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Zelandia, el séptimo u octavo continente


 

Lo que, durante mucho tiempo, creíamos saber sobre aquella parte del suroeste del océano Pacífico no era del todo preciso

 

 


El ser humano, desde la especie del Homo sapiens, lleva más de 300 mil años habitando la Tierra, cubierta en un 70 % por agua; sin embargo, resulta curioso cómo ha explorado y conoce mucho más sobre el espacio exterior que sobre las profundidades marinas, de las cuales se ha explorado sólo el 5 %. Así que la expresión de que “hay un mundo bajo los océanos” no es precisamente una metáfora, sino, al parecer, una realidad.

 

Lo anterior, junto con el estudio de la historia, geografía y otras disciplinas –y, quizás, un poco de imaginación–, ha llevado a pensar que debajo de la inmensa masa de agua de nuestro planeta, no sólo hay barcos hundidos, sino también bestias marinas que habitan el fondo de los mares, civilizaciones antiguas, como Atlantis, y hasta continentes perdidos. Conforme avanza la exploración marina, lenta pero segura, legua a legua, se ha comprobado que esta última hipótesis es verdad.

 

Hasta hace no mucho tiempo, se tenía aceptado que existían seis continentes: Europa, Asia, África, Antártida, Oceanía y América (siete, para quienes dividen este último como América del Norte y América del Sur). Estos son resultado de un proceso geológico que ocurrió hace unos 200 millones de años, cuando el supercontinente Pangea comenzó a fragmentarse y a expandirse, formando dos plataformas continentales, llamadas Laurasia, cargada hacia al norte del globo, y Gondwana, al sur. A su vez, con el tiempo, dichas masas se fueron dividiendo hasta configurar los continentes que conocemos: de Laurasia, surgieron la parte norte de América y Eurasia; mientras que Gondwana dio forma a África, Sudamérica, la Antártida y Oceanía… O eso es lo que creíamos.

 

Hasta donde sabíamos, el continente de Oceanía abarca a Australia –en su mayor parte–, Nueva Zelanda y las islas del Pacífico de las zonas de Melanesia (que incluye islas como Nueva Guinea, las Islas Salomón, Nueva Caledonia y Fiyi), Micronesia (con las Islas Marshall, Palaos, Guam, Islas Marianas del Norte, entre otras) y Polinesia (Islas Cook, Tonga, Tuvalu, Samoa). Sin embargo, esto no es del todo exacto.

 

Los antiguos griegos ya lo sabían…

 

De acuerdo con información de la BBC, científicos de la Grecia Clásica, como Aristóteles, Eratóstenes y, más tarde, Ptolomeo, creían que, por cuestión de simetría geográfica, debía existir otro continente por aquella región del mundo, al que denominaron tentativamente Terra Australis Ignota.

 

Esa idea perduró; y en agosto de 1642, el explorador neerlandés Abel Tasman se aventuró en una misión para encontrar dicho continente, partiendo desde Yakarta, Indonesia, hacia aquella región austral del Pacífico, con una tripulación repartida en dos barcos pequeños. Aquella expedición culminó con el descubrimiento del territorio sur de lo que hoy es Nueva Zelanda; sin embargo, Tasman quedó un poco decepcionado, ya que dichas tierras eran demasiado pequeñas para ser lo que estaba buscando. El explorador mantuvo sus barcos a una distancia considerable de la costa, sin pisar nunca aquel territorio; y después de varios enfrentamientos violentos con los nativos del lugar, los maoríes, zarpó de vuelta a casa, nombrando a la isla como Moordenaers Baij (Bahía de los Asesinos), para no regresar jamás.

 

Siempre tuvieron razón

 

Pero lo cierto es que Tasman sí llegó al continente perdido, sólo que, sin saberlo, estaba flotando sobre él y lo que avistó era sólo una parte. Y es que 375 años después de misión, en 2017, un grupo de geólogos de la Sociedad Geológica de Estados Unidos, a través de un estudio, confirmó que, efectivamente, existía un séptimo u octavo continente (dependiendo si se considera Norteamérica y Sudamérica o sólo América), ubicado al este de Australia.


Se trata de Zelandia –o Zealandia (Te Riu-a-Māui, en maorí)– y determinaron que tiene una superficie de aproximadamente 4.9 millones de km², lo que lo hace más grande que la India y casi del tamaño de Australia. Sin embargo, a diferencia de otros continentes, alrededor del 94 % de su territorio se encuentra cerca de 2 kilómetros bajo el agua, razón por la cual pasó desapercibido durante tanto tiempo. Las únicas porciones emergidas son Nueva Zelanda, Nueva Caledonia y algunas islas menores, como Norfolk, Auckland, Chatham, Lord Howe y la llamada  pirámide de Ball.


Llegaron a dicha conclusión, ya que, al analizar muestras de rocas y sedimentos, observaron que, desde un punto de vista geológico, Zelandia cumple con los criterios científicos que definen un continente: corteza continental diferenciada, elevación mayor que la del fondo oceánico, geología compleja y variada, y extensión significativa y coherente. Su corteza está formada por rocas ígneas, metamórficas y sedimentarias, como el granito, el esquisto y la piedra caliza, además de que no está tan profunda como la corteza del océano, por lo que, tanto por el tipo de rocas como por su altura, los científicos defienden que Zelandia es definitivamente un continente.


Lo anterior cambia radicalmente todo lo que sabíamos sobre el mapa mundial y sobre los territorios pertenecientes a Oceanía, ya que, en realidad, Nueva Zelanda y las pequeñas islas antes mencionadas no pertenecen a dicho continente, sino a Zelandia.



El hallazgo determinante de 2017 fue sólo la culminación de siglos de investigaciones e hipótesis de exploradores, que terminaron comprobándose ciertas. Y es que más de un siglo después de la expedición de Tasman, el cartógrafo británico James Cook fue enviado al hemisferio sur del planeta, con fines científicos. El objetivo era observar el paso de Venus entre la Tierra y el Sol, para calcular la lejanía de este último. Pero llevaba también la misión secreta de descubrir el continente perdido.
No obstante, hasta el momento, la existencia de la Terra Australis Ignota seguía siendo una idea difusa. Las primeras evidencias que dieron un poco más de forma a la creencia fueron aportadas por el naturalista escocés Sir James Hector, quien, en 1895, viajó a las islas frente a la costa sur de Nueva Zelanda, para estudiar su geología. Con ello, concluyó que Nueva Zelanda era “el remanente de una cadena montañosa que formaba la cresta de una gran área continental que se extendía hacia el sur y el este, que estaba sumergida”.
De ahí y antes del hallazgo de 2017, aquel territorio volvió a ser tema hasta 1995, cuando el geofísico estadounidense Bruce Luyenyk lo describió como un continente; de acuerdo con la definición establecida por los géologos en 1960, donde la masa continental se entiende como un área geológica con una gran elevación, una amplia variedad de rocas y una corteza gruesa. Según la BBC, fue él quien sugirió el nombre de Zelandia.

¿Por qué se hundió?

Se sabe que Zelandia era parte de Gondwana, el supercontinente que, hace millones de años, agrupó todos los territorios del hemisferio sur, y comenzó a separarse de éste hace aproximadamente 105 millones de años.

 

De manera general, la corteza continental tiene alrededor de 40 kilómetros de profundidad, siendo significativamente más gruesa que la corteza oceánica, que tiene unos 10 kilómetros. No obstante, la profundidad de la corteza de Zelandia tiene sólo 20 kilómetros, resultado de la expansión que sufrió al desprenderse y alejarse de Gondwana. Esa delgadez influyó a que, con el tiempo, la mayor parte del territorio se hundiera, aunque no al nivel de la corteza oceánica, quedando expuestas sólo aquellas superficies de mayor altura o partes de cadenas montañosas.

 

¿Y, ahora, qué?

 

El hecho de que Zelandia haya sido descubierto y confirmado como un continente resuelve una incógnita geográfica de siglos atrás, pero implica una serie de cuestiones tanto geopolíticas como cartográficas, paleontológicas y hasta educativas.

 

Por un lado, según información de la BBC, la Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar establece que los países pueden extender sus territorios legales hasta más allá de su Zona Económica Exclusiva, que alcanza los 370 kilómetros desde sus costas, para tener derecho sobre las riquezas minerales y petroleras dentro de dicho rango. De este modo, si Nueva Zelanda iniciara acciones para reclamar la parte hundida de Zelandia como suya, aumentaría su territorio casi seis veces, volviéndose un país continental, como Australia, con una mayor área de recursos naturales.

 

Por otro lado, hasta ahorita, el mapa mundial aún no incluye propiamente a Zelandia, y quizá, no lo haga, si la geopolítica no lo requiere, quedándose sólo como un dato científico. Sin embargo, trazado o no en la cartografía, su existencia nos demuestra que aun hay mucho de nuestro planeta por descubrir. De entrada, Zelandia ya ha despertado la curiosidad de la paleontología y la biología, con la posibilidad de que haya fósiles de dinosaurios en su territorio –ya que muchos restos de varios ejemplares fueron encontrados en Nueva Zelanda– o de otras especies animales.

 

Pero de una cosa estamos seguros, los libros de texto y de geografía de las escuelas sí que necesitan una reedición.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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