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Elizabeth I, cuando la vanidad cuesta y caro



Su obsesión por el maquillaje hizo que su salud se comprometiera gravemente, conduciéndola a un fatal destino. Pese a ello, su reinado fue un período de crecimiento, considerado como la Edad de Oro de Inglaterra






Elizabeth I o Isabel I fue reina de Inglaterra, de noviembre de 1558 a marzo de 1603, año en el que falleció. Fue hija del rey Enrique VIII Tudor y de Ana Bolena –la segunda esposa de éste (de seis)–, y llegó al trono, a los 25 años de edad, luego de que sus dos predecesores, sus medios hermanos, murieran sin dejar descendencia. Elizabeth fue la última monarca de la dinastía de los Tudor, ya que tampoco tuvo herederos.

 


El precio de la belleza

En aquella época, ser de tez blanca denotaba una posición social alta, pues distinguía a los reyes y a los nobles, de los campesinos, quienes trabajaban bajo el sol y su piel se ponía morena; por lo tanto, la palidez era símbolo de poder.

 

A los 29 años, la reina contrajo viruela, lo que le dejó múltiples cicatrices en el rostro. En su necesidad de mostrarse perfecta, íntegra, impecable, joven y sana, comenzó a obsesionarse con el maquillaje, para esconder las marcas faciales de la enfermedad, las líneas de expresión que comenzaron a aparecer con la edad y para adecuarse a los estándares de imagen de la realeza. Irónicamente, eso le causó muchos más daños en la cara y en su salud en general, debilitándola cada vez más y haciéndola imperfecta.

 

El maquillaje blanqueador que utilizaba como base era el blanco de cerusa de Venecia, el cual era altamente tóxico (aunque ella no lo sabía). Estaba hecho con plomo, mezclado con vinagre, agua y, en algunas ocasiones, arsénico y un poco de huevo, que funcionaba como fijador. Era un cosmético muy solicitado y se consideraba mejor y más efectivo que la cerusa normal, debido a que, supuestamente, estaba hecho con plomo de la mejor calidad, traído desde Venecia.

 

En los ojos, se aplicaba una sombra de kohl –conocida desde el antiguo Egipto–, hecha con polvo de galena triturada (que es una de las principales menas del plomo) y con sales de plomo. Por si fuera poco, para conseguir el rosado intenso de sus mejillas y sus labios color carmín, se aplicaba una tintura a base de mercurio.

 

Su rutina de belleza no era más que una bomba letal de químicos que entraban a su cuerpo a través de la piel, provocándole la muerte paulatina, pues el plomo causaba envenenamiento, daños a la piel, caída del cabello, alteraciones dentales, intoxicación de la sangre, hipertensión, anemia y afecciones al sistema nervioso; mientras que el mercurio, demencia y depresión.

 

Lo más grave de todo era que el cutis de la reina no tenía un solo momento de respiración, ya que, contrario a lo que sucede hoy en día, donde el maquillaje se aplica por la mañana y se retira por la noche, se dice que Elizabeth I solía dejárselo puesto hasta una semana, de modo que la cantidad que utilizaba, para que le durara todo ese tiempo, era bastante. Además, el producto que ocupaba como desmaquillante contenía aún más mercurio; y es que se pensaba que este metal dejaba la piel suave, pero ese efecto era, en realidad, resultado de que estaba despellejando una capa de la dermis y exponiendo otra.

 

Debido a todo lo anterior, se fue creando un círculo vicioso: su rostro fue deteriorándose cada vez más,  por lo que la reina sentía mayor necesidad de aplicarse aún más maquillaje; se dice que llegaba a cubrirse la cara con capas de hasta una pulgada de ancho.

 

Elizabeth I cuidaba demasiado su imagen ante el público, por eso, prohibió los retratos no oficiales y que los artistas reflejaran sus imperfecciones faciales en sus pinturas. Las únicas personas que conocían su verdadera apariencia eran sus damas y, quizá, algunas personas muy allegadas a ella.

 

Robert Devereux, conde de Essex, fue uno de los pocos hombres con los que se le llegó a relacionar a la reina Isabel I. Se dice que una tarde, éste entró inesperadamente a su recámara, llevándose una terrible sorpresa. La monarca que él conocía no parecía ser la misma que yacía en aquella habitación, que tan sólo tenía unos mechones de cabello y la cara llena de llegas.

Elizabeth I falleció el 24 de marzo de 1603, a la edad de 69 años, sumando 44 años de reinado. Hasta la fecha, no se sabe, con seguridad, el motivo de su muerte, sin embargo, los historiadores la vinculan con los irreparables daños que los tóxicos del maquillaje causaron en su cuerpo. Y es que, durante sus últimos años de vida, la reina sufría alteraciones y disminución en los niveles de conciencia, pérdida de memoria, depresión, irritabilidad y anemia, afecciones causadas, entre otras y como ya mencionamos, por los metales pesados de la cerusa de Venecia y otros cosméticos que se aplicaba. Probablemente, llegó a padecer otras enfermedades derivadas, que desconocemos.

 

Más allá del maquillaje, una gran líder

Cuando Elizabeth llegó al trono, Inglaterra estaba fracturada, con problemas de todo tipo; por ejemplo, había perdido sus territorios en Francia, se encontraba en una crisis económica y la política estaba dominada por hombres, quienes esperaban ansiosamente que la nueva reina se casara pronto, para que una figura masculina estuviera al mando; sin embargo, no contaban con que la monarca no se dejaría presionar y sería firme en su decisión de gobernar sola, sin marido y sin preocuparse por dejar descendencia; por este motivo, fue conocida como al Reina Virgen.

 

Fue una mujer independiente, inteligente, determinada y culta; sabía francés, italiano, latín y griego, y había estudiado sobre teología, música, filosofía y retórica, una materia que le sirvió, después, para dar sus discursos. Su prioridad fue, siempre, reconstruir Inglaterra, en lugar de la ambición territorial en Francia y Escocia; por ello, fue cuidadosa con los gastos y en las inversiones.

 

Su país y su gente le interesaban en serio; y eso quedó demostrado al ser la monarca que más viajó por su territorio, para acercarse al pueblo. Así se lo expresó ella misma al Parlamento, en una ocasión, refiriéndose a los habitantes ingleses.

 

Aunque hayáis tenido, y, quizás, tengáis, muchos príncipes más poderosos y más sabios… nunca habréis tenido, ni tendréis, ninguno que os quiera más.

 

 

El reinado anterior al suyo, el de María I, había dejado como religión oficial el catolicismo, luego de derogar la Iglesia anglicana, lo que había generado una gran inconformidad entre protestantes y católicos. Elizabeth I, aunque reinstauró el protestantismo y fundó la Iglesia de Inglaterra (de base anglicana e independiente de Roma), trató de mediar entre ambos grupos; sin embargo, cuando los católicos extremistas iniciaron una rebelión, la reina respondió, con una persecución. Fue tan firme en sus decisiones, que no le importó que el Papa la excomulgara, en 1570, por “herejía”.

 

Fue una gran estratega; triunfó en múltiples ocasiones ante las invasiones y amenazas españolas, afirmando a Inglaterra como una potencia política y económica. También, impulsó la exploración del mundo, con el apoyo a expediciones a Guinea, África occidental, las Indias occidentales y la Península del Labrador, además de Panamá y Venezuela, en busca de El Dorado.

 

Por otra parte, el país experimentó un notable crecimiento cultural y artístico; su reinado fue testigo del surgimiento de las obras de William Shakespeare, entre otros dramaturgos y escritores, y de la inauguración del primer teatro en Londres, en 1576.

 

La época isabelina es considerada por los historiadores como un momento de renacimiento y orgullo nacional para Inglaterra, quizá, el más importante, por todo el desarrollo social, económico, cultural y político que se vivió.  

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