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Leer, un lujo moderno


¿Por qué México se está quedando sin lectores?





En México, leer se ha convertido en un acto casi heroico. Entre la falta de tiempo, las distracciones digitales y el costo de los libros, abrir una novela o concentrarse en un ensayo parece un privilegio reservado para pocos. ¿Cuándo fue que leer dejó de ser un hábito y se volvió un lujo?


Para comenzar, debemos tomar en cuenta que la lectura requiere de un tipo de atención, que, en estos tiempos, parece en peligro de extinción. Vivimos en una era donde los estímulos son constantes: notificaciones, videos cortos, mensajes instantáneos; todo, diseñado para captar nuestra atención apenas por segundos. En México, esta tendencia ha erosionado la capacidad de concentración de buena parte de la población, especialmente entre los jóvenes.


Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), los mexicanos leen menos cada año, y muchos confiesan que “no pueden concentrarse” o que “se distraen fácilmente”. No se trata sólo de falta de hábito, sino de una transformación cognitiva, pues las redes sociales y los formatos de consumo rápido están modificando la forma en la que procesamos la información. La mente se acostumbra al fragmento, no al texto largo.


Los algoritmos premian la inmediatez. Mientras una novela requiere de horas de inmersión y paciencia, TikTok o Instagram ofrecen gratificación instantánea. La lectura profunda, esa que permite reflexionar y conectar ideas, compite con una avalancha de contenidos que demandan poca atención. Leer un libro completo se percibe, para muchos, como una tarea casi imposible.


Además, el entorno cotidiano no ayuda. En casa, en el transporte o, incluso, en la escuela, el silencio (aliado indispensable del lector) se ha vuelto escaso. Quien logra concentrarse en medio del ruido merece una medalla. Así, la lectura ya no compite con la televisión, como en décadas pasadas; ahora, lucha contra un ecosistema de distracción permanente. En ese contexto, mantener la atención durante más de 10 minutos se ha convertido en un acto de resistencia.


Cerebros no lectores


La dificultad para leer no es sólo un asunto de costumbre o disciplina, también, tiene que ver con la forma en la que nuestro cerebro está cambiando. En los últimos años, neurocientíficos y psicólogos cognitivos han observado un fenómeno inquietante: el cerebro moderno se está “reprogramando” para preferir los estímulos breves, veloces y altamente visuales. En otras palabras, estamos entrenando a nuestra mente para consumir información en dosis diminutas, pero constantes.


Cada notificación, cada video corto o cada scroll en redes sociales activa los circuitos de recompensa del cerebro, liberando pequeñas descargas de dopamina, el neurotransmisor del placer. Esa sensación inmediata de gratificación genera una dependencia inconsciente a querer más estímulos, más rápido y más fácil. Así, el cerebro se acostumbra a la recompensa instantánea y, poco a poco, pierde la tolerancia a los procesos que requieren atención sostenida, como leer un libro o, incluso, un artículo largo.


En México, donde el consumo de contenidos en redes sociales crece a ritmo vertiginoso, este fenómeno se amplifica. La edad promedio de acceso a dispositivos móviles es a los 10 años, lo que significa que los cerebros se están moldeando, desde la infancia, a una lógica de distracción permanente. Los videos cortos, los reels y las famosas historias en WhatsApp, Instagram, Facebook y TikTok duran entre 15 y 60 segundos; el formato largo, simplemente, no compite con ese ritmo.


La consecuencia es clara cuando intentamos leer, pues la mente busca el mismo tipo de estímulo rápido. Entonces, nos aburrimos, miramos el teléfono, perdemos el hilo. No es falta de voluntad, sino una adaptación neurológica a un entorno hiperestimulante.

Recuperar la concentración implica, por lo tanto, algo más que apagar el celular. Significa reeducar al cerebro para volver a disfrutar del silencio, la lentitud y la inmersión que sólo la lectura puede ofrecer.


Cuando la vida no deja espacio para leer


A la pérdida de concentración, se suma otro factor crucial: la falta de tiempo; o mejor dicho, la sensación constante de no tenerlo. En México, la jornada laboral promedio supera las 48 horas semanales, sin contar los largos trayectos diarios en transporte público. Quien sale de casa al amanecer y regresa de noche difícilmente puede sentarse a leer por placer.


Las estadísticas lo confirman. Según el INEGI, el principal motivo por el que los mexicanos no leen es “falta de tiempo”. Pero ¿realmente no hay tiempo o simplemente no hay energía mental después de un día saturado de trabajo, tráfico y obligaciones? Leer requiere de calma, algo que escasea en un país donde más de la mitad de los trabajadores viven con niveles altos de estrés.


A esto, se suman las dinámicas de ocio modernas. Las plataformas de streaming, los videojuegos y las redes sociales compiten directamente con el tiempo que antes se destinaba a los libros. Leer exige una inversión de atención que otros medios no demandan. En lugar de adentrarse en un texto, el público opta por contenidos más ligeros y visuales.


A la falta de concentración y de tiempo, se añade una barrera material: el costo de los libros. En México, leer no sólo exige disposición, sino, también, poder adquisitivo. Los precios de los libros nuevos han aumentado considerablemente en la última década, mientras que el salario promedio apenas ha crecido.


Un libro de editorial comercial puede costar entre 350 y 600 pesos, cifra que, para muchas familias, representa el gasto de una semana en transporte o alimentos. Las librerías independientes, que podrían ser espacios de acceso cultural, luchan por sobrevivir en un mercado que favorece a las grandes cadenas y las ventas digitales.


El acceso gratuito, a través de bibliotecas públicas, tampoco resuelve del todo el problema. Muchas bibliotecas carecen de presupuesto, personal o acervos actualizados. En algunas ciudades pequeñas, simplemente, no existen. El libro digital, que, en teoría, debería democratizar la lectura, sigue siendo inaccesible para quienes no cuentan con dispositivos o conexión estable.


En consecuencia, leer se ha convertido en una práctica más frecuente entre los sectores con mayor educación y recursos económicos. El libro se transforma en símbolo de estatus cultural. Quien puede comprarlo o dedicarle tiempo pasa a formar parte de una minoría privilegiada.


Paradójicamente, en un país con una de las ferias del libro más importantes de América Latina (la FIL de Guadalajara), la lectura cotidiana sigue siendo un lujo. La industria editorial produce, pero la sociedad no necesariamente consume. No por falta de interés, sino por falta de medios.


Leer en México es, en muchos sentidos, un acto de resistencia económica. Requiere de invertir en conocimiento en un entorno donde el costo de la vida obliga a priorizar lo urgente sobre lo esencial.


Recuperar el placer de leer


Frente a este panorama, cabe preguntarse ¿es posible recuperar la lectura como placer cotidiano? La respuesta podría estar en redefinir la manera en la que nos acercamos a los libros.


Primero, es necesario reconocer que el problema no es sólo individual, sino estructural. No se trata de culpar a las personas por “no leer”, sino de comprender que vivimos en una cultura que ha desplazado la atención y el tiempo hacia la inmediatez. Promover la lectura implica también cambiar las condiciones que la vuelven posible: acceso, educación y espacios.


Las nuevas generaciones no son ajenas a los textos, pero consumen información de forma distinta. Las redes, los audiolibros y los podcasts ofrecen oportunidades para reconectar con la narrativa desde otros formatos. Tal vez, el primer paso no sea imponer el libro impreso, sino rescatar el gusto por las historias, por las palabras, por la curiosidad.


También, se necesitan políticas públicas más sólidas. En México, existen programas de fomento a la lectura, pero su alcance suele ser limitado o discontinuo. La lectura debería formar parte de la vida cotidiana desde la infancia: en las escuelas, en los parques, en los medios de comunicación. Un país lector no se construye con campañas aisladas, sino con una cultura que valore el conocimiento.


Sin embargo, más allá de lo institucional, leer sigue siendo una decisión íntima, que implica detenerse en medio del ruido, desconectarse por un momento y reencontrarse con uno mismo. Cada página es un acto de resistencia frente a la distracción.


Quizá, leer sea un lujo, sí. Pero es un lujo necesario. En tiempos donde todo es fugaz, un libro nos enseña a mirar con calma, a pensar, a imaginar. Tal vez, el verdadero privilegio no sea tener libros, sino tener el tiempo y la atención para disfrutarlos.

 

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