se combinan con otras sustancias (como alcohol, vapeadores o cigarrillos), el riesgo se multiplica, algo que es relativamente común entre adolescentes, en ambientes sociales.
Por todo lo anterior, se recomienda que, en consulta, los profesionales de la salud consideren preguntar explícitamente a niños, adolescentes y a sus familias sobre el consumo de bebidas energéticas, ya que, a menudo, este factor pasa desapercibido al investigar síntomas neurológicos, emocionales o cardiovasculares.
Principales problemas de las bebidas energéticas
Uno de los principales problemas de las bebidas energéticas es su contenido extremadamente elevado de cafeína. Pensando que, para un adulto, una dosis alta de cafeína puede causar nerviosismo, temblores o dificultad para dormir; para un niño o adolescente, cuyo sistema nervioso está aún en desarrollo, estos efectos pueden ser más intensos. Por lo tanto, estudios en salud infantil advierten que incluso dosis moderadas pueden provocar alteraciones del sueño, irritabilidad, aumento de la frecuencia cardíaca y dificultades para concentrarse. El sueño, es un pilar fundamental para el crecimiento y la regulación emocional, por lo que cualquier interferencia repetida puede tener repercusiones en el rendimiento escolar y el bienestar general.
Pero la cafeína no es el único ingrediente problemático; estas bebidas suelen contener mezclas de compuestos, como taurina, guaraná, ginseng o carnitina, que se promocionan como “potenciadores naturales”, aunque su efecto combinado en organismos jóvenes aún no se comprende del todo y mientras la mayoría de estos ingredientes por separado no representa un riesgo grave en dosis moderadas, su interacción con altas concentraciones de cafeína puede aumentar la estimulación del sistema cardiovascular y producir efectos que van desde palpitaciones hasta picos momentáneos de presión arterial. Y aunque estos síntomas suelen ser transitorios, hay que tomar en cuenta que su alto consumo puede convertirse en motivo de preocupación.
A estos aspectos, se suma la enorme cantidad de azúcar que contienen muchas bebidas energéticas comerciales; por ejemplo, existen algunos casos en los que una sola lata puede superar la cantidad de azúcar recomendada para un día completo en los niños, y como es sabido, el consumo frecuente de productos con altos niveles de azúcar se relaciona con un riesgo mayor de caries, sobrepeso, resistencia a la insulina y mayor preferencia a las bebidas azucaradas sobre opciones más saludables, como agua o leche. En la etapa infantil, en la que se forman los hábitos que acompañarán a la persona en la adultez, la exposición constante a bebidas de este tipo puede consolidar patrones de consumo difícilmente reversibles.
Otro fenómeno preocupante que se presenta es el uso de bebidas energéticas como sustituto de horas de sueño; por ejemplo, muchos adolescentes recurren a ellas para mantenerse despiertos durante jornadas académicas exigentes, noches de estudio o actividades recreativas prolongadas, y esta práctica crea un círculo vicioso, que da como resultado una mala calidad del sueño, pues lleva a recurrir nuevamente a la cafeína, para contrarrestar la somnolencia diurna. Esto, a largo plazo, es un mal hábito que puede afectar el estado de ánimo, incrementar el estrés y reducir la capacidad de atención.
En el ámbito escolar, profesores y orientadores han reportado casos de estudiantes que llegan a clase con síntomas de ansiedad, inquietud o dificultades para mantenerse sentados después de consumir bebidas energéticas en el desayuno, interfiriendo con el desarrollo saludable del organismo. Aunque estos episodios suelen resolverse con el paso de las horas, ilustran las consecuencias inmediatas de un producto que no está diseñado para menores de edad y cuya venta, en muchos países, ni siquiera está regulada específicamente para este grupo.
En los últimos años, diversos organismos de salud pública, como la American Academy of Pediatrics (AAP), han advertido sobre la necesidad de limitar o prohibir la venta de bebidas energéticas a menores. Aunque las recomendaciones varían entre países, existe un consenso general en el que los niños no deberían consumir bebidas energéticas bajo ninguna circunstancia, y los adolescentes deberían evitarlas. En México, ya se ha reconocido el problema, y, en septiembre pasado, de acuerdo con Infobae, la Comisión de Salud aprobó el dictamen que pretende prohibir la venta y el suministro de bebidas energéticas a menores de 18 años, en establecimientos comerciales y mercantiles. Es una medida que marca la responsabilidad social y la aplicación de restricciones efectivas para enfrentar estos desafíos. Además de ello, hay que tener en cuenta que el papel de los padres es esencial para solucionar este problema, ya que muchos desconocen la diferencia entre una bebida deportiva (diseñada para reponer electrolitos durante el ejercicio intenso) y una bebida energética, cuyo propósito es estimular el sistema nervioso. Esta confusión puede llevar a que algunos adultos permitan su consumo, sin percibir los riesgos.
Por lo anterior, la educación es una herramienta clave, tanto para que la información pública como las charlas escolares y el acompañamiento familiar puedan ayudar a que niños y adolescentes entiendan qué están ingiriendo y sean conscientes de cómo afecta a su cuerpo, para, así, poder reconocer que estas bebidas están diseñadas para adultos, no para organismos que están en crecimiento. Todo ello, para poder proteger el bienestar de las generaciones jóvenes, lo que implica advertirles de los riesgos, ofrecerles alternativas más saludables y, por supuesto, entornos donde la energía provenga de hábitos sanos, como el buen sueño, una alimentación equilibrada, actividad física y una vida emocional estable.




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