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Los monstruosos hijos de Loki




La personalidad y reputación de Loki era ya bien conocida en los nueve reinos. Apuesto e inteligente, pero mentiroso y embustero. Está casado con Sigyn, diosa de la fertilidad, la lealtad y la fidelidad, con quien tiene dos hijos, Narfi y Vali.


Cierta mañana, Odín despertó bruscamente otra vez. Hacía varias noches que una pesadilla lo atormentaba, sobre todo porque, más que un sueño, era una premonición. En ella, visualizaba un entorno de guerra y caos, donde destacaba la figura de tres monstruos.


Sus visiones oníricas le habían revelado que dichas criaturas eran hijos ilegítimos de Loki, producto de sus aventuras con Angrboda, una gigante de hielo. Ante el miedo por la amenaza que representarían en el futuro, Odín envió a Thor y a Tyr –dios de la guerra, el orden, la ley y el honor–, al Jötunheim, para capturar a los monstruos.


Y así lo hicieron. Después de varios días de camino, en los que tuvieron que enfrentar algunos inconvenientes, llegaron a la morada de Angrboda, quien los recibió con una actitud pacífica y no puso resistencia cuando los dioses solicitaron llevarse a sus hijos, quienes, de igual manera, se mostraron cooperadores.


Una de las criaturas era una serpiente, a la cual, amarraron a un tronco, para poder transportarla fácilmente. La segunda era una especie de cachorro de lobo, que se comportaba más amigable que feroz. Y la tercera era una joven que parecía no tener expresión.


Durante el camino de vuelta, Tyr y el cachorro de lobo entablaron una amistad. Ambos jugaban y se procuraban el uno al otro. Al llegar a Asgard, ambos dioses, inmediatamente, le presentaron a Odín a los monstruosos hijos de Loki.


Pusieron ante sus ojos, primero, a la serpiente, que, para ese momento, ya había crecido muchos centímetros, quizá, hasta metros, pues ya era más grande, incluso, que el tronco al que estaba atada. Se llamaba Jörmungundry su peculiaridad era que escupía veneno negro y ardiente. Odín consideró que un buen sitio para aislarla, pensando que, tal vez, seguiría creciendo, eran los confines de un mar que se extendía alrededor de Midgard. Ahí, la liberó y lo último que vio de ella fue cómo su cola se sumergía en las aguas.


De vuelta en Asgard, la segunda criatura a la que conoció fue a la muchacha. Su nombre era Hel y la mitad derecha de su cuerpo era perfecta, con piel suave y tersa. Su rostro era pálido, de donde resaltaban sus mejillas rosadas, su ojo de color verde esmeralda y sus labios rojo carmín. Sin embargo, el lado izquierdo era todo lo contrario. Tenía el aspecto de un cadáver en avanzado estado de descomposición. Su piel era verdosa, estriada y podrida; su ojo, blanco y sin movimiento; y entre sus labios despellejados, se asomaban dientes putrefactos. En su breve charla con Odín, ella le expresó que le agradaban más los muertos, pues la trataban bien, a diferencia de los vivos, quienes la miraban con repugnancia.


Al escuchar esto, el padre de todos tuvo claro cuál sería el sitio perfecto para Hel: las profundidades más oscuras de la tierra, es decir, el inframundo. Ahí, sería soberana de las almas de los que fallecen sin gloria, como por vejez, enfermedad, accidentes o partos. Así, Odín la condujo a su nueva morada, lúgubre y tenebrosa, donde habría de recibir a sus súbditos.


Ubicar a las dos primeras criaturas había sido sencillo, sin embargo, el tercer hijo de Loki, el lobezno, representó un reto. Se llamaba Fenrir, que crecía con mayor rapidez que su hermana serpiente, adquiriendo, cada vez más, una fuerza sobrenatural. Era de color gris oscuro, con ojos ámbar, brillantes. A Odín le causó intriga, así que decidió supervisarlo durante algunos meses. En ese tiempo, a pesar de su tamaño, su fuerza y su ferocidad, Fenrir nunca se comportó violento, no obstante, todos los dioses le temían, excepto Tyr, quien lo alimentaba a diario y se quedaba un buen rato con él, haciéndole compañía.


Odín, particularmente, sentía un desprecio especial hacia el lobo, pues su imagen, con sus enormes fauces, era lo último que veía en sus pesadillas que auguraban un futuro caótico. Así que, después de mucho analizar, el dios determinó que no sería suficiente con excluirlo en un sitio alejado como hizo con sus hermanos, sino que había que mantenerlo inmovilizado. Entonces, forjó una gruesa y pesada cadena, demasiado resistente, y se dirigió hacia donde yacía Fenrir. Para que éste se dejara amarrar, Odín lo engañó, diciéndole que venía a proponerle un reto para poner a prueba su fuerza. Confiada de sus capacidades, la bestia aceptó; y una vez atada, estiró su cuerpo y sus músculos, rompiendo la cadena al instante y sin mayor dificultad.


Odín volvió a su taller y forjó una cadena mucho más resistente y pesada, que ni el hombre más fuerte sería capaz de levantar, siquiera, un solo eslabón, pues estaba hecha con dos tipos de hierro: el de las profundidades y el caído del cielo. Luego, regresó con Fenrir, orgulloso y seguro de su creación; sin embargo, el resultado fue el mismo que el de la primera ocasión; aunque con un poco más de esfuerzo, el lobo logró reventar la cadena, lanzando tan bruscamente los fragmentos que quedaron esparcidos a lo largo de todo Asgard.


Como última opción, y ya con poca paciencia, Odín recurrió a la maestría de los enanos, para que forjaran una cadena irrompible; después de ver la perfección de los regalos que le habían hecho a él, a Thor y a Frey, estaba seguro de que lo lograrían.


Los enanos tienen una forma especial de trabajar, y en lugar de metales, utilizaron materiales peculiares y extraños: huellas de gato, raíces de montaña, tendones de oso, aliento de pez y saliva de pájaro. Así, crearon a Gleipnir, que, más que una cadena, era una especie de hilo fino, blando y casi transparente, que, curiosamente, no pesaba.


Odín acudió, nuevamente, acompañado de Thor y Tyr, a los aposentos de Fenrir, para ponerlo a prueba una vez más. Al principio, al ver la suave y, aparentemente, frágil cinta con la que habrían de amarrarlo, Fenrir soltó una carcajada, pero, al examinarla con mayor detenimiento, notó algo extraño en ella, que le hizo sospechar sobre las verdaderas intenciones de Odín. Si, esta vez, no era capaz de romper sus ataduras, el dios no lo liberaría, sino que lo dejaría amarrado para siempre.


Entonces, para tener una garantía, le dijo a Odín que se dejaría atar, pero con la condición de que un dios metiera su brazo en sus fauces. Así, si no lo soltaban, él se cobraría, mordiéndolo fuertemente. Los dioses se miraron el uno al otro, y el único que se ofreció como voluntario fue Tyr.


Ya rodeado por el hilo fino, esta vez, por más que Fenrir estiró su cuerpo y sus músculos, y sacó sus filosas garras, no pudo romperlo. Lo intentó hasta el cansancio, pero éste no cedía; era resistente a su fuerza estratosférica. Los dioses, excepto Tyr, al sentirse victoriosos, comenzaron a burlarse de Fenrir. Él les solicitó que lo liberaran, pero ellos continuaron riéndose. Así que, como había amenazado, la bestia prensó el brazo de Tyr, clavándole fuerte y desgarradoramente sus colmillos. Pese al dolor, Tyr permaneció calmado y cuando pudo sacar su extremidad de la mandíbula de Fenrir, sólo se limitó a intentar calmar la hemorragia.


Odín y Thor condujeron a Fenrir hacia una sierra desolada y lejana, y lo ataron a una montaña. En un arranque de furia, el lobo reaccionó con una mordida, la cual fue interceptada por la espada de Odín, que se clavó en su paladar, ocasionándole un abundante derramamiento de saliva, que fluyó por toda el área como un río.


–Si no me hubieras mentido –le dijo Fenrir a Odín–, habría sido tu amigo y habría luchado de tu lado, defendiéndote de toda amenaza, pero, ahora, idearé la forma de destruirte y aguardaré ansioso a que llegue el momento.


El padre de todos no hizo caso de estas palabras, creía que había logrado evitar que sus visiones en sueños se cumplieran; sin embargo, en realidad, fueron estas acciones (su desprecio, prejuicios y destierro de los ‘monstruos’) las que condujeron a su fatídica perdición en el futuro, esa que se le presentó en sus pesadillas y que él mismo propició.






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