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Salem



El pueblo de las brujas



Así como la región de Transilvania, en Rumania, está fuertemente asociada a los vampiros, la ciudad de Salem, en el estado de Massachusetts, en Estados Unidos, posee un fuerte vínculo con las brujas. Y sí; al hablar de ellas y de su figura y características estereotípicas, en automático, pensamos en aquel lugar, con su ambiente sombrío distintivo del siglo XVII. Esto es debido a que, por ese tiempo, ahí, se suscitó la peor “caza de brujas” en la historia de la América colonial, un fenómeno que fue producto de una combinación de histeria colectiva, fanatismo religioso, pensamiento oscurantista e intereses económicos.


El saldo fueron 19 muertos, más de 150 encarcelados y torturados, y el saqueo y robo de las propiedades de las víctimas, el escenario suficiente para que se creara un entorno de pena, tragedia, con muchas energías, quizá, y por supuesto, para que, en el imaginario colectivo, se le identificara a la ciudad como el hábitat de las brujas.


Todo inició en 1692, cuando las Trece Colonias norteamericanas aún pertenecían a Inglaterra. Los pueblos ingleses que se habían fundado en esas regiones tenían como base de pensamiento la religión protestante. En enero de ese año, el reverendo Samuel Parris se mudó de Boston a Salem, con sus tres hijos adolescentes –Thomas, Elizabeth y Susannah– y su sobrina Abigail Williams, quien había quedado huérfana después de que sus padres fueran asesinados por los nativos americanos. Junto con ellos, llegaron Tituba, una esclava de raza negra, originaria de Barbados, quien se encargaba de cuidar a los niños, y el esposo de ella, John Indian.


El reverendo era muy disciplinado e implacable en su fe, por lo que era muy estricto con el pensamiento religioso y moral tanto de su familia como de los habitantes del pueblo. Esto contrastaba con las creencias de Tituba, a quien, se dice, le gustaba contar historias espeluznantes a las hijas del reverendo y a sus amigas, así como practicar viejos rituales de vudú, característicos de su tierra natal.


El escándalo comenzó cuando Elizabeth, Abigail y su amiga Ann Putnam (hija de una de las familias más ricas del pueblo) fueron sorprendidas en el bosque, bailando desnudas mientras Tituba removía algo al interior de un caldero puesto sobre el fuego. Un escenario que, para las creencias puritanas de los habitantes de Salem, resultaba "demoníaco”. La situación se agravó cuando, días después, las niñas sufrieron convulsiones repentinas, decían palabras extrañas, presentaban fuertes episodios de llanto y tenía “comportamientos bestiales”.


El reconocido médico del pueblo, William Griggs, dijo que no había ninguna relación entre los síntomas de las niñas y alguna enfermedad, y concluyó, sin lugar a dudas, que todo era acto del demonio.


De inmediato, toda la población puritana de Salem atribuyó los hechos a las brujas, quienes, decían, estaban al servicio del diablo. A finales de febrero de 1692, iniciaron los juicios para identificar a toda aquella persona que practicara la brujería. Los magistrados interrogaron primero a las tres niñas, quienes acusaron a Tituba de haberlas incitado a esos rituales satánicos. Ann Putnam, incluso, declaró haber luchado contra una bruja que quería decapitarla.


Una habitante del pueblo sugirió que se realizara la prueba del “pastel de brujas”, que consistía en hacer un pan de harina de centeno, mezclada con la orina de las niñas, y dárselo a comer a un perro; si éste presentaba los mismos síntomas que ellas, significaba que estaba bajo una posesión satánica. Y así fue, por lo que dos canes, también, fueron condenados.


La forma de proceder en los juicios era que, si los acusados confesaban, se les perdonaría la vida; de lo contrario, serían torturados hasta que decidieran aceptar su culpa; si, aun así, se resistían, el castigo final era la horca.


Para lograr salvar su vida, Tituba confesó practicar brujería y dijo haber visto personalmente al diablo en el bosque: “A veces, toma la forma de un hombre muy alto, de pelo negro; o de perro negro o de cerdo. Y he visto a un pájaro amarillo besar el dedo de otra bruja; y Betty [Elizabeth], Abigail, Ann Putnam, Sarah Osborne y Sarah Good ¡están al servicio de Satanás! Y he visto el nombre de otros vecinos en el libro del mal”. Afirmó que el libro al que se refería, que enlistaba a todas las brujas de Salem, se lo había entregado un hombre misterioso.


Tituba logró salvarse de la pena muerte y fue condenada sólo a un año de prisión; sin embargo, su declaración había involucrado el nombre de dos mujeres más, que, inmediatamente, fueron detenidas y llevadas a la corte. Sarah Osborne era una anciana que nadie quería en el pueblo, y Sarah Good, una indigente que, se presume, estaba embarazada, pero nadie sabía de quién. Ambas se negaron a confesar, por lo que fueron las primeras “brujas” ahorcadas.


A partir de ese momento, las acusaciones incrementaron en el pueblo, una tras otra. Salem estaba bajo un episodio de histeria colectiva por la ignorancia de su población y la sugestión hacia el tema de las brujas; no obstante, muchas personas aprovecharon la situación para deshacerse de sus enemigos, acusándolos de brujería. Y es que, bastaba sólo un testimonio, un señalamiento de alguien, para que los dichos fueran tomados por ciertos y la gente fuera detenida, torturada y ejecutada.


Martha Corey fue una de las primeras acusadas, después de los juicios de Tituba y las dos Sarahs; tampoco era una mujer muy apreciada en el pueblo, por lo que fue ahorcada, mientras que su marido, Giles Corey, fue torturado hasta la muerte.


La familia Putnam acusó después al reverendo George Burroughs, teniendo como única “prueba” una supuesta visión onírica que había tenido su hija Ann: “Su espíritu se aparece en mis sueños y me dice que es líder de los adoradores de Satanás, que mató a sus dos primeras esposas y que embrujó a los soldados que combatían a los indios en las fronteras de Maine”. Esas palabras fueron suficientes para que el religioso pereciera en la horca. Resulta curioso saber que Burroughs era rival del reverendo Parris, y la familia de este último era muy amiga de los Putnam.


Un hombre acusó a otra mujer, Susannah Martin, de haber embrujado a sus bueyes; y John Alden fue señalado de ser el sujeto misterioso que, supuestamente, le entregó el libro del mal a Tituba. Ambos tuvieron el mismo fatídico destino. Otra víctima fue Rebecca Nurse, a quien el juez declaró como inocente por ser conocida suya; sin embargo, el pueblo lo presionó para que cambiara de decisión y la mandara a ahorcar de inmediato.


Bridget Bishop había sido acusada de brujería doce años antes, pero había logrado ser declarada inocente. En las revueltas de 1692, no tuvo la misma suerte, y fue condenada y ejecutada sólo por su personalidad seria y por haberse casado tres veces.


Para 1693, la cantidad de personas enjuiciadas ascendía a casi 200, mientras que, de los 19 muertos, 14 fueron mujeres, y cinco, hombres. Esto, sin contar a las personas que lograron escapar del pueblo antes de ser acusadas sólo porque sí.


En 1703, el tribunal de Massachusetts rechazó todas las “pruebas” que se habían aceptado en los juicios de 1692 para condenar a las personas, y admitió que los procesos judiciales habían tenido bastantes irregularidades. Para 1706, Ann Putnam pidió perdón a las familias de las personas que acusó en 1692 y admitió haber mentido; sin embargo, mantuvo una postura sobrenatural en su disculpa, pues dijo que lo “había hecho engañada por Satanás”. Elizabeth y su padre, el reverendo Parris, huyeron de Salem, y de la pequeña Abigail Williams, no se volvió a saber nada desde el trágico año de la ‘cacería de brujas’.


En 1711, la justicia colonial ordenó que se indemnizara a las familias de las víctimas de los juicios, y, con el tiempo, estudiosos que comenzaron a indagar en el origen de aquel fenómeno, tratando de buscar respuestas menos oscurantistas y religiosas, y más apegadas a la ciencia, establecieron varias hipótesis de aquella histeria colectiva. Dado que las acusaciones habían empezado a raíz del comportamiento extraño y las convulsiones de las niñas, los investigadores señalaron que podían haber sido síntomas de epilepsia.


Otra teoría que cobró demasiado fuerza y que, de hecho, resulta demasiado lógica fue que las niñas actuaban así porque sufrían de ergotismo, una enfermedad causada por el cornezuelo, que es un hongo que crece en el centeno, cereal con el que se solía elaborar el pan. Dicho hongo posee una sustancia llamada ergotamina, de la cual deriva, precisamente, la droga LSD. Lo anterior explica por qué los perros a los que se les dio a comer el llamado ‘pan de bruja’, hecho de centeno, experimentaron los mismos síntomas de “locura”.


Pero lo que sí es un hecho es que la población, irónicamente, puritana y religiosa de Salem, encontró, en ‘la cacería de brujas’, la oportunidad perfecta para dar rienda suelta a su ambición, egoísmo e intereses. Y es que llama la atención que Martha y Giles Corey fueron acusados por los Putnam; estos últimos habían propuesto, tiempo antes, la construcción de una nueva iglesia en Salem, pero los Corey se opusieron al proyecto porque implicaba pagar más impuestos. De igual forma, cada vez que el juez condenaba a una persona por brujería, sus bienes eran confiscados por el sobrino de éste; tal parecería, entonces, que “delatar a una bruja” era más un negocio.


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