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Loki y la cabellera de Sif (Primera parte)




Loki es un dios muy apuesto, elocuente, atractivo y astuto; uno de los más habilidosos e ingeniosos de Asgard. Aunque estas cualidades se ven un tanto opacadas por su personalidad oscura, con comportamientos lascivos, de ira y envidia. Sus principales características son que puede caminar por el cielo gracias a unos zapatos voladores y es capaz de cambiar su apariencia, transformándose en cualquier persona o animal; no obstante, su verdadera arma es su mente, la cual ni el mismísimo Odín puede superar.


A diferencia de la versión presentada en las historias de Marvel, pese a que no tienen ningún vínculo directo, Odín lo considera su hermano; y Thor, su gran amigo, antes de ser traicionado por él. El resto de los dioses lo tolera debido a que, con frecuencia, sus estrategias los han sacado de apuros, aunque, también, les causan infortunios. Bebe demasiado hasta emborracharse, y cuando eso sucede, no tiene autocontrol ni se mide en sus palabras, actos y pensamientos. En dicho estado, es cuando se vuelve aún más peligroso y retorcido en sus fechorías, como la que le narraremos a continuación.


Sif, del clan de los aesir, es la esposa de Thor. Es hermosa, de tez pálida, de la que resaltan sus ojos azul turquesa y sus labios de color rojo intenso, y con una larga cabellera rubia.


Cierta mañana, al despertar, Sif, horrorizada, notó que todo su cabello había desaparecido, dejando al descubierto su rosado cuero cabelludo. De inmediato, Thor culpó a Loki; no hacía falta investigar, sabía que todo lo malo que ocurría solía ser por obra de él. Así que se dirigió hasta su casa; con un golpe, derribó la puerta y entró fúrico. Tomó a Loki por el cuello, lo levantó más arriba de su cabeza y le exigió una explicación de por qué había rapado la cabellera de Sif.


Al principio, el rostro de Loki denotaba desconcierto e inocencia, pero, luego, se dibujó una sonrisa maliciosa, que, sin necesidad de decir palabra alguna, le delataba. Dicha actitud enfureció aún más a Thor, quien apretó con mayor fuerza el cuello de Loki. Después de soltar una carcajada, Loki dijo que se había emborrachado tanto la noche anterior que le pareció divertido hacerle una broma.


–¿Te das cuenta de lo que has hecho? –dijo Thor, lleno de rabia–. La cabellera de Sif era su gloria; sin ella, se pensará que ha hecho algo malo y, por ello, la han castigado.

–Así es –replicó Loki, con un tono burlesco–. Y como he arrancado el cabello desde la raíz, se quedará calva para siempre. Pero no te preocupes, puede usar pelucas y sombreros, para disimular.


Al borde de la desesperación, Thor amenazó a Loki; le dijo que, si no le devolvía su melena a Sif, le rompería todos los huesos del cuerpo, las veces que fueran necesarias. Loki le respondió que no sería sencillo; el daño estaba hecho.


Entonces, Thor empezó a hacer efectivas sus palabras y le tronó el primer hueso. Loki gritó de dolor; su sufrimiento era tal que, para evitar que el dios del trueno destruyera toda su estructura ósea, exclamó:


–¡Los enanos!

–¿Qué has dicho? –preguntó Thor, desconcertado.

–Los enanos son talentosos artesanos –respondió Loki–; son capaces de fabricar cualquier cosa, como una peluca con cabellos de oro, que echará raíces en la cabeza de Sif, propiciando que el pelo le vuelva a crecer naturalmente.


Dándole un voto de confianza, Thor soltó a Loki y le dijo que resolviera el desastre lo antes posible o, en la próxima, no tendría piedad de él.


Loki descendió al Svartalfheim, reino donde viven los enanos, y lo recorrió en busca de los llamados hijos de Ivaldi, tres hermanos que tenían la fama de ser los artífices más ingeniosos. Al encontrarlos, les tendió una trampa para conseguir que aceptaran fabricar la peluca de oro.


–He venido a su mundo a ver a Brokk y a su hermano, Eitri. Me han dicho que ellos son los mejores artesanos de Svartalfheim –dijo Loki.

–¡Eso no es verdad! –contestó uno de los tres hijos de Ivaldi–. Te han engañado; esos enanos son unos torpes. Nosotros somos mejores.


Loki les dijo que, para confirmar su maestría insuperable, tendrían que ser puestos a prueba. Para ello, debían fabricar tres piezas diferentes, muy hermosas y valiosas, las cuales serían evaluadas por los dioses aesir, quienes decidirían qué familia ha hecho las más bellas y perfectas. Les advirtió que uno de los tres tesoros debía ser una larga peluca de cabellos de oro, que nunca dejaran de crecer.


Los tres enanos aceptaron e, inmediatamente, pusieron manos a la obra. Por su parte, Loki se dirigió al taller de Brokk y Eitri, al otro lado de las montañas, para terminar con su treta. A ellos, los engañó diciéndoles que los hijos de Ivaldi estaban fabricando tres tesoros para los dioses y que les habían mandado a decir, a través de él, que ellos no serían capaces de igualar la perfección de sus obras.


Brokk no era tonto, y al principio, puso en duda las palabras de Loki, pero éste, manteniéndose firme y convincente en su papel, consiguió que los hermanos se unieran al desafío. Sin embargo, para asegurarse de que no se tratara de algún engaño por parte del dios, Brokk le puso una condición: si ellos ganaban el concurso, Loki le daría su cabeza.


Por supuesto que la idea no le agradó, pero no podía delatarse; pensó que, seguro, encontraría la manera de sabotear a los hermanos, así que apostó su cabeza, sin ninguna objeción, y fingió irse.


En ese momento, Eitri sacó de la estantería una fina piel de cerdo, que había guardado para una ocasión especial. La introdujo en el horno y le dio la instrucción a Brokk de que no dejara de bombear uniformemente el fuelle que permitía el paso del aire para mantener vivas las llamas. La temperatura necesitaba mantenerse en un punto exacto, sin variaciones, o, de lo contrario, la pieza se estropearía. Eitri salió del taller, mientras Brokk continuaba son su labor. De repente, un extraño insecto, enorme y de color negro, similar a una mosca, apareció y comenzó a volar alrededor del horno; era Loki con otra apariencia. Éste se posó en una de las manos de Brokk y la picó fuertemente, esperando que, debido al dolor, soltara el fuelle. Pero eso no sucedió, el enano continuó bombeando hasta que Eitri entró y sacó la pieza del horno; era la figura perfecta de un jabalí dorado.


Para la segunda creación, Eitri tomó un lingote de oro y lo introdujo, de igual manera, en el horno. Le encomendó el mismo trabajo a Brokk, no dejar de accionar el fuelle para no extinguir las llamas, y volvió a salir. Ahora, la mosca picó el cuello de Brokk, con más fuerza que la vez anterior. Pero, pese al chorro de sangre que brotó, el enano no paró, consiguiendo formar un brilloso brazalete.


Era momento de forjar el tercer y último tesoro. Pero esta vez, por tratarse del más valioso, se requería un mayor esfuerzo. Una ligera variación en la temperatura y todo se echaría a perder. Por su parte, Loki tampoco podía fallar en su misión de sabotaje, por lo que picó, en varias ocasiones, los ojos de Brokk, causándole ardor, inflamación y graves heridas. Estaba dispuesto a hacerle el daño necesario para conseguir que dejara de bombear, así que se mantuvo zumbando frente a su rostro.


En un movimiento calculado para soltar el fuelle sin tener fatales consecuencias, Brokk le dio un manotazo a la mosca, lanzándola contra la pared y aturdiéndola. Luego, recuperó el mango y continuó con el movimiento. Después de unos minutos, entró Eitri y retiró la pieza del horno. No había salido mal, pero tampoco era el resultado que esperaban.


Loki logró salir volando por una rendija de la puerta y, al cabo de un rato, ya con su forma humana, regresó al taller de los enanos, como si no supiera lo que había pasado.


–¿Están listos para el concurso? –preguntó, con un tono despreocupado e inocente. Brokk, con dificultad, miró al dios.

–No veo la hora de cortarte la cabeza –respondió–; ahora sí es algo personal.



Si desea conocer qué familia gana el desafío y qué sucede con Loki, no se pierda la siguiente edición.



Fuente: Mitos nórdicos (2017), de Neil Gaiman. Editorial Planeta.

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