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Un héroe mexicano en el Titanic



Al menos, eso dice la leyenda


El 10 de abril de 1912, el trasatlántico RMS Titanic, el más grande y lujoso del momento, considerado como “insumergible”, zarpó, en su viaje inaugural, desde el puerto de Southampton, Inglaterra, con destino final a Nueva York, Estados Unidos. Pero, antes de emprender el largo viaje por el océano Atlántico, para llegar al continente americano, hizo una primera escala en Cherburgo, Francia. Ahí, abordó el mexicano Manuel Uruchurtu Ramírez, con el boleto número 17601, en primera clase.



Nacido en Hermosillo, Sonora, aunque radicado en la Ciudad de México, Uruchurtu era abogado y una figura política mexicana reconocida a nivel internacional, pues había sido diputado federal de México y un alto funcionario durante el Porfiriato. Uruchurtu había viajado a Europa, en febrero de 1912, para reunirse con sus amigos porfiristas, quienes estaban exiliados allá debido a la Revolución Mexicana, que estalló en 1910.


En Francia, se encontró con Ramón Corral, su padrino político, mejor amigo y quien fuera vicepresidente del gobierno de Porfirio Díaz. Con él, pasó todo marzo de aquel año y, a finales de ese mes, preparando todo para su viaje de regreso a México, Uruchurtu reservó un lugar en el barco France, que saldría el 10 abril, con destino a Veracruz. Sin embargo, por esos días, recibió la visita de Guillermo Obregón, yerno de Corral, quien le comentó que, el mismo 10 de abril, llegaba a Cherburgo el Titanic, como una parada dentro de su ruta inaugural; le dijo que era un barco nuevo y muy lujoso, por lo que no debía perder la oportunidad de ser de los primeros en viajar en él.


Obregón no sólo convenció a Uruchurtu, sino que fue él quien arregló todo para cambiarle el boleto del France por uno en el Titanic. Pero antes de partir, Uruchurtu visitó rápidamente España. Según relató después su esposa, Gertrudis Caraza, Uruchurtu le envió una carta que decía: “Tengo ganas de regresar, y si no prescindo de mi viaje a España, es porque quiero concurrir a sesiones en las Cortes Españolas. Muchos besitos a todos mis pollitos” (sus hijos).


El 30 de marzo, desde España, escribió otro mensaje: “Salgo el 10 del próximo abril, a bordo de Titanic. Espero llegar el veinticuatro o veinticinco del mismo mes”. Y finalmente, en aquella fecha tan esperada, ya en Francia, casi a punto de subir al barco, envío otra carta: “Embárcome”. Se dice, también, que, ese día por la mañana, le mandó una postal a su madre, con una fotografía del Titanic, en la que le escribió que ese era el gran navío en el que viajaría y que, al llegar a México, la visitaría en Hermosillo, para contarle su experiencia.


Lamentablemente, eso no pudo ser, pues todos sabemos lo que ocurrió con aquel famoso trasatlántico. La versión oficial dice que, cerca de la media noche del 14 de abril, el barco chocó contra un iceberg, causando severos daños en su estructura metálica, que le harían naufragar. Era cuestión de tiempo para que el buque se perdiera en las profundidades del mar. Había caos y desesperación entre los pasajeros, quienes intentaban salvarse de cualquier forma, pues no había suficientes botes salvavidas, y los pocos que se tenían estaban reservados para las clases altas, mujeres y niños.


Por ser diplomático, Uruchurtu consiguió un lugar en el bote número 11, pero, antes de que éste descendiera al mar, apareció una joven inglesa, pasajera de segunda clase, llamada Elizabeth Ramell Nye, quien suplicaba que le permitieran subir al bote, apelando a que, en Nueva York, la esperaban su esposo y su pequeño hijo. La lancha no tenía espacio para otro tripulante, de modo que, en un acto de caballerosidad y heroísmo, Uruchurtu se levantó enseguida, para cederle su lugar a la mujer.


A sabiendas de que estaba renunciando a su única posibilidad de sobrevivir, le pidió un favor a Elizabeth: que viajara a México algún día, buscara a su familia y les contara lo sucedido aquella noche. El Titanic se hundió alrededor de las 2:17 de la madrugada del 15 de abril, con cientos de pasajeros a bordo, incluido Manuel Uruchurtu.


Esta anécdota fue narrada y difundida por la familia y los descendientes de Uruchurtu. En la Enciclopedia Titánica, en una entrada escrita por Alejandro Gárate Uruchurtu, sobrino-nieto de Manuel, se lee, por ejemplo, que, en 1928, Guillermo Obregón coincidió en una comida con el político mexicano Gustavo A. Uruchurtu, sobrino de Manuel, y ahí le platicó sobre el viaje de su tío y cómo fue que terminó embarcándose en el Titanic. Según el artículo, Obregón le dijo: “Yo soy el culpable de que su tío Manuel muriera, pues yo le cambié el boleto del barco”.


De igual manera, fue la familia Uruchurtu quien afirmó que, en 1916, Elizabeth sí los visitó y les contó lo que había sucedido con ella y Manuel la noche del naufragio, cumpliendo así con la última voluntad de él.


¿Realidad o leyenda?


Pero, pese a su tintes nobles, heroicos y conmovedores, hay algunas partes de la historia que no son claras, lo que ha llevado a muchos investigadores a argumentar que la anécdota de Elizabeth y Manuel es mera ficción.


Por un lado, en 2012, con motivo del centenario de aquella tragedia, la escritora Guadalupe Loaeza publicó el libro El caballero del Titanic, en donde cuenta, de una manera novelizada, el viaje de Uruchurtu y la forma en la que prefirió sacrificarse, para salvar la vida de una mujer, quien, supuestamente, al igual que él, tenía familia que la esperaba. Y decimos supuestamente porque, según se dice, después se descubrió que Elizabeth no estaba casada ni era cierto que tuviera un hijo, sino que inventó eso para poder salvarse.


Lo anterior no hace más que agregar más dudas a este famoso relato. Y es que, según explicó después Guadalupe Loaeza, ella decidió escribir su libro, asombrada por la valentía y nobleza de Manuel, según las narraciones de la familia Uruchurtu; sin embargo, afirma que encontraba ciertas inconsistencias en su versión, ya que había algunas cosas que no pudo comprobar con documentos. Aun así, continuó con su idea de narrar el acto heroico del mexicano. Cuando el libro ya se había publicado, tuvo la oportunidad de leer la biografía de Elizabeth, escrita por Dave Bryceson, titulada Elizabeth Nye, Titanic survivor, en la que no se hace mención de que la mujer se salvara gracias a Uruchurtu, lo que da a entender que nunca cruzaron palabra y que el mexicano pereció en el naufragio de otra manera.


De hecho, el mismo Bryceson escribió a la Enciclopedia Titánica, para desmentir la parte de la historia narrada por los descendientes de Uruchurtu, que involucra a Elizabeth. Es decir, el político mexicano sí viajó en el Titanic; existe, incluso, un telegrama que le fue enviado a su esposa, en el que se le informa que su cuerpo no fue localizado; sin embargo, de acuerdo con las investigaciones de Bryceson, no es cierto que le haya cedido su lugar a la mujer británica.


En dicho correo, Bryceson explicó que comenzó a investigar la vida de Elizabeth, en 1988. Descubrió que otra de las ocupantes de aquel bote salvavidas número 11 había sido Edith Rosenbaum (después conocida como Edith Russell), quien sí conocía a Uruchurtu. A pesar de ser sobreviviente, Edith no fue llamada a declarar en las investigaciones de Estados Unidos o de Reino Unido, pero, durante toda su vida, se dedicó a dar sus testimonios sobre el Titanic y la noche del naufragio.


Bryceson estudió varias entrevistas de ella acerca del suceso y de cómo logró sobrevivir, pero en ninguna de ellas hizo mención de la presencia de Uruchurtu en el bote ni del supuesto acto de caballerosidad con Elizabeth, un hecho que, de haber sido cierto, no habría pasado inadvertido. Asimismo, no existen referencias de que Elizabeth hubiera realizado alguna vez un viaje a México; además, cuando fue rescatada por el barco Carpathia, escribió una carta a sus padres, contándoles que estaba bien y cómo se había salvado, pero no dice que un hombre le hubiera cedido el asiento.


Pese a estas evidencias, la familia Uruchurtu sostiene que el hecho sí ocurrió y que, lógicamente, por las circunstancias del momento, no hay una foto que pueda comprobarlo, pero que existen testimonios.


Lo cierto es que es imposible saber con seguridad qué fue lo que vivieron e hicieron, aquella catastrófica madrugada del 15 de abril de 1912, tanto el político mexicano, Elizabeth y el resto de los pasajeros que perecieron. Dado lo impactante del suceso, aún 111 años después, se sigue hablando de él, con muchas preguntas y misterios por resolver, entre ellos, el acto de Uruchurtu. Se puede creer en que sí fue verdad, o bien, que, como muchas historias alrededor del naufragio, tiene algo de ficción; eso lo dejamos a su criterio, querido lector.




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