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Las calaveritas literarias

hace 9 horas
6 min de lectura

Cuando la muerte se vuelve poesía





Las calaveritas literarias son una de las expresiones más singulares de la poesía popular mexicana: breves composiciones en verso que convierten a la muerte en personaje, recurso humorístico y, a la vez, instrumento de crítica. Su forma actual se consolidó durante las últimas décadas del siglo XIX, cuando comenzaron a circular en la prensa y en impresos populares versos satíricos dirigidos contra personajes públicos.


Una calaverita literaria es, en términos generales, un poema breve de carácter festivo, satírico y humorístico en el que se imagina la muerte de una persona, normalmente alguien que continúa vivo, donde el autor puede decir cosas que quizá resultarían incómodas expresadas directamente. La Muerte es un personaje con diversos nombres —la Calaca, la Huesuda, la Flaca, la Parca o cualquier otra representación— y llega para llevarse al protagonista. El recurso permite hablar de la persona en cuestión, sus defectos, manías, virtudes, profesión o comportamiento, pero desde una perspectiva deliberadamente exagerada y burlona. De ahí que históricamente las calaveritas hayan servido para burlarse de políticos, funcionarios, personajes públicos y figuras de la actualidad, aunque, hoy, es una expresión de la lírica popular mexicana vinculada especialmente con el Día de Muertos.


¿A quién se le ocurrieron?


Existe una idea muy extendida según la cual las calaveritas literarias proceden directamente de las culturas prehispánicas, pero nada más alejado de la realidad. La tradición que conocemos actualmente se formó a partir de diferentes elementos culturales y literarios, y su historia está estrechamente relacionada con el desarrollo de la prensa popular y las hojas volantes.


Uno de sus antecedentes formales puede encontrarse en la tradición del epitafio, es decir, el texto destinado a una inscripción funeraria. Pero la calaverita mexicana transforma radicalmente esa solemnidad: en lugar de recordar respetuosamente a una persona muerta, imagina que una persona viva ha sido alcanzada por la muerte y utiliza esa situación para construir una pequeña historia cómica.


El género poético que hoy llamamos calaverita se consolidó particularmente a finales del siglo XIX, cuando la prensa y los impresos populares encontraron en la muerte un recurso extraordinario para hacer sátira, a través de la publicación de las llamadas “calaveras”, textos burlescos ilustrados con personajes reconocibles como esqueletos y, mediante versos, ridiculizar sus acciones o cuestionar las condiciones políticas y sociales de su tiempo. 


Uno de los personajes fundamentales en la difusión de las “calaveras” fue Antonio Vanegas Arroyo, impresor y editor cuya producción se convirtió en uno de los grandes vehículos de la literatura popular mexicana. Vanegas Arroyo trabajó con grabadores como Manuel Manilla y José Guadalupe Posada, figuras esenciales para entender la manera en que la muerte comenzó a adquirir una poderosa dimensión gráfica en la cultura popular mexicana.


En el caso de José Guadalupe Posada, produjo numerosos grabados que acompañaron poemas, noticias y otros textos de las publicaciones de Arroyo. Su famosa Calavera Garbancera –que posteriormente sería conocida como "La Catrina" y se convertiría en una de las imágenes más reconocibles de la muerte en México– salió en la hoja volante Remate de calaveras alegres y sandungueras y era una sátira de los indígenas que vendían garbanzo en lugar de maíz, que renegaban de sus raíces y cultura para aparentar ser de la aristocracia europea. La relación entre Posada y las calaveritas es, por tanto, principalmente cultural y editorial: los versos y las imágenes compartían el mismo espacio de circulación y contribuían a construir una representación popular de la muerte capaz de ser simultáneamente macabra, divertida, crítica y cercana.


Por su parte, la Calavera tapatía (1890), del grabador Manuel Manilla, es considerada como uno de los primeros y mejores ejemplos de calaveritas literarias. El texto demuestra ya varios rasgos que posteriormente se convertirían en característicos del género: la muerte personificada, el tono burlón, el lenguaje popular, la estructura métrica y la intención satírica.


Esto es importante porque demuestra que las calaveritas no comenzaron siendo simplemente un poema escolar dedicado a un amigo o familiar. Su origen estuvo relacionado con la cultura impresa, la sátira y la crítica pública. Con el paso del tiempo, la calaverita dejó de estar reservada a personajes políticos o figuras públicas y pasó a escribirse para prácticamente cualquier persona. La versión escolar y festiva que actualmente conocemos es heredera de aquella tradición, pero, con el tiempo, el género se fue adaptando a nuevos contextos.


¿Por qué se relacionan con el Día de Muertos?


La relación resulta natural: las calaveritas utilizan precisamente a la muerte como protagonista y se desarrollaron dentro de una cultura mexicana en la que la conmemoración de los muertos ocupaba un lugar importante. Con el tiempo, su escritura y lectura quedaron fuertemente asociadas con las celebraciones del 1 y 2 de noviembre, adquiriéndo especial popularidad durante esas fechas.


Hoy, la tradición se mantiene viva en escuelas, oficinas, periódicos, concursos, instituciones culturales y espacios digitales.

 

¿Cómo se construye una calaverita?


Aunque no existe una única fórmula obligatoria, la calaverita tradicional posee ciertos rasgos reconocibles. El primero es que está escrita en verso; el segundo, que utiliza la muerte como personaje o situación central; el tercero, que se dirige hacia una persona determinada y, finalmente, que incorpora humor, ironía o sátira.


Su construcción puede entenderse como una pequeña historia en tres movimientos: presentación, encuentro con la muerte y desenlace. Primero, se presenta al personaje y alguna característica que permita reconocerlo; después, aparece la Muerte, que puede visitarlo, perseguirlo, invitarlo o llevárselo; finalmente, llega el remate humorístico o inesperado. Aquí, le explicamos paso a paso:


1. Elegir al personaje: El primer paso es decidir a quién se dedicará la calaverita. Puede tratarse de un amigo, familiar, profesor, compañero de trabajo, político, artista, deportista o personaje histórico. Lo importante es encontrar una característica que permita construir la broma: una afición, una profesión, una frase habitual, una obsesión, una costumbre, un defecto o, incluso, una virtud exagerada.


2. Convertir esa característica en una historia: Hay que imaginar qué sucedería si la Muerte apareciera para llevárselo. Aquí, comienza la parte narrativa. La Muerte puede encontrar al personaje trabajando, comiendo, durmiendo, estudiando, jugando, cantando o haciendo aquello que lo caracteriza. La gracia consiste en que la Muerte se encuentre con una situación inesperada.


Por ejemplo, si la persona es extremadamente puntual, la Muerte podría llegar tarde por primera vez. Si alguien vive pegado al teléfono, la Calaca podría llevárselo mientras todavía está contestando mensajes. Si se trata de un profesor que nunca termina de dar clase, podría imaginarse que ni siquiera la Muerte logra sacarlo del salón.


3. Introducir la muerte: Ligado al punto anterior, la Muerte debe formar parte de la acción, no simplemente aparecer mencionada de pasada. Puede ser protagonista, narradora, visitante, perseguidora o hasta víctima de la situación, según la creatividad del autor. Puede recibir diferentes nombres, como la Calaca, la Huesuda, la Flaca, la Parca, la Pelona, la Catrina, entre muchos otros. La personificación permite que la muerte tenga carácter, intenciones, humor e, incluso, defectos.


4. Buscar el ritmo: Tradicionalmente, las calaveras han utilizado el verso octosílabo –versos de ocho sílabas métricas–, estrofas de cuatro versos y la rima consonante. Sin embargo, es importante no convertir esto en una regla absoluta, pues no existe un formato único e inamovible para todas las calaveritas contemporáneas. Hay versiones que se apartan de la métrica tradicional y conservan perfectamente el espíritu del género.


5. Trabajar la rima: Este recurso proporciona musicalidad y ayuda a que el texto tenga el carácter juguetón propio de la calaverita. Son frecuentes esquemas como:


·       ABAB: El primer verso rima con el tercero, y el segundo con el cuarto.

·       AABB: El primero rima con el segundo, y el tercero con el cuarto.

·       ABBA: El primero rima con el cuarto, y el segundo con el tercero.


Las rimas pueden ser consonantes, cuando coinciden vocales y consonantes desde la última vocal acentuada, o asonantes, cuando coinciden solamente las vocales.


6. Terminar con un buen remate: Quizás, es el elemento más importante desde el punto de vista humorístico. Una calaverita puede comenzar describiendo tranquilamente al personaje, hacer aparecer a la Muerte y llevar al lector hacia un desenlace que no esperaba. El último verso debe producir el golpe final, ya sea mediante un juego de palabras, una contradicción, una exageración o una situación absurda.


Una calaverita sin remate puede tener buena métrica y buenas rimas, pero difícilmente tendrá la fuerza de una composición verdaderamente ingeniosa.


Una nota importante a resaltar es que las calaveritas literarias no deben ser ofensivas. La sátira tradicional puede ser mordaz, pero burla no significa necesariamente agresión. Una buena calaverita puede recurrir al cariño, la complicidad y la exageración sin convertirse en insulto.


De hecho, muchas de las calaveritas contemporáneas funcionan precisamente porque el destinatario reconoce en ellas una característica propia y entiende que la exageración forma parte del juego. El desafío consiste en hacer reír sin perder el ingenio. La calaverita funciona mejor cuando la broma nace de algo específico del personaje y no de un insulto genérico.


Así, las calaveritas literarias sobreviven porque combinan varios elementos que rara vez aparecen juntos: poesía, humor, memoria, crítica y cultura popular. Son también una forma de participación; no es necesario ser poeta profesional para escribir una. Cualquier persona puede tomar una hoja, escoger a alguien, imaginar que la Muerte viene por él y convertir esa escena en versos. Y, tal vez, la razón más profunda de su permanencia es que las calaveritas no niegan la muerte, sino que conviven con ella. En lugar de representar la muerte únicamente como tragedia, la tradición mexicana la incorpora al lenguaje cotidiano y la vuelve susceptible de ser nombrada, dibujada, cantada y también rimada. Esa transformación permite que algo inevitable pueda ser contemplado desde el humor.

 

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